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Un siglo de migraciones del valle de Tangancícuaro a Estados Unidos

por Iván Jiménez Maya Última modificación 21/01/2010 09:26

La migración de mexicanos a Estados Unidos, se puede empezar a documentar a partir de mediados del siglo XIX (después de la guerra con Estados Unidos del 47, donde México pierde más de la mitad de su territorio).

Un siglo de migraciones del valle de Tangancícuaro a Estados Unidos

Iván Jiménez Maya

UN SIGLO DE MIGRACIONES DEL VALLE DE TANGANCÍCUARO A ESTADOS UNIDOS


Antecedentes de la migración México-Estados Unidos
La migración de mexicanos a Estados Unidos, se puede empezar a documentar a partir de mediados del siglo XIX (después de la guerra con Estados Unidos del 47, donde México pierde más de la mitad de su territorio), y como nos menciona Gastélum (1991: 26), tuvo como detonante masivo el desarrollo tecnológico del ferrocarril, cuando la estación Paso del Norte, Chihuahua, recibió al primer tren del ferrocarril Central Mexicano. Estas nuevas vías acercaron materias primas de México a la demanda de los Estados Unidos y, a la vez, facilitaron la migración de trabajadores mexicanos a ese país, así mismo éstos se fueron contratados a la construcción ferroviaria a San Antonio, Texas; San Louis, Missouri; Santa Fe, Nuevo México; San Francisco, California; Kansas City, Kansas y Chicago Illinois. La mano de obra mexicana fue empleada también en labores agrícolas y mineras. En el transcurso de los primeros años del siglo XX, aumentó la demanda de mano de obra mexicana en la cosecha de algodón, del betabel, frutas y legumbres. La expansión del algodón en nuevas regiones coincidió con los primeros movimientos de la lucha civil en México en 1910 y muchos grupos de mexicanos fueron empleados conforme la producción creció al suroeste, de ahí nació la plantación a gran escala de Texas basada en el uso de trabajo migratorio mexicano (Alanís, 2000: 14).
Durante la primera Guerra Mundial y a lo largo de la década de los años veinte el reclutamiento de trabajadores mexicanos para realizar trabajos temporales en los Estados Unidos se incrementó. Después, a raíz de la crisis de 1929 en Estados Unidos -llamada la Gran Depresión- se presenta una expulsión masiva de migrantes mexicanos, aunque en muchos casos esos deportados fueran ciudadanos estadounidenses por nacimiento, resultando en una baja en la población de origen mexicano y migrante en esa época; aunque la migración no se detuvo totalmente. Para el periodo de la segunda Guerra Mundial, esta migración vuelve aumentar con el segundo Programa Bracero, y las principales actividades en las que se emplearon estos migrantes, fueron: trabajos agrícolas, construcción y mantenimiento del sistema ferroviario estadounidense y en la industria metalúrgica.
Como una manera de institucionalizar la migración de mexicanos a Estados Unidos, se llegó a la firma de acuerdos para la contratación de mexicanos para que laboraran en ciertos sectores de la producción estadounidense durante dos periodos específicos del siglo veinte a saber: el primer Programa Bracero 1917-1918 y el segundo Programa Bracero 1942-1964 (el más conocido).


