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Transhumantes: Vivencias de una mujer Na Savi, migrante y jornalera en Sinaloa

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 19/04/2011 16:20

La Montaña de Guerrero desde hace un par de décadas se ha convertido en una región expulsora de fuerza de trabajo de indígena que salen con destino a regiones altamente productivas del país.

Transhumantes: Vivencias de una mujer Na Savi, migrante y jornalera en Sinaloa

Jaime García Leyva

La Montaña de Guerrero desde hace un par de décadas se ha convertido en una región expulsora de fuerza de trabajo de indígena que salen con destino a regiones altamente  productivas del país. Teniendo como destinos los escenarios de ciudades como Culiacán, Sinaloa, Baja California, Tijuana y los Estados Unidos. Anualmente los habitantes Na Savi de acuden de municipios como Cochoapa, Metlatónoc, Xalpatláhuac, Alcozauca, Atlamajalcingo del Monte, entre otros lugares, a emplearse de manera temporal en los sembradíos agricolas de Baja California y Sinaloa. En busca de un mejor porvenir se encuentran con un panorama laboral desolador, en extremas  condiciones de pobreza, malas condiciones de trabajo y sin garantías laborales. Siguen la ruta de la cosecha de las hortalizas. Acuden por temporadas, se emplean empujados por las nulas ofertas de empleo en sus lugares de orígen y el aumento de la pobreza, el olvido y la marginación social. La gran mayoría son indígenas con necesidades y por ello son presa fácil de “enganchadores y mediadores” que los reclutan colectivamente, en masa y los ubican en campos de trabajo que genera cuantiosas ganancias a los dueños. Los indigenas cumplen ciclos y jornadas de trabajo en condiciones adversas y se integra la fuerza laboral de mujeres y niños. Al culminar la temporada de cosecha retornan a sus comunidades y reinician el ciclo de la pobreza.

 

En la ruta de la migración la ciudad de Tlapa es el punto intermedio o lugar para zarpar con destino al “norte”. Tlapa de Comonfort, es la ciudad más importante de la región de la Montaña de Guerrero, es el centro político, comercial y donde se concentra la mayoría de la población de la zona. Allí los indígenas realizan el contacto con los “enganchadores” que los contratan para trabajar y enviarlos en autobuses a los campos agrícolas del norte del país. También es el punto donde entran en contacto con los “coyotes”, o “polleros” que los conducen a la frontera norte y los pasan al “otro lado”, Estados Unidos.

 

El desplazamiento de la población indígena trae consigo fenómenos como la discriminación, la falta de acceso a los servicios médicos, la ruptura del tejido social comunitario, bajos salarios y el sometimiento y explotación en actividades económicas por medio de empresas agroindustriales. Algunos indígenas, después, de haber emigrado, retornan, no a su pueblo de origen sino que se establecen en la ciudad de Tlapa por considerarla una ciudad donde si hay servicios y es “mejor” con relación a la situación de su comunidad.

 

Doña María, un breve esbozo de su vida.

 

La migración tiene, también, un rostro indígena y femenino. En las líneas siguientes presentó el testimonio de mujer migrante en los campos agrícolas de Culiacán, Sinaloa. La entrevista fue realizada el 3 de febrero del año 2002 con la inteción de conocer aspectos centrales de la vida cotidiana de una mujer en este fenómeno socioeconómico, cuya experiencia esta basada en el conocimiento  de los campos agrícolas, el trabajo y estancia en ese lugar por varios meses. Se buscó rescatar la voz de una mujer migrante. Varios años después está historia personal sigue vigente, y al parecer las condiciones laborales no se han modificado. La migración se ha acentuado y la población de la Montaña sigue migrando.

 

María de los Santos Mendoza, tiene 45 años. Es indígena Na savi. Ama de casa originaria de Xilotepec, Municipio de Xalpatláhuac. Es originaria de Xilotepec, Municipio de Xalpatláhuac, Guerrero, en donde nació en el año de 1957, no se acuerda ni el día ni el mes, y dice que no cuenta con su acta de nacimiento. El año lo sabe porque sus padres, indígenas también, le dijeron eso. Mi conocimiento de la lengua Tu´un Savi me permitió un diálogo muy cercano con la entrevistada debido a la dificultad que tiene para hablar el español. Esto me ayudo para acceder a un panorama más amplio de información. Actualmente radica en la ciudad de Tlapa de Comonfort, a pesar de su edad no muestra que sus rasgos indígenas correspondan a esos años de vida. Es robusta y madre de 5 hijos. Vive en la Colonia Santa Anita, uno de los barrios tradicionales de la ciudad y donde han llegado a radicar indígenas Na Savi (mixtecos), nahuas y Me´pha (tlapanecos).

