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Muros y Puentes. Venir a Dallas (City)

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 17/02/2014 12:17

Muros y Puentes. Venir a Dallas (City)

Raúl Caballero

MUROS Y PUENTES

Venir a Dallas (City)

Por Raúl Caballero García


DALLAS, TX.- Un manto de niebla flotaba en la ciudad el día que llegaron, fue la entrada de una helada en la que alternamos sus ondas gélidas y los episodios de la convivencia, pero lo que signó esos días fue el quincuagésimo aniversario del asesinato de John F. Kennedy, ese crimen convertido por años en un estigma para Dallas y que no logra sacudirse del todo por más que así lo pregonen.

El magnicidio selló esta urbe que si bien es cierto se ha venido renovando, lo mismo en el terreno ideológico que en su perfil urbanístico, la marca que dejó el crimen del popular trigésimo quinto presidente resulta difícil de borrar... aunque la revistan de asfalto nuevo.

El lugar exacto donde JFK cayó abatido por las balas de Lee Harvey Oswald aquél 22 de noviembre de 1963, desde hace años fue marcado por una equis blanca, en la Avenida Elm frente a la Plaza Dealey. El propósito de esa marca resultó doble, pues por un lado ha sido un recurso turístico por más que toque aristas del mal gusto y a la vez una manera de que no se olvide la tragedia. En la rutina diaria desde el edificio que hoy ocupa el museo que recuerda el trágico suceso (que entonces era una bodega de libros escolares), los turistas tienen acceso a la ventana del piso desde donde se supone Oswald disparó. La gran cruz blanca, esa marca en la calle allá abajo, acaso deja en la imaginación de quien se asoma por la maldita ventana la sensación de repetir la postura del asesino. Pero nadie en el país olvida y los que han nacido después son aleccionados para recordar, y Dallas quiere superar el infortunio que la marcó, por eso el alcalde Mike Rawlings la semana previa a la conmemoración mandó revestir de afalto la Calle Elm para cubrir la cruz que marcaba el lugar donde Kennedy recibió la bala que le voló el cráneo. (Ahora, días después, ya pintaron de nuevo la cruz).

La visita de poetas e intelectuales regiomontanos a esta ciudad coincidió pues con los eventos conmemorativos, las páginas de los periódicos –los locales y los nacionales- se desbordaron con múltiples piezas que enfocaron los hechos: analizaron, recordaron, repasaron y dieron cuenta de los cientos de miles de páginas en libros, revistas y periódicos de todo el mundo (ahora también en portales digitales) que han abordado la muerte de Kennedy y las muchas dudas en torno a quién lo mató.

El cuestionado informe de la Comisión Warren, encargada de la investigación oficial, nunca ha producido la satisfacción pública que el gobierno ha querido, es decir eso de que Oswald fue el asesino solitario. Los escritores regios –Margarito Cuéllar, Gerson Gómez, Arnulfo Vigil y Luis Lauro Garza- participaron con su presencia del fenómeno masivo que tuvo lugar en Dallas esos fríos días de noviembre pasado. Desde las primeras horas del día del homenaje oficial, la gente comenzó a aglomerarse en el mismo escenario donde tuvo lugar la tragedia, la Plaza Dealey. Cuando supimos que sólo 5,000 personas tendrían acceso a ella y que para esa hora de la mañana ya eran cientos los que se veían impedidos de seguir avanzando para acercarse al acto, resolvimos preparar más café en casa y quedarnos. Los colegas se resignaron a ver el acto conmemorativo por televisión, tomar apuntes frente a la pantalla, volver a mencionar nuevos detalles en la sobremesa compartida con Margarita Hernández Contreras y Yolanda Aguirre González quienes si no matizaban las discusiones las detonaban.

Aunque pareció un acontecimiento festivo, de esos que imantan estampidas de fans (como ocurrió), lo cierto es que se trataba de un acto luctuoso. Por eso tantos lo vivieron con explosivos accesos de emoción, como quien acude al culto de un personaje convertido en mito. Ese día se constató -con el país entero viviendo el recuerdo del presidente más popular de la era contemporánea- que JFK ciertamente es un hombre mítico. Su gestión iba en ascenso cuando le cortaron la vida, lo cual catapultó una variada parafernalia, desde las teorías de su asesinato, pasando por la magnificación de sus logros y su manera de ser, hasta la imaginación de lo que no hizo pero representa de manera simbólica, a saber la encarnación del político modelo, la popularidad del hombre admirado, rodeado de su ejemplar familia y el estilo de un gobernante carismático y asertivo ante la Historia, para mencionar sólo los aspectos no escandalosos.