El proceso espacio-temporal de la migración en el Occidente de México

El movimiento de personas del Occidente de México hacia los territorios del norte durante la época colonial e independiente a Nuevo México, la Alta California, Texas y una parte considerable de los estados de Chihuahua, Coahuila y Tamaulipas (actualmente los estados de la Unión Americana: California, Arizona, Nuevo México, Texas, Nevada, Utah, parte de Colorado, y porciones de Oklahoma, Kansas y Wyoming) se presenta desde principios del siglo XIX y continúa a lo largo de ese siglo, a lo que después serían los Estados Unidos. Ya que los territorios del norte pertenecientes a México, mencionados anteriormente, pasaron a formar parte de la Unión Americana tras perderlos México, en la guerra de 1846-1847 y formalizados con la posterior firma del Tratado de Paz Guadalupe Hidalgo en 1848.
Es así que los movimientos de población desde comienzos del siglo XIX, se da por dos razones, principalmente: el poblamiento de territorios y los lazos comerciales por medio de la arriería; y como menciona Fernández-Ruíz (2003: 36), sus antecedentes más remotos (de la migración al norte), sin embargo, hay que buscarlos en las tentativas oficiales de poblar las áreas del norte que siempre había procurado el gobierno mexicano: “los intentos de colonización de Texas en 1819 y de California en 1837, que llevaron a varias familias del altiplano y del Bajío a asentarse en los territorios norteños...”, y en la tradición trashumante de los arrieros del Occidente de México que viajaban incesantemente hasta aquellas remotas regiones y mantenían el nexo de comunicación con el resto de la nación. La residencia temporal o definitiva de mexicanos más allá del río Bravo, y las andanzas arrieriles de aquellos trotamundos, fueron, de hecho, la primera red de relaciones sociales que comenzó a facilitar el establecimiento de un circuito migratorio entre dos áreas tan distantes como son el Sudoeste del los Estados Unidos y el Occidente de México: “Para 1872..., un vecino de Cotija ya hablaba de idos al Norte...”. Porque no era cosa solamente de andar largos los caminos y marchar lejos, había que cacaraquear la hazaña: regresar a contar lo visto y lo vivido, o cuando menos correr amplia la noticia, y hacer partícipe al terruño y los paisanos de la aventura y los triunfos, a despecho de riesgos, penalidades, vicisitudes y sufrimiento.
Al igual que de todo el Occidente de México, del Estado de Michoacán desde finales del siglo XIX, han salido grandes contingentes humanos a laborar a los Estados Unidos, casi siempre en calidad de braceros, a trabajar en la expansión ferrocarrilera que integró el medio y lejano Oeste norteamericanos; a ocupar los puestos de menor calificación y mayor desgaste en la –entonces– incipiente industrialización del contorno de los Grandes Lagos; a levantar como peones las cosechas y a apacentar los ganados en las inmensas áreas recién abiertas a la producción del Suroeste; a producir primero y consumir después bienes y servicios; a extraer, procesar, transformar, fabricar, servir, construir, demoler, limpiar, armar y vender los más disímiles productos de nuestra era; a contribuir, en fin, con su vida y esfuerzo al parto y amamantamiento del “sueño americano” (Fernández-Ruíz, 2003: 33).
En esta migración de finales del siglo XIX, que presentaba flujos muy importantes de pobladores michoacanos con dirección a los Estados Unidos para laborar en el ferrocarril, muestra algunas similitudes -teniendo en cuenta las diferencias intrínsecas de cada época y que le dan características propias a cada periodo migratorio-, con los flujos migratorios que se presentarían medio siglo después y que continúan hasta la actualidad. Y es que ésta migración que se da en la época del porfiriato tenía como detonante la baja remuneración del salario de los trabajadores, que en su mayoría laboraban como peones acasillados, medieros, jornaleros y arrendatarios en las haciendas de la época, en condiciones bastante difíciles y de explotación, que hacían complicada la satisfacción de sus necesidades inmediatas para lograr su reproducción social, es importante no olvidar la necesidad del vecino país del norte por la mano de obra mexicana. Es así que empieza una frecuencia importante de viajes, en este circuito migratorio pendular de ida y vuelta, para ir a laborar a los Estados Unidos tanto en el campo como en los ferrocarriles, y otras ocupaciones, por temporadas del año y regresar de nueva cuenta a México, y así por varios años hasta que en algunos casos emigraba completa la familia –madre, padre e hijos- para establecerse en los Estados Unidos, siendo muy similar a la dinámica que se presenta durante el periodo del segundo programa bracero; y para dar una mejor idea de como se daba este flujo durante el porfiriato, conviene hacer referencia a lo que Mora-Torres (2006: 27) menciona:
Estos pioneros michoacanos trabajaban ocho meses en el ferrocarril y luego regresaban a México. La mayoría regresó con dinero en sus bolsillos, ropa nueva y otros bienes que representaban el éxito en el norte. A pesar de que regresaban a sus pueblos, después de unos cuantos meses regresaban a los Estados Unidos, pero ahora con sus propios medios. En su segundo viaje, usualmente llevaban a un hermano, primo o amigo. Para la mayoría, ésta no era una decisión difícil de tomar ya que `podía ganar un dólar al día en los Estados Unidos mientras que en las haciendas michoacanas ganaban tan solo 25 centavos (en ese entonces un dólar equivalía a dos pesos). Una vez de regreso en los Estados Unidos, trabajaban ocho meses en los ferrocarriles y luego regresaban a México. Muchos de ellos dieron tres, cuatro o más viajes de ida y vuelta. En la mayoría de los casos, ellos se llevaban a más y más gente con ellos, incluyendo a familias enteras. Una vez que la familia se establecía en los Estados Unidos, los viajes a Michoacán se volvían menos frecuentes.