 

Desde muy pequeña se incorporó a las actividades “propias” de las mujeres en la región de la Montaña. Dice que  iba a traer agua al río, la barranca o la ciénega, aprendió a moler el maíz en el metate, hervir los frijoles, participar en la casa, cuidar los animales que su papá tenía. Aprendió a hacer sombreros de palma que su papá iba a vender hasta Tlapa.

 

Le gustaba jugar con una muñeca hecha de ramas, porque en ese entonces no había juguetes. Cuando ella era niña en su pueblo no había luz eléctrica, ni agua, ni escuela y la gente no salía del pueblo más que para comprar algunas cosas a Tlapa. Cuando llegaba la época de lluvias toda la familia se iba a sembrar al campo en el tlacolol para que tuvieran que comer. El tlacolol es el terreno acondicionado para la siembra en la ladera de los cerros después de haber desmontado el bosque.

 

Ella fue la sexta de siete hermanos, era de las menores. Como no había escuela no estudió y su infancia pasó muy fugaz. Entre el trabajo, su casa, las actividades cotidianas y aprender a vivir. Aprendió a conocer los quelites que se daban  en los cerros, cuáles eran buenos para comer y otras verduras. Conoció las frutas del campo y el momento en que las gallinas iban a poner los huevos. Dice que “vivió muy triste en esa época. No había que comer”. Por eso sus padres iban a trabajar a la cañada de Huamuxtitlán y Alpoyeca en los campos de arroz y milpa. Ella los acompañó varias veces. Cuando no iba se quedaba encargada con sus tíos en el pueblo.

 

Cuando ya tenía 13 años, algunos muchachos del pueblo ya la “miraban” y le  pedían que se casara. Poco después, al cumplir los 16 años llegaron a pedirla los padres de Faustino de Jesús Benito, quien posteriormente sería su esposo. Ella no intervino para decidir si se quería casar. Fueron los padres de ella y del muchacho quienes acordaron la boda y fijaron la fecha del evento. Cuando se casó dice que no sabía nada de lo que era “vivir con alguien”.  Después de su boda su vida cambió porque se fue a vivir con su marido, mayor que ella diez años, al pueblo de Petlacala, cerca de Tlapa.

 

Allá estuvo viviendo  durante muchos años hasta 1993 en que llegó a vivir a Tlapa. Cuando llegaron a vivir a Petlacala no tenían nada, entonces su marido pidió ayuda a un señor “rico” del pueblo de Ocuapa. El señor rico tenía muchas tierras, vacas y dinero. El les dio una parcela y la primera cosecha les fue muy bien. Allí en Petlacala nacieron todos sus hijos y ella si se preocupó porque estudiaran y los metió a la escuela para que no vivieran como ella “sin saber nada de letras”.

 

En Petlacala como no eran del pueblo y les iba bien en sus cosechas la gente del lugar los veía mal y además en las fiestas, cuando le tocaba ser mayordomo a su marido, le dejaban las tareas más difíciles. Por eso se vinieron a vivir a Tlapa y por que sus hijos ya estaban grandes y querían seguir estudiando. En 1990 compraron  un terreno en la Colonia Santa Anita de Tlapa y su marido construyó una casa pequeña de adobe. Fue hasta 1993 que llegaron a radicar definitivamente a Tlapa.

 

Estuvieron dos años y su marido empezó a reunir gente para llevarlos a trabajar a los campos agrícolas de Sinaloa. Estuvo trabajando de “eso” durante dos años y doña María, como veía que no tenían nada de cosas y su casa estaba muy pequeña. Entonces le propusó a su marido que se fueran a trabajar a Sinaloa. Doña María migró debido a que su esposo conoció a “unos contactos” que llegaban a Tlapa, centro económico regional, para contratar a trabajadores para ir a Culiacán. Su esposo reunió gente e invitó a otros a unirse al grupo.