Así de entre la multiplicidad de virtudes volvemos al escenario nefasto, la ciudad de Dallas se convirtió entonces –hace 50 años- en la ciudad del odio, sus ciudadanos en los habitantes del sitio de la vergüenza. El estigma la sofocó por décadas, fue cicatriz que se abría una y otra vez, cada vez que se rememoraban los hechos, especialmente en fechas clave como la del pasado noviembre cuando se desató una nueva andanada de información e imágenes sobre JFK, su familia, este país y, por supuesto, esta ciudad. Pero digamos lo que se debe decir alto y claro: Dallas, la ciudad del odio; Dallas, la ciudad de sus intransigentes ciudadanos miembros del Ku-Klux-Klan; Dallas, la ciudad que dejaba morir en las puertas de sus hospitales porque no atendían a negros, como le ocurrió al padre de Billie Holiday; Dallas, la ciudad cuyos policías mataban niños mexicanos obligándolos a “jugar” a la ruleta rusa con sus pistolas tipo revólver, como sucedió con el adolescente Santos Rodríguez; Dallas, la ciudad que criticaba duramente a JFK luego de superar la crisis de los misiles, tildándolo de “títere de Moscú”; Dallas, digo, la ciudad que por angas o mangas abrió las puertas al asesinato de JFK. Y, en fin: Dallas, aquélla ciudad hoy es una urbe muy otra.

Si el destino fue manipulado para que la Calle Elm fuese el escenario del crimen, o simplemente fue una elección del azar, a estas alturas, con esta conmemoración dejó de importar, la herida permanece cerrada. Ya se entendió que no se trata de borrar lo pasado, los hechos fatídicos ocurridos aquí, sino soltarlos, dejarlos en el pasado. Los miles de personas que acudieron a resguardar la memoria del presidente caído en Dallas, dieron muestras de todo menos de odio; las diversas ceremonias y actos culturales han sido la prueba de que la instransigencia que resta está en transición al pasado; la ciudad de Dallas ha sabido ubicar el acontecimiento fuera del marco que la estigmatizaba; hoy la ciudad es un canto a la diversidad (y dispénseme lo cursi que esto pueda parecer), pero es la mejor imagen que puedo ofrecer para señalar que dejó de ser racista, que ahora le da su lugar a “los otros”, es un santuario en lo que a migración respecta; es una ciudad azul dentro de un estado rojo (es decir demócrata no republicana); es una ciudad que respeta igualmente la diversidad sexual, representantes homosexuales han sido miembros de su cabildo, la persona responsable de la policía del condado –Lupe Valdez- pertenece a una doble minoría, es hispana y es lesbiana; la comunidad latina ha gozado en los años recientes de una digna representatividad en su Concilio y ha dado representantes a nivel estatal. Dallas, en el campo de la cultura y las bellas artes, ya es vista con admiración y reconocimiento por su distrito cultural que entre museos, salas de conciertos, galerías, centros culturales y otras instituciones abarca una zona urbana de 19 cuadras.

Parafraseando a Kennedy, hoy los ciudadanos de Dallas son parte activa de su destino, no preguntan qué puede hacer la ciudad por ellos, sino que como comunidad se cuestionan a sí mismos lo que pueden hacer por Dallas y así la han cambiado. Un activista mexicoamericano llamado Héctor Flores recordó para los lectores de La Estrella -el periódico para el cual trabajo- que Kennedy fue el primer presidente que consideró a los mexicoamericanos en el ámbito de la política. “Estábamos en pañales” en el mundo de la política, rememoró Flores, y “él supo (y quiso) reconocernos”. JFK recibió el impulso de sus seguidores mexicoamericanos en lo que durante su campaña por la Presidencia llamaron Clubes Viva Kennedy, que eran células que se multiplicaban en los barrios mexicanos de Texas a California. Pasada la elección Kennedy reconoció el peso político de esos clubes, fue en Houston donde reunió a sus líderes para reconocer el hecho públicamente, incluso pidió a su esposa Jacqueline que dijera un discurso, ya que ella hablaba español y en español la primera dama se dirigió a los representantes de LULAC, institución defensora de los derechos civiles de los hispanos de la que recientemente Flores, precisamente, fue presidente nacional. El valor político que representan hoy los latinos es la segunda fuerza en muchos lugares del país, ya ha movido la balanza en las elecciones recientes y cada vez más lo seguirá haciendo. Hoy en Dallas radican alrededor de medio millón de latinos, un capital político nada despreciable, y que en esta localidad ya ha cambiado el color geopolítico, Dallas efectivamente ya es azul. Una síntesis de la evolución de ese poder en Texas, de ese poder latino en Dallas, la expuso otro activista convertido en diputado estatal (representante por un distrito de Dallas) Roberto Alonzo, durante la apertura del acto de nuestros cuatro escritores y cuyo anfitrión fue el también escritor regiomontano Gabriel Montemayor.