El valle de Tangancícuaro
El valle de Tangancícuaro se encuentra ubicada en el noroeste del estado de Michoacán, en lo que varios autores denominan el Bajío zamorano, Calleja (1986: 330-331), nos menciona que Luis González nombra como los valles de Zamora a los que se localizan al noreste de la depresión del Lerma y la región central a los valles del noroeste. Aunque los valles de Zamora comprenden las tierras planas de 28 municipios, el Bajío zamorano, propiamente dicho, se limita a los valles más occidentales que son los de la Guarucha, Chavinda, Ciénaga de Chapala, Ecuandureo, Churintzio, Tlazazalca, Purépero, Tangancícuaro y Zamora. Al valle de Tangancícuaro lo integran la cabecera municipal Tangancícuaro, y cinco tenencias de Francisco J. Múgica, Gómez Farías, San Antonio Ocampo, Valle de Guadalupe y Etúcuaro. En general estas comunidades tienen en común su vocación agrícola, y la migración que es de una larga data y alta incidencia desde hace más de un siglo. Desde la época colonial hasta bien entrado el siglo XX, en este valle se establecen distintos tipos de asentamientos humanos que a la vez crean dos estancias ganaderas, las de Tierras Blancas y Taramecuaro y cuatro haciendas la de Canindo, La Guarucha, Noroto, Junguaran y su rancho-hacienda Camécuaro, para el uso y aprovechamiento de la tierra; en donde se cultivaban trigo y maíz, principalmente.

El valle de Tangancícuaro, el espacio rural y la migración de finales del siglo XIX al primer tercio del siglo XX
Durante los años de la pax Porfiriana, algunos tangancicuarenses emprendedores le dan nuevo lustre al pueblo con sus negocios: el comercio, la explotación maderera y la arriería, enriquecen no sólo al pueblo, sino a la región entera. Así, los negocios progresan, se diversifican y adoptan técnicas modernas; la arriería –aunque ahora en menor escala– se recupera, las haciendas crecen, se adquiere maquinaria de propulsión hidráulica y de vapor para los molinos, se amplían el monto y la calidad de las actividades artesanales, en especial para la fabricación de rebozos, aunque se sigue usando el telar rústico. Pero, como adversa consecuencia del crecimiento demográfico, de la siempre injusta distribución de la propiedad de la tierra y de los medios de producción, además de la falta de capacidad de expansión de algunas de las actividades económicas y productivas, comienza también la tan famosa migración de nuestros paisanos a los Estados Unidos (Fernández-Ruíz, op cit: 12).
Una forma de ilustrar esta migración que se presentó en la región de Zamora a principios del siglo XX es como a continuación menciona Mora-Torres (2006: 27):
Para 1910, los efectos de la migración se sintieron en zonas clave de Michoacán; por ejemplo, Zamora “es el centro de uno –o quizá el distrito agrícola más importante- de donde vienen nuestros peones”, comento un investigador estadounidense. Para ese entonces, Zamora empezó a sufrir la ausencia de mano de obra, como declaró un hacendado: “estamos tan escasos de brazos que en está estación de siembra de maíz pasado no se abrió una raya para sembrarla… pues con el pretexto del norte que se van a hacerse ricos, nos vemos sin gente”. El perfecto de Zamora dijo: “Cada año aumenta la migración de trabajadores de este distrito de Zamora a los Estados Unidos… la corriente de emigración aumenta cada año de tal manera que hay poblaciones como Purépero que se quedan sin hombres trabajadores; y varias haciendas y ranchos que son abandonadas a causa de la emigración”.