 

La experiencia en Sinaloa

 

La colonia donde vive se ubica en una colina, al sur de la ciudad de Tlapa y cuenta con los servicios más indispensables, agua entubada, luz eléctrica, pavimentación, drenaje y servicio de carro de limpia. El terreno de su propiedad es de aproximadamente diez por quince metros cuadrados. En ese espacio se ubican dos casas. Una de adobe y teja con puertas de madera, de una sola habitación, que utiliza como bodega para  guardar la leña y  herramientas. En ocasiones “cuando los visitan sus familiares, ahí duermen”. Allí guarda tres gallinas, palma para tejer sombreros y otros utensilios.

 

Frente a esta construcción se encuentra otra casa construida con materiales de tabicón, cemento, una puerta y una ventana de hojalata. Es de dos habitaciones que son utilizadas como comedor, sala y lugar para dormir, el piso es de tierra y esta semi oscuro. En el interior se encuentra una cama, una radiograbadora, una televisión, una carretilla, un ropero, leña, costales de ropa y maíz. De la pared cuelga un reloj, algunos cuadros alusivos a la madre, trabajos escolares de su hijo, mochilas y algunos ayates. También se encuentran enmarcadas unas fotografías de la graduación de su hijo en la escuela primaria de la colonia.

 

Para dormir cuenta con dos camas de colchón y varios petates. Hay algunas sillas de madera tejidas con palma en torno a una mesa con platos y utensilios de cocina. La primer habitación es utilizada en el día como comedor, recepción de visitas, lugar de pláticas, hacer sombreros, ver la televisión, y, en la noche, lugar para dormir. “Esto es lo único que tenemos, de cuando fuimos a Juliacán”, dice Doña María. Se refiere a Culiacán, Sinaloa. Y el tono de su voz se escucha melancólico y reservado.

 

En el espacio que aun queda entre las dos casas, tres metros aproximadamente, hay una casita provisional con morillos y láminas de cartón. Lo que debiera ser el patio en casas con un orden urbano, aquí es el lugar donde se encuentra el fogón formado de tres piedras, y unas varillas que sirven como tripie para sostener la olla de frijoles y poner el comal de barro para hacer sus tortillas.

 

De los lados de los morillos y horcones cuelgan bolsas de sal, bolsas llenas de tortillas duras, algunas ollas de peltre y barro. Botes y cubetas de insecticida traídos de Culiacán, que actualmente le sirven para almacenar agua y varias cosas. A un lado del fogón hay varias leñas y en una base de tabiques y lodo está ubicado un  metate y un metlapile de piedra para moler el maíz y preparar la masa.

 

Aun lado se encuentra un tanque de agua y dando a la calle está ubicada la letrina, muy rústicamente tapada con varios naylos y tela. Doña María muy reservada se ha sentado a tejer y remendar pedazos de tela para “hacer un vestido o unas mantas para taparse del frío”. Es mañana de domingo y desde aquí se escuchan las campanas de la iglesia cercana invitando a misa. En la calle pasan carros y taxis y personas que van al mercado con sus bolsas del mandado. Algunas vecinas saludan a Doña Maria quien a su vez corresponde al saludo y les dice que se cuiden.

 

Platico con ella muy brevemente en tu´un savi (lengua de la lluvia) y le comentó la posibilidad de concederme una entrevista sobre sus vivencias en los campos agrícolas de Sinaloa. “Ah de los trabajos que anduvimos haciendo allá, pero eso no es importante, son puras cosas tristes”. Dice, como indicando que si accede a la entrevista, pero, al mismo tiempo, no queriendo recordar su experiencia. Le explico que los datos que me dé los voy a escribir y grabar y para que la gente conozca cómo viven en Culiacán los indígenas.

 

Rememora, con mucha pausa, en un tono nostálgico que su experiencia ocurrió hace cinco años cuando fue a Sinaloa a trabajar en los campos y realizar la cosecha de tomate, jitomate, chile, berenjena y pepino. El contacto que les permitió ir a trabajar fue su propio esposo, Don Faustino de Jesús, quien platicó con gente de Tlapa que llevaba gente y se dedicó a reunir a varios paisanos de su pueblo, Xilotepec, para ir Sinaloa.