Los escritores regios se presentaron en el Centro Cultural de Oak Cliff, suburbio al este de Dallas, al día siguiente del homenaje a la memoria de JFK. Cuando llegamos a dicho centro se hizo notable que los efectos simbólicos de la conmemoración se seguían dando, ya que el recinto está al otro lado del Cine Texas, sitio donde fue capturado Oswald, suceso que rememoramos como preámbulo a la presentación de nuestros intelectuales que en este orden dieron vida al evento: Después de la intervención de Alonzo, primero se presentó Vigil, quien nos leyó parte de su obra poética llena de recursos del Pop Art y poseedora de un ingenio alado. En su lectura Vigil desplazó imágenes icónicas y contemporáneas, en sus versos aparecen habitantes del mundo artístico popular mexicano reclamando su presencia dentro de un lenguaje por demás coloquial, manejando la ironía como expresión de identidad y lo sencillo como recurso poético antepuesto a toda máscara. Palabras que cargan orgullosas el peso de la honestidad y de lo llano.

Enseguida tomó la palabra Luis Lauro Garza, quien desarrolló la bitácora del viaje, los motivos y razones a través de los cuales trascienden los intercambios culturales transfronterizos. Garza se explayó con un tema que ejerce como proyecto de vida, invitó a compartir el “Movimiento Neo-Bohemio”, a edificar un punto de encuentro festivo cuyo epicentro es Monterrey. Una meta común que sea a la vez puerto de partida y de llegada, una búsqueda de lo fraternal como despliegue de las velas de una embarcación que pueda ser abordada por todo aquel que quiera izar la bandera de su Movimiento. Puedo estar caminando al borde de la conjetura pero eso es lo que ahora creo despejar por entre mis recuerdos de lo acontecido en Oak Cliff. Garza también señaló los homenajes conmemorativos del 50 aniversario del asesinato de JFK, y elaboró su encuadre como marco del encuentro transfronterizo, del viaje realizado por los cuatro escritores regios que vinieron “a Dallas City” para abrir con su presencia y sus lecturas y sus palabras y sus brindis lo que acaso pueda ser el inicio de una nueva efeméride.

En tercer lugar habló Margarito Cuéllar. Habló y leyó algunos de sus poemas. Habló y leyó y esparció sus palabras en el recinto a donde llegó desde la lejanía, desde el origen del viaje, emprendido y expresado en su poética a través del tiempo, este tiempo que le tocó vivir. Cuéllar en su poesía, al esparcir sus palabras esparce la visión del migrante, da cuenta a quien lo escuche, a quien lo lea, de que la transgresión fronteriza es esencial para avanzar, para trascender las trabas de la libertad. El viajero que hay en el poeta Cuéllar vino e hizo un alto en el camino, entró a un espacio fraternal, lo leyó, lo cantó en un poema dedicado a su hermano presente en la sala y al final, enmedio del revoloteo de las palabras le dio un significativo abrazo, un encuentro que naturalmente representó, ante el tiempo, una bella justicia poética.

El acto culminó con la dignidad de lo antisolemne. El regocijo que emana de la humanidad de Gerson Gómez campeó en todo el salón, sobre todo porque además de proyectar el desparpajo de su festiva y fresca personalidad dio lectura a una ágil y divertida crónica de su autoría –recogida en una recopilación hecha por él mismo: La orquídea parásita, de la que explicó se trata de una antología de la “crónica urbana en Monterrey” que le llevó cuatro años. Con este libro Gómez ofrece un valioso legado al ámbito cultural contemporáneo, no sólo en Monterrey, también en Dallas –ciudades tan emparentadas en diversos aspectos- pues reúne piezas que de otra manera estarían empolvándose en bibliotecas inciertas. Las 48 crónicas seleccionadas se hilvanan –según ha subrayado el recopilador- con una visión muy urbana de individualidades que en conjunto dan una perspectiva de la ciudad de Monterrey que resulta un mosaico mural de lo citadino y las costumbres de sus habitantes por demás original. En el fondo Gómez con su trabajo renueva puntos de contacto entre periodismo y literatura. Gómez leyó, decía, una gozosa crónica titulada Juany La Vaquerita que de principio a fin mantuvo nuestra atención, honrando su irreverencia y respetuosa de lo divertido procedente de los vaivenes del relato. Es una crónica hipster en un tugurio de la urbe que retrata movidas alternativas norestenses… o mejor: El autor saca de su alforja una auténtica pieza del acervo cultural regio. Los escuchas disfrutamos lo que Gómez leyó como quien suelta un cuete chiflador, podría decir El Piporro, para crear rebane. Puro Monterrey.