Es así, que para inicios del siglo XX gran parte de la población se ocupaba en el campo en condiciones no muy favorables, ya que muchas de las familias pertenecientes a estas poblaciones laboraban para las haciendas y de donde apenas obtenían lo suficiente para sobrevivir con su trabajo en la mediería y la concesión de ecuaros. Pero con el estallido del movimiento revolucionario, es cuando se presenta un considerable flujo migratorio hacia los Estados Unidos como nos relata Fernández-Ruíz (op cit: 13):
Pronto se desvanecen los progresistas sueños porfirianos. El movimiento revolucionario llega al terruño en el año de 1911, y de inmediato se levantan en armas,… si la revolución no se manifestó mucho localmente se debió a que los revolucionarios tangancicuarenses eran en su mayoría propietarios y empleados que luchaban a favor de principios meramente políticos..."; con todo y eso, se iba despoblando la Villa: presas del temor por la guerra, primero, las asonadas y la epidemia de influenza española, después, las familias que pudieron hacerlo se mudaron a las grandes ciudades, mientras que otros –buscando refugio seguro– se marcharon al famoso "Norte"…

Con la posterior promulgación de la constitución de 1917 derivada del movimiento revolucionario de 1910, se establece el reparto de tierras y a la vuelta de los años se comienza con la Reforma Agraria, es cuando se pone en práctica el reparto de tierras a gran escala. Es así que los terrenos de las haciendas son repartidos y pasan a convertirse en ejidos, propiedad comunal y pequeña propiedad, cabe recordar que esta última forma de propiedad se da desde mediados del siglo XIX por la descomposición-recomposición de la gran propiedad de algunas de las haciendas de la región.
En esta época, de la Reforma Agraria, una cantidad considerable de habitantes de las comunidades del valle de Tangancícuaro se vuelven ejidatarios y pequeños propietarios, y a pesar del reparto agrario, algunos de los nuevos agricultores, con el fin de poder obtener más dinero con el cuál poder aprovechar las tierras con que habían sido dotados, vuelven sus ojos al norte en busca de empleos que les signifiquen un ingreso e invertirlo para hacer producir su tierra.