 

El viaje

 

Cuando fue a  trabajar a Sinaloa, su familia se enojó mucho con ella, porque sus hijos iban a sufrir. Sus padres y familiares le decían eso porque ellos ya habían ido algunas veces a trabajar a Culiacán y conocían las experiencias de trabajar en los campos agrícolas. Pero ella fue porque quería una casa. Señala que “se sufre en Culiacán”. Y eso empieza con el viaje de cinco días a los campos agrícolas cubriendo una ruta que va de Tlapa a Culiacán. Aunque esta inicia en su pueblo natal,  Xilotepec, luego pasan a Tlapa, posteriormente van con rumbo a la ciudad de México, Guadalajara, Venadito y otros lugares. No recuerda las poblaciones por donde pasan, pero dice que “son muchos pueblos”.

 

El viaje dura de cuatro a cinco días en que se alimentan comprando comida con su propio dinero. Toda la familia va sentada, amontonada en dos asientos. Algunos padres que se compadecen de sus hijos, dejan que se sienten y ellos van parados durante casi todo el trayecto. La comida que les ofrece “el patrón” es una torta y un refresco. “Al patrón no le preocupa nada, aunque se descomponga el autobús no le interesa”. Llegando al campo de trabajo, en Sinaloa, si alguien se enferma el patrón no da medicinas, él solo quiere que trabajen todos lo días. Aun en los días de mal tiempo o de lluvia los migrantes trabajan. “Eso es lo único que le importa al patrón” y el salario es de veinticinco pesos.

 

Ella dice que fue “un trabajo pobre”. Fue a Sinaloa con su familia. Su esposo, una hija y cuatro varones. El motivo que la indujo a ir allá fue porque “no tenían nada de dinero y quería tener una casa”. Su labor consistía en limpiar las plantas de maleza y hierbas, remover la tierra y echar abono. Actividades parecidas a la siembra de la milpa. Trabajaba entre el lodo, zanjas y canales de agua de más de un metro de hondo y al mismo tiempo cargaba a su hijo de tres años en la espalda. Otra de las faenas que realizaban era “bolear”. No tiene claro a que se refiere.

 

El salario que les pagaban por trabajar de las siete de la mañana a las cuatro de la tarde era de veinticinco pesos, que era muy barato en ese entonces y sólo tenían un día de descanso, el domingo. Uno de sus hijos, Sergio de Jesús, de trece años se desmayaba constantemente al acarrear los botes de chile y por eso se enfermó y se puso mal de salud. Cuando eso ocurría, el patrón le gritaba a su hijo “!Órale, órale, apurate, párate a trabajar, ese chamaco guevön, no quiere trabajar!”. Como su hijo se sentía mal ella lo ayudaba. Entonces el patrón los mandaba a descansar y le descontaban el día a los dos. Ninguno de los paisanos presentes le ayudaba ni intercedían por ella. “Cada quien trabajaba por su lado”.

 

Aunque uno de sus hijos estaba enfermo ella realizaba rápido el trabajo que le correspondía y ayudaba a sus hijos y por eso le gritaban muy feo los patrones. La familia de doña María trabajaba en las faenas, limpiando y cosechando chiles y jitomates. Su hijo Sergio murió cuando regreso de Sinaloa. Doña María suelta el llanto. Y durante un par de minutos solo se escucha su sollozo. Después continua pausadamente y dice, “fui a Culiacán por que quería tener una casa buena para vivir con mis hijos”. Al mismo tiempo mira melancólicamente su casa de concreto y tabicón. Menciona que allá en Culiacán vivieron en una galera grande de tabique con techo de lamina de cartón, en dos cuartos muy rústicamente acondicionados.

 

Para comprar las cosas para comer tenían que ir a un lugar llamado Costa Rica, ubicado a unos quince kilómetros de donde vivían. Señala que sufrieron muchas penurias y les picaban los zancudos que abundaban en los campos. Al patrón no le importaba si se enfermaban y aunque estuviera lloviendo los mandaba a trabajar. En caso de que se enfermaran les gritaba y los mandaba a descansar.

 

La población migrante en el campo donde estuvo eran, en su mayoría, mixtecos de Guerrero y Oaxaca. También compartían el trabajo con los nahuas y triquis. Doña María decidió venirse de Culiacán por que había ahorrado y ya tenían lo suficiente para construir una casa para que vivieran sus hijos y estudiaran, pero la historia no resulto así ya que dos de sus hijos se casaron, uno murió, otro está actualmente en Nueva York y el menor estudia la secundaria Juan Álvarez en Tlapa.

 

Menciona que “viven un poco mejor porque ya tienen una casa que les costo mucho trabajo” pero aun sigue sufriendo por la situación económica.

