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Sueños de un mural zapatista en el East Harlem

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 22/07/2014 10:45

El mural zapatista del East Harlem representa las inconformidades, los sentires, las frustraciones diarias y los anhelos de varias generaciones en las tierras del gran dólar, el gran garrote y el friendly neighbor que tan sólo en tres décadas nos ha recetado una terapia de choque que a punto está en convertir a México en mero exportador de droga, petróleo y trabajadores migrantescuyo único derecho es callarse la boca y aprender a decir: Yes sir.

Sueños de un mural zapatista en el East Harlem

Rodolfo Hernández Corchado

 

Sueños de un mural Zapatista en el East Harlem*

 

     Nació en Ciudad Nezahualcoyotl, México, “en el cinturón de pobreza que rodea la gran ciudad” y un día, partió rumbo a Nueva York. Las razones eran “la falta de lana que hace que los padres trabajen mucho, que los hijos anden a la deriva y que nos encontremos con la necesidad de venir a este lado, unos por la necesidad de ayudarle a sus jefes, otros porque se querían ir a la aventura, salir”. Narraba que cuando llegó a la ciudad de Nueva York venía “un poco ciego” y se quería comprar una moto. Nunca le pregunté si quiso comprarse la moto para cruzar el continente de este a oeste y salir por el Lincoln Tunnel en dirección del gran Califas, para cruzar el continente de norte a sur desandando los pasos que lo trajeron a Nueva York o simplemente para ir a la chamba de obrero en esta ciudad. Ciego andaba y contaba también que cuando partió de Ciudad Neza, pensaba que iba para América “a encontrar la libertad”. Pero decía también que “cuando llegas a Nueva York vas abriendo los ojos, como un proceso de aprendizaje.”

      No se compró la moto pero en cambio en ese proceso de aprendizaje, un día -como a muchos otros- la rebelión zapatista lo encontró del otro lado de la frontera y comenzó a formarse políticamente, “fue como una luz allá en México, que a muchos nos hizo sentir que si había una alternativa de cambiar el país.” Ese aprendizaje era el resultado de una “inconformidad que uno va sintiendo, porque aquí seguimos tan oprimidos y atados de manos para poder tener una vida más digna, más plena.”

 

El Richard

      Es Ricardo Franco, o el Richard para la banda, aunque creo que nunca pronunciábamos la “d” y entonces sonaba como “el Richar” a secas. Era obrero, pintor, miembro de un grupo de danza prehispánica, integrante fundador del Colectivo Reaktor, y pintor del mural zapatista ubicado en la esquina de la Segunda Avenida y la calle 117 en el corazón del East Harlem, el antiguo Barrio puertorriqueño. Hoy, el Barrio es ese segundo hogar de los trabajadores mexicanos exiliados por tierras gabachas y hogar también de uno de los dos murales zapatistas (por lo menos de los que se tienen noticia) en Estados Unidos. El otro se encuentra en la costa Oeste, en la ciudad de San Francisco, en el callejón Jack Kerouac en una de las paredes exteriores de la librería independiente City Lights Bookstore. Dos murales, uno en cada extremo del continente, uno mirando al Pacífico y el otro al Atlántico. Ese, el de la costa Este, fue pintado por el Richar en marzo de 2001. Al centro del mural está el sol y a su izquierda la Virgen de Guadalupe, el rostro del subcomandante Marcos, la nave zapatista y Don Durito de la Lacandona. Sobre la Virgen, decía el Richar que era “como un símbolo utilizado para dominar, pero por otro lado, representa la esperanza que tiene la gente. Por eso que creí que debería estar en el mural, es parte del zapatismo. Es parte de los pueblos y hay que tolerarlo.”