El Programa Bracero 1942-1964 y el Valle de Tangancícuaro
El Programa Bracero que fue desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial, se enmarco dentro de un acuerdo diplomático bilateral con un entendimiento claro por parte de México y de Estados Unidos de que únicamente funcionaría durante la guerra mundial y de que esto constituía una contribución mexicana al esfuerzo bélico (Driscoll, 1996: 234-235). Pero este sería ratificado por un par de décadas más, hasta que se dan por concluidos los convenios el 31 de diciembre de 1964, por presiones al interior de los Estados Unidos. La continuación del Programa Bracero más allá de la Segunda Guerra Mundial, fue determinado por las coyunturas de la guerra de Corea y Vietnam -donde incluso hubo migrantes oriundos del valle de Tangancícuaro, como muchos otros migrantes mexicanos, que lucharon en estas guerras como parte del ejercito estadounidense- así como la necesidad de mano de obra por parte de los Estados Unidos para que laboraran en sectores productivos como los campos agrícolas, los ferrocarriles y otro tipo de industrias fundamentales para el funcionamiento y desarrollo de dicha nación en esas etapas. Ya que la fuerza de trabajo nativa se encontraba en el frente de batalla o fue desplazada a industrias prioritarias, y claro mejor remuneradas que donde trabaja el grueso de los migrantes.
Pero también como explica Machuca (1990: 135), las causas de esta migración a los Estados Unidos están en el proceso de industrialización y el abandono de la tierra durante la década de los cuarenta, constituyeron en México las manifestaciones “expulsoras” de la migración mexicana a los Estados Unidos. Se calcula que durante los primeros años de la década mencionada, el 16% de la población rural abandonó su tierra. Entre 1940 y 1944 la migración del campo hacia la industria mexicana fue de alrededor de 200 mil personas, mientras que cerca de 125 mil (es decir, más de la mitad) salían a trabajar en las granjas y ferrocarriles de EUA como “braceros” o “espaldas mojadas”.
Es así que muchos campesinos mexicanos se enrolan en el Programa Bracero, dentro de estos se encuentran muchos oriundos del valle de Tangancícuaro, este contingente lo conformaban hombres en edad productiva (padre e hijos). La motivación principal para que estos campesinos se contrataron en este Programa, fue la falta de empleos remunerados o la oportunidad para conseguir empleo dentro de sus comunidades, así como el paupérrimo ingreso que les daban largas jornadas de trabajo en sus tierras, resultando insuficiente lo que lograban obtener haciendo muy precaria la sobrevivencia familiar. Como consecuencia directa de esto, es que durante ese tiempo muchos hombres en edad productiva de este Valle fueron a los Estados Unidos a trabajar, tanto de manera documentada como indocumentada. Algunos de los ex migrantes que aún viven el valle de Tangancícuaro al ser entrevistados sobre su experiencia como migrantes relatan cómo fue el proceso de selección y contratación para la brasereada en la Ciudad de México en el centro de reclutamiento que estaba en el Estadio Nacional: al momento de pasar con los reclutadores se nos revisaban las manos, siendo este un primer filtro para verificar si en realidad éramos trabajadores del campo y ser así seleccionados como candidatos para obtener un contrato en los campos de Estados Unidos, ya que si no teníamos las manos maltratadas y callosas, -secuelas de las duras labores del campo-, se les excluía de la contratación, por no ser aptos ya que el trabajo a realizar lo tenía que hacer una mano de obra acostumbrada al campo y para las duras jornadas de trabajo en el fil  que les esperaban. También esta el testimonio de otros tantos ex migrantes que mencionaron haberse ido a Estados Unidos con papeles falsos que habrían adquirido en la frontera, y haber trabajado en los Estados Unidos con un nombre que no era suyo, hasta que eran descubiertos por las autoridades estadounidenses, encarcelados por un tiempo y después devueltos a la frontera del lado mexicano, donde volvían a cruzar de manera ilegal, así hasta que podían arreglar sus papeles, o sea sus documentos de residencia, con lo cuál podían trabajar, ahora sí, de manera documentada y tener libertad de movimiento entre Estados Unidos y México, resultando más fácil que cuando se encontraban sin papeles. Respecto a esta convivencia entre los migrantes tanto documentados como indocumentados que trabajaban en Estados Unidos, Fernández-Ruíz (2003), menciona al respecto:
Entre ambos flujos existía, por supuesto, relación y correspondencia; muchos de los que una vez habían ingresado bajo contrato y habían adquirido cierta experiencia, podían retornar por su cuenta, y hasta se daban el lujo de hacerse acompañar de familiares, parientes o amigos que no habían migrado antes, y conseguir para todos trabajo estacional con algún granjero. Ahorrándose el papeleo y evadiendo las regulaciones impuestas a la importación temporal de mano de obra, los patronos norteamericanos optaron por mantener vigente también esta opción; y con ambas modelaron el patrón migratorio que satisfacía sus necesidades, caracterizado por: masculinidad, temporalidad y sectorialidad.