 

 

En Sinaloa, estuvo trabajando en el “Campo Lamito” y en el “Campo Rebeca”. Este último era muy grande y había mucha gente trabajando. No sabe exactamente cuanta gente trabajaba, solo menciona que  ”muchos, son muchos; harto de gente”.

 

Para ir a trabajar tenían que levantarse a las tres de la mañana y preparar sus tortillas porque a las cinco ya tenían que salir para el campo. Iban a traer corriendo sus herramientas de trabajo que eran tijeras, ganchos y lo que necesitaban para cortar tomates, chiles, etcétera. Había una bodega donde les proporcionaban estas herramientas. Sólo tomaban una taza de café y con eso aguantaban hasta el almuerzo y la comida. Para guisar iban a traer leña a los cerros cercanos de donde vivían. Dice: “al patrón no le importa lo que pasábamos”, “la gente se enfermaba de sarampión y viruela y así enfermos iban a trabajar”. También dice que “tomaban agua del canal” porque no había agua entubada y la gente lavaba su ropa en el canal.

 

A los niños y los grandes les pagaban igual y comían en una media hora porque había que seguir trabajando o si no llegaba el patrón a ver como trabajaban y les anunciaba la llegada de la hora de la comida. La gente se organizaba bajo el mando de un “mayordomo” que dirigía una cuadrilla de personas y había un “apuntador” que anotaba a las personas que trabajaban en un campo y anotaba todos los botes de chile o tomate que acarreaban los trabajadores. El esposo de doña María, Don Faustino de Jesús, era el mayordomo de una cuadrilla y este era quien vigilaba a los trabajadores de una cuadrilla. El no trabajaba, sólo los supervisaba y reportaba al patrón. Era el enlace y azuzaba a la gente a trabajar, en ocasiones los regañaba. También había un tomador de tiempo y un capitán.

 

En ocasiones los trabajadores se peleaban porque algunos hacían bien el trabajo y otros no. Y aunque trabajaran más o menos, siempre les pagaban igual y no se reunían para nada. Sólo los hombres se juntaban en los días de paga que eran sábados o domingos, se emborrachaban y escuchaban música. Señala que su estancia allá fue muy triste. Aunque lloviera trabajaba y eso “al patrón le vale”. Recuerda una vez que les tocó un ciclón y se quedaron sin cobijas y aún así el patrón los puso a trabajar. Por eso se alegró cuando se regreso a su pueblo y porque su hijo estaba enfermo. Después de permanecer cinco meses no hubo otra alternativa que regresar. Lo único que trajo fue un poco de dinero y ropa. Algunos botes y cubetas de insecticida que hoy sigue utilizando para almacenar cosas.

 

Doña María actualmente vive en la ciudad de Tlapa y para complementar sus gastos lava ropa ajena o le ayuda en el quehacer doméstico a sus vecinas, actividad por la cual percibe entre veinte o treinta pesos que le alcanzan para pagar a luz, comprar leña y algunos gastos. “Pobre de mí, siquiera poco pero tengo. Aunque sea tortilla con sal pero hay” dice doña María después de haber conocido la experiencia en Sinaloa.

 

Indica que ya no quiere regresar, porque guarda en su memoria mucho sufrimiento. Se acuerda de su hijo y le da mucha tristeza. Reconoce “que se volvió muy fuerte” después de regresar de los campos agrícolas. Ahora se fueron sus hijos, no quisieron estudiar, solo uno estudia Octavio de Jesús, pero se quiere ir a los  Estados Unidos.

 

“Eso es todo maestro”, dice cuando ya ha transcurrido más de una hora de plática y entrevista. Comenta que tiene pendientes algunas actividades y pregunta “si las cosas que pasan son buenas o malas”. Pregunta “¿Qué es verdad que el gobierno ayuda a los pobres? Yo veo que hay muchos pobres”. Son sus últimas palabras. La plática termina. Me despido…

 

Varios años después doña María sigue igual. Se sigue manteniendo de realizar actividades domésticas. No ha regresado a Sinaloa. Sus hijos han migrado a Estados Unidos. Su esposo siembra en Xilotepec donde cumple actividades comunitarias. Llevan una vida austera. Los he visto nuevamente y platico con ellos. Las cosas no han cambiado. La pobreza en la Montaña se ha agudizado y los transhumantes siguen zarpando, la migración también tiene un rostro femenino y voces que aun no han sido escuchadas.

 

 

La Victoria, Guerrero, 13 abril 2011

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