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No todos quisieron celebrar (Primera Parte)

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 18/10/2011 18:51

Como cada año desde hace una década el 11 de septiembre a las 8:45 de la mañana tañen las campanas en la Zona Cero de Nueva York, se guarda un minuto de silencio en memoria de los caídos aquella trágica mañana de 2001 y se lee en voz alta los nombres de las casi tres mil víctimas de los ataques al Centro Mundial de Comercio.

No todos quisieron celebrar (Primera Parte)

Marco Vinicio González

Por Marco Vinicio González

No todos quisieron celebrar

 

Porque si te acuerdas, venían de otras partes del país, algunos como voluntarios, y tenían menos experiencia con la problemática de los inmigrantes, o venían con sus prejuicios a cerca de quienes carecían de las pruebas, y los identificaban con alguien que estaba tratando de defraudar al gobierno. Así que había que explicarles lo que era vivir en una ciudad sumamente urbana y muy diversa pues no era como que todo el mundo aquí tuviera un trabajo donde pudieran demostrarlo con un talón de cheque o un contrato con su casero

 

 

Como cada año desde hace una década el 11 de septiembre a las 8:45 de la mañana tañen las campanas en la Zona Cero de Nueva York, se guarda un minuto de silencio en memoria de los caídos aquella trágica mañana de 2001 y se lee en voz alta los nombres de las casi tres mil víctimas de los ataques al Centro Mundial de Comercio.

 

Miguel García no quiso sin embargo participar de la ocasión este décimo aniversario: Lo que más me indigna es que nadie guardó públicamente un minuto de silencio para los inmigrantes indocumentados, que murieron también en las Torres Gemelas. A mi me da mucho coraje, porque sí nos merecemos un minuto, un minuto, de su tiempo, no; de su respeto. Yo creo que se va a morir toda esta gente y nunca van a reconocer que gracias a nosotros, quieran o no reconocerlo, todas las grandes ciudades que están super llenas de inmigrantes están de pie gracias a los indocumentados.

 

Miguel se refiere a los difuntos que trabajaron en las desaparecidas Torres Gemelas, o a quienes tenían un negocio ambulante de donas y café, por ejemplo, o de jugos y sándwiches en las banquetas aledañas; los que hacían repartos desde los restaurantes de la zona a las oficinas de los rascacielos colapsados. Pero sobre todo, Miguel no quiso participar de los festejos porque dice que todavía no logra sobreponerse al dolor que le causó la pérdida de su mejor amigo, con quien compartía casa entonces, y nomás de evocar la imagen de su amigo Juan se le apaga ligeramente la voz.

 Oriundos de Jonacatepec, Morelos (Centro de México), Miguel García y Juan Ortega, el hoy occiso, eran los mejores amigos, desde la infancia. Asistieron a la misma escuela primaria y cuando se graduaron de la preparatoria se convirtieron en socios de algún pequeño negocio en su pueblo natal, donde siempre habían sido vecinos. Sin ser pobres, cuenta Miguel, pero atraídos por la noción del fácil enriquecimiento que llegaba a su pueblo como canto de sirenas propagado por el éxito de otros morelenses que habían migrado a Estados Unidos en busca de fortuna, él fue el primero de los dos amigos en emprender el camino hacia el próspero norte a principios de los 90. Aprovechando las redes de apoyo familiar y de amistades en Nueva York, Miguel se vino directamente a la Gran Manzana. Aquí se estableció, tuvo algún progreso económico, Y luego, como a los dos años me jalé a Juan para seguir acá con aquella entrañable amistad, pero sobre todo para no estar tan solo.

 Allá en Jonacatepec Juan dejó a su mujer y a sus tres hijos, con la promesa de volver apenas reuniera el suficiente dinero para emprender un negocito allá en su pueblo, Tú sabes, como Dios manda.

 En un barrio de Queens, Nueva York Miguel y Juan compartían el 11 de septiembre de 2001 un apartamento, Modesto pero suficientemente cómodo para los dos. Ambos trabajaban en Manhattan, en dos trabajos y turnos diferentes. Miguel empezaba su labores todos los días a las 10 de la noche, como sigue haciéndolo hoy, y terminaba a las 6:30 de la mañana, para volver a casa y cruzarse en el camino con Juan, que entraba a las 7 de la mañana al restaurante Windows on the World del piso 112 en las desaparecidas Torres Gemelas donde trabajaba de mesero.