Es así que estos migrantes al ir a Estados Unidos tanto de manera documentada como indocumentada, -en busca de un mejor ingreso, superior al que podían obtener en sus comunidades-, y después de permanecer por periodos de tiempo de duración variable en el vecino país del norte, regresaban a sus comunidades dentro del valle de Tangancícuaro y empleaban sus ahorros, hechos con el duro trabajo que implicaba laborar en el campos agrícolas en los Estados Unidos, principalmente en hacer producir sus tierras, fin primordial por el que muchos habían decidido tomar la opción de irse de braceros. Claro, esto también trajo aparejado una entrada inédita de dinero (dólares), que empezó a reflejarse, pasado algún tiempo del inicio de esta migración masiva al norte, en el nivel de vida de las familias de los migrantes y por supuesto en la comunidad. Un primer signo de esta prosperidad fue la mejoría en la capacidad de consumo por parte de estas familias, mejores viviendas e incluso una mejoría en los servicios básicos de los pueblos, todo esto gracias al apoyo económico y el trabajo colectivo de los habitantes en cada una de las distintas comunidades que integran el Valle de Tangancícuaro.
Para inicios de los años sesenta, es que la migración en el valle de Tangancícuaro presenta un cambio dentro de su dinámica migratoria que se venía presentando a lo largo del Programa Bracero, de ser una migración en su mayoría de hombres en edad productiva para laborar en distintos sectores productivos de los Estados Unidos, con una estancia temporal en aquel país con la idea de regresar a la comunidad de origen, pasa a una dinámica migratoria, que no había sido muy común en este proceso migratorio, la estancia legal y más prolongada en los Estados Unidos y en muchos casos llevándose a la familia completa a vivir con ellos de forma legal, un ejemplo de esto son las llamadas cartas de la flor, que como López explica:
A principios de los años sesenta Manuel Martínez Gómez, migrante tangancicuarense estuvo entregando cartas de ofrecimiento de trabajo para los Estados Unidos, con las cuales se podía entrar a ese país y eventualmente arreglar documentos de residencia permanente; fueron las llamadas “cartas de la flor” y aún hoy en día se dice que “eran muy buenas para emigrarse”. Las cartas eran expedidas por una compañía agrícola con sede en Los Angeles donde ofrecían trabajo seguro en el cultivo de las flores, en Tangancícuaro estas cartas eran sorteadas por el mencionado Manuel Martínez en su propia casa.


Conclusiones
La migración a los Estados Unidos comienza en este Valle desde mediados del siglo XIX, y se ve potencializada en los albores del siglo XX por distintas coyunturas (revolución mexicana, primer programa bracero), continuando de manera ininterrumpida, aunque con altibajos en la década de los treinta, para verse potenciada con el Segundo Programa Bracero durante la primera mitad del siglo XX. Estas olas migratorias están ligadas por un lado a las necesidades de mano de obra barata y susceptible de explotación por parte de los Estados Unidos para laborara en distintos rubros de su economía como: la industria, los ferrocarriles, el campo, principalmente, así como otras actividades; y por otro lado a las necesidades de los pobladores por un mejor ingreso para satisfacer sus necesidades de reproducción social ante la serie de carencias en sus lugares de origen.

Referencias

Alanís Enciso, Fernando Raúl, 2000, El gobierno de México y la repatriación de mexicanos de Estados Unidos, Tesis Doctoral en Historia, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, México, pp. 12-29.
Bustamante, Jorge A., 1975, El espalda mojada, informe de un observador participante. En Villanueva, Tino (Compilador), 1985, Chicanos, fondo de Cultura Económica, Secretaria de Educación Pública (SEP), Lecturas Mexicanas No. 89, México, pp. 144-187
Calleja Pinedo, Margarita, 1986, Zamora: la formación de la burguesía, en Herrejón Peredo, Carlos, 1986, Estudios Michoacanos I, El Colegio de Michoacán, Zamora, pp. 329-346.
Driscoll, Bárbara, 1996, Me voy pa’Pensilvania por no andar en la vagancia, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, UNAM-Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN), México, 278 p.
López Castro, Gustavo, 1986, Tangancícuaro: población y migración, en Herrejón Peredo, Carlos, 1986, Estudios Michoacanos I, El Colegio de Michoacán, Zamora, pp. 191-211.
Fernández-Ruíz, Guillermo, 2003, Crónica sincrónica de la migración michoacana, en López Castro, Gustavo (Editor), 2003, Diáspora Michoacana, El Colegio de Michoacán, Gobierno del Estado de Michoacán, México, pp. 33-67.
Gastélum Gaxiola, María de los Ángeles, 1991, Migración de trabajadores mexicanos indocumentados a los Estados Unidos, Coordinación General de Estudios de Posgrado, Facultad de Derecho, UNAM, Ciudad Universitaria, México, 381 p.
Machuca Ramírez, Jesús Antonio, 1990, Internacionalización de la fuerza de trabajo y acumulación de capital: México-Estados Unidos (1970-1980), Instituto Nacional de Antropología e Historia, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Serie Antropología Social-INAH, Colección Científica, México, pp. 119-185.

Información hemerográfica
Mora-Torres, Juan, “El origen de la migración de michoacanos a los Estados Unidos”, Presencia Michoacana en el Medio Oeste, Federación de Clubes Michoacanos en Illinois, 2006, México, pp. 26-27.

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