      Corrían los días de la Marcha del Color de la Tierra en México y los rebeldes Zapatistas se dirigían a la Ciudad de México. En una ocasión me contó que creía poder hacer algo en Nueva York y así se le ocurrió que “un mural podría ser lo más indicado para expresar el sentimiento Zapatista”. El mural que hoy se encuentra en la calle 117 y la Segunda Avenida, es hijo de esa “inconformidad que uno va sintiendo”. Esa inconformidad que venía de atrás en el tiempo y de abajo del continente y la frontera que cruzó el Richar. Desde allá venía la inconformidad que le dio vida al mural. Una inconformidad que se alimentaba de ver a los padres mucho trabajar por un salario miserable, de la vida de carencias en ese lugar conocido como el cinturón de pobreza, un cinturón tan extenso pues en el habitan 60 millones de mexicanos. En ese mural, esta plasmado, a su manera y con sus medios, no sólo la inconformidad de un individuo, sino que sintetiza un sentir contenido entre miles de mexicanos que como el Richar salieron exiliados del país. Si muchas veces no logra ser expresada esa inconformidad, no logra aflorar, manifestarse y hacerse visible, no quiere decir que no exista; está ahí silenciosa y sin encontrar los medios visibles para manifestarse. Ahí está el valor de ese mural, pues integra las inconformidades, los sentires, las frustraciones diarias y los anhelos de varias generaciones en las tierras del gran dólar, el gran garrote y el friendly neighbor que tan sólo en tres décadas nos ha recetado una terapia de choque que a punto está en convertir a México en mero exportador de droga, petróleo y trabajadores migrantes cuyo único derecho es callarse la boca y aprender a decir: Yes sir. Para quien quiera escuchar la respuesta, o una de las muchas respuestas al futuro y la vida que se quiere imponer; ahí en la calle 117 y la Segunda Avenida la va a encontrar.

      “El movimiento Zapatista –decía el Richar- nos dio una luz a muchos que estábamos acá en el extranjero. [Estábamos] esperando que hubiera un cambio en México, una luz que se apareciera por allá. Y entonces se me ocurrió que no había nada mejor, que un mural que hablara del respeto y la tolerancia a la diferencia. Es por eso que en el mural se lee eso de: ‘Detrás de nosotros estamos ustedes’. Y que ‘un mundo donde quepan muchos mundos’, habla de esta nueva visión que podía caber en cualquier parte del mundo, y que mejor que en una comunidad como Nueva York, mayoritariamente indígena, marginada y despegada de muchas tradiciones. Queríamos dejar nuestra huella, y en lo personal quería dejar algo que se pudiera ver en Nueva York, algo de ese movimiento que había nacido en México y que mejor que el Zapatismo que busca libertad, justica y democracia”.

 

 Ahí te hablan unos señores”

      La pared en donde hoy se encuentra el mural, era pared yerma de un negocio rentado por mexicanos. Pared yerma transformada por el Richar y por quienes colaboraron con él, “unos mexicanos rentaron el lugar y me sentí con la confianza de acercarme y decirles: denme chance de hacer un mural”. Le dieron chance, pero aquel día de marzo de 2001 que comenzó a pintar el mural, la policía de Nueva York llegó al lugar.

      “Cuando llegaron [los policías] me dijeron: ‘ahí te hablan unos señores’. Y estaban un montón de tiras en una van. Y yo dije: ‘no manches, pues ahora que hicimos’. Y empiezan a preguntarme qué estaba haciendo ahí, si me habían dado permiso. Llegaron con una manera bien prepotente, como son los de la policía de Nueva York. Y ya salieron y dijeron que estaba todo bien. Se fueron, se dieron la vuelta, se estacionaron, yo creo que leyeron lo que estaba escrito, bajaron y me felicitaron y me dijeron que era un muy buen trabajo. Los mismos tiras que llegaron con esa actitud. Lo que me faltó poner, es que exactamente ese texto es de un comunicado Zapatista. No recuerdo cual, creo que es una declaración. Pero es en el texto que dice: ‘Bienvenidos a este rincón del mundo donde todos somos iguales porque somos diferentes. Bienvenidos a la lucha de la vida y la lucha contra la muerte. Donde todos somos iguales, porque somos diferentes’.