Esa mañana recuerdo que le llamé a Juan por teléfono, como a las cinco, para despertarlo. Todos los días en la madrugada yo lo despertaba para que se fuera a trabajar. Recuerdo que le llamé, y le costó un poco de trabajo despertar, porque tenía un poquito de gripe y fiebre que le había empezado la noche anterior. Y ya cuando lo desperté le dije qué onda güey, y me dijo, qué onda. Ya son las cinco. Sí, no hay cuete, ya, ya voy. Pero…, te siento como que estás mal, no. Sí, me subió la fiebre y estoy muy mal. Pues si quieres no vayas. No, es que yo ya había pedido atender… Había un desayuno en el restaurante. Yo ya había pedido trabajar ese desayuno…, y hasta me peleé con otros… Ya ves, la competencia en el trabajo. Me peleé con algunos de Ecuador, y me dieron a mí el desayuno, y pues tengo que estar, porque desde una semana o dos me lo dieron a mí para trabajarlo. Y yo le dije, ah, ¡órale pues! Y ahí entonces fue la última vez que hablamos. Silencio…

Ese mismo 11 de septiembre de 2001 al prender la televisión esa mañana, de vuelta en casa, al observar horrorizado un poco más tarde las imágenes de los ataques, Que parecían como de una película de terror, Miguel se percató de la muerte de su amigo. Y tengo un casete de la máquina contestadora de mi teléfono, por ahí entre mis cosas, que decía, Tiene dos mensajes. Pero la verdad es que nunca los escuché, y presumo que han de ser de él… Pero, pues ya pasaron 10 años, ves, y no me atrevo a escucharlos porque, no sé, siempre he tenido miedo, de saber que es él atrapado, pidiendo ayuda, no; llorando destrozado, o a lo mejor llorando ya sin un una pierna, o sin un brazo, no sé, no sé…, nunca me he atrevido a escuchar el casete, fíjate. Pausa… Tras ver las imágenes en la televisión yo tiré para ciudad, y eso estaba de cabeza, y yo quería encontrarlo por algún lugar, y tanta policía que no nos dejaba pasar, y era bien espantoso ver pedazos de gente, oye; pedazos de piernas, pedazos de brazos, algunas manos sin uno o dos dedos… así muy, muy monstruoso, la verdad.

La muerte de Juan fue premonitoria recuerda Miguel Porque una semana antes de su muerte recuerdo que hicimos un tour alrededor de Manhattan, en esos barquitos que te llevan por un tramo. Él iba sentado en la proa y yo iba sosteniendo la cámara. Él iba hablando, enviando una carta –visual- a sus hijos y a Luz María, su mujer, explicándoles lo que se iba viendo a sus espaldas en la Isla, y en el distrito financiero…, Mira ahí trabajo, decía, cuando el ferry pasaba frente a las Torres Gemelas, y así durante todo el recorrido.

Pasaron los días y Miguel anduvo buscando sin éxito a Juan. Luego llamé a su esposa, Luz María, le conseguí un pasaje de avión y con ayuda de la Cruz Roja le conseguimos una visa humanitaria para que la dejaran entrar al país. Durante varios meses después de la tragedia Miguel y Luz María anduvieron buscando ayuda Y buscándolo a él en hospitales, en refugios y morgues, y nunca lo encontramos. Era una cosa muy espantosa, y yo estuve deprimido como tres años porque era un cargo de conciencia muy grande, sabes. Pues porque me sentía un tanto responsable de haberlo invitado a que se viniera a vivir aquí…, aunque él también quería, y Luz María también; para tener una mejor vida, ¿ves?

Pasamos muchos problemas buscando ayuda. En el muelle 17 por ejemplo, pusieron muchas carpas de FEMA (la agencia federal de ayuda a víctimas de desastres), de la Cruz Roja y no recuerdo que otras agrupaciones. Nos metimos donde fuera con tal de conseguir ayuda…

 

Dificultades de los indocumentados para conseguir ayuda

Como es bien sabido los fondos federales no pueden por ley destinarse a la ayuda de los inmigrantes indocumentados. Este país puede, eso sí, colectar sus impuestos, tolerar hasta donde convenga a la economía que trabajen sin documentos migratorios y que sean explotados, y de vez en cuando los deportan –aunque últimamente de manera más dramática- para demostrar que este es un país de leyes.

Los días y semanas posteriores al trágico día de los ataques terroristas del 9/11 varias organizaciones gubernamentales y no gubernamentales organizaron centros de ayuda para los damnificados de dicho desastre. Entre estos damnificados se hallaban en primer término los socorristas -policías y bomberos principalmente- que acudieron a ayudar a las víctimas en los primeros momentos. Luego el beneficio se extendería, no sin muchas dificultados a quienes participaron en las tareas de limpieza de los escombros, en medio de nubes de polvo tóxico que se levantaban de esas ruinas en que habían quedado reducidas las Torres Gemelas y algunos edificios aledaños. Entre otros de los fondos y recursos filantrópicos que aparecieron estuvo el Hospital Mount Sinai, que abrió un periodo para exámenes gratuitos de las personas que pensaran podrían estar enfermos como resultado de su trabajo en las torres para conseguir un diagnóstico médico que validara su reclamo ante los fondos de compensación. Muchos de ellos eran trabajadores indocumentados a los que por cierto ni les avisaron ni les proveyeron equipo adecuado cuando los contrataron o se enrolaron como voluntarios, para protegerlos del polvo tóxico, altamente contaminante de los escombros que andaban limpiando.

En esos días aciagos, posteriores a la tragedia, el Fondo Puertorriqueño para la Educación y Defensa Legal, Prldef (hoy llamado Justicia Latina) enderezó la defensa de los inmigrantes, incluidos los indocumentados, que perdieron sus trabajos y pequeños negocios; de los familiares de quienes perdieron la vida o fueron golpeados severamente en su salud por trabajar en la limpieza de los edificios colapsados.

La abogada de inmigración, Mayra Peters-Quintero, entonces con Prldef, asumió sin descanso junto con algunos de sus colegas la tremenda tarea de defensa y gestoría de ayuda para los inmigrantes, que tuvieron que pelear como siempre para no pasar invisibles a la hora de repartir dicha compensación.

El problema principal de los inmigrantes fue el pavor de venir a buscar ayuda, relata la abogada. Pasaron varias semanas y en algunas ocasiones meses antes de que salieran a la luz pública los inmigrantes, indocumentados o no. El miedo de salir delante del gobierno a declararse presente ese día… El primer paso era convencerlos de que no iba a haber ninguna represalia del gobierno, que no habría consecuencias contra ellos por llegar a buscar asistencia federal o de la Cruz Roja.

El segundo problema era que en el Javits Center (Centro Cívico) de la ciudad, donde el gobierno dispuso un enorme sitio para brindar asistencia a los damnificados del 9/11, estaban todas las agencias del gobierno, las caridades y distintos grupos de apoyo; pero lo primero que se veía a la entrar era lo que tradicionalmente por obvias razones ahuyenta a los inmigrantes indocumentados.

Nosotros fuimos entonces a ver qué era lo que estaba pasando allí, continúa. Y pudimos comprobar que la primera agencia, la primera línea de entrada estaba ocupada con personal del Servicio de Inmigración todos los días, desde las 6 de la mañana hasta las 11 de la noche. Desde luego lo que hicimos de inmediato fue abogar para que se reorganizara el plano, para que la Cruz y Roja y las otras agencias de caridades fueran los primeros a la entrada. Pues eso era un obstáculo psicológico para los indocumentados, porque aunque Inmigración no estaba ahí para arrestar a nadie, psicológicamente era una barrera…

Luego, eventualmente, a medida que iban llegando los demás grupos, los que manejaban taxis, los que repartían comida en las Torres, era muy difícil comprobar que efectivamente estaban trabajando ese día. Porque o trabajaban independientemente, o sea, no tenían empleador…, vendedores ambulantes, taxistas en carros particulares sin un talón de cheque de pago ni un empleador que pudiera demostrar que esa persona realmente trabajaba para ellos; o empleadores que no quisieron anunciar que habían empleado a alguien que quizás no tenía autorización legal para trabajar en este país… Entonces empezamos a abogar por los trabajadores en grupos enteros. Si iba a haber beneficios, recursos o apoyo para los taxistas amarillos, por ejemplo, que hubiera también para estos otros taxistas sin medallón, y así…

Y es que todas esas agencias requerían como mínimo prueba del domicilio y de la identidad de los solicitantes. Y la identidad se podía comprobar algunas veces con la matrícula consular, o lo que sea, pero comprobar la dirección de uno era complicado, porque muchos no tenían un contrato de arrendamiento con su casero, pues compartían un cuarto o alquilaban un espacio dentro de una vivienda, etcétera. Entonces nuestra tarea era educar a los empleados de las agencias para que aceptaran otras cosas distintas a un contrato de arrendamiento, como pruebas legales para llenar sus solicitudes. Como una carta notarial de un inquilino que atestiguara que a una persona dada le rentaban un cuarto, y más que nada, al final en nuestro trabajo nos tocaba apoyar a los que iban en busca de asistencia pero también mucha de nuestra energía fue dedicada a educar a los representantes de las agencias. Porque si te acuerdas, venían de otras partes del país, algunos como voluntarios, y tenían menos experiencia con la problemática de los inmigrantes, o venían con sus prejuicios, a cerca de quienes carecían de las pruebas, y los identificaban con alguien que estaba tratando de defraudar al gobierno. Así que había que explicarles lo que era vivir en una ciudad sumamente urbana y muy diversa, pues no era como que todo el mundo aquí tuviera un trabajo donde pudieran demostrarlo con un talón de cheque o un contrato con su casero.

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