      Después de casi ocho años, en 2009, el mural mostraba el paso del tiempo. La pintura se empezaba a ir, pero no las razones y los agravios acumulados que lo llevaron a voltear la vista a la rebelión indígena desde Nueva York. La opresión y la explotación se mantenía. Esa no se había ido con el tiempo. Ahí estaba, persistente como siempre, “tenemos necesidad de libertades, sufrimos la explotación como esclavos. Los mexicanos no pueden volver a sus hogares en México, no pueden traer a sus hijos, ver a sus familiares y están muy limitados en su tiempo libre para su educación”, decía el Richar. En el verano de 2009, convocó a restaurar el mural y pidió el aporte de material y trabajo voluntario para realizarlo. Cada sábado de ese verano, se reunieron quienes desinteresadamente quisieron colaborar en la restauración. Los nombres de quienes participaron están ahí en el mural junto con aquellos que participaron en el 2001. Algunos de ellos ya no están, se han ido de la ciudad, siguieron por otros rumbos, regresaron a México o fallecieron. Ahí, en el mural se leen sus nombres, el nombre que cada uno escribió.

      Sin embargo, los caminos de la historia siempre están llenos de recovecos, de senderos torcidos, de individuos mezquinos que por motivaciones distintas y a veces opuestas a las de aquellos mexicanos que colaboraron en dejar un testimonio de su visón del mundo a través de un mural, buscan apropiarse o usurpar el trabajo de otros. Extraña manera de reividicarse a si mismos como “zapatistas” dispuestos a jugarse el papel de rebeldes por calles del antiguo barrio boricua, y hoy peleando contra desarrolladores e inmobiliaras se apropian del trabajo del otro. El exilio en Nueva York está poblado también de quienes usurpan también las historias de los otros o las luchas de quienes están al sur de la frontera entre México y Estados Unidos haciéndose llamar zapatistas. Para algunos es fácil y hasta redituable mostrarse como zapatista en Nueva York. El mural, como cualquier otro aporte significativo de la migración mexicana en Nueva York no ha sido ajeno a estas historias y a su usurpación por quienes sin ninguna autoridad moral se dicen buscar la justicia en las calles del East Harlem.

      “Aquí nos enseñan a buscar una identidad que tiene que ver con el dinero, la fama y el poder” me dijo en alguna ocasión el Richar y parece que algunos individuos en Nueva York así han entendido el mural o la rebelión indígena en Chiapas. Sin embargo, el mural permanece ahí, persiste en esa esquina en donde en dos tiempos distintos, algunos mexicanos con la solidaridad de algunos estadunidenses buscaron una forma de expresar su apoyo y admiración a la lucha zapatista. Fue así de simple, pero para ello como ya he dicho, debió pasar mucho tiempo, tal vez como en el caso de todo aprendizaje valedero.  

      Al final del verano de 2009, cuando terminó la restauración del mural, el Richar tomó la decisión de irse, no del East Harlem, no de la ciudad o de Estados Unidos. Decidió irse del Colectivo Reaktor, decidió tener otra vida, una vida que no tuviera nada que ver con la pintura o escribir para un fanzine. Cuando llegó el otoño, el Richar ya se había ido. Nunca nos despedimos, nunca nos dijo adiós. Durante varios años, fue nuestro hermano de guerra, fundó junto con Roles y Edu el fazine Reaktor. Me hubiera gustado despedirme del Richar, así como también me hubiera gustado decirle adiós otros a quienes la muerte venció sin que yo pudiera estar a su lado. Sin embargo, de vez en cuando me imaginó al buen Richar montado en una moto que al final sí se compró, agitando su mano en un día lluvioso y adentrándose en las inmensidades del gran gabacho en busca de paredes desiertas en donde pintar un nuevo mural. Esas son de vez en cuando las imaginaciones que tengo del Richar, mi hermano de guerra y su sueño de un mural zapatista en Nueva York.

 

*Texto publicado originalmente en el número 1 del fanzine RE-ACCIÓN LIBRE en la Ciudad de Nueva York. Julio de 2014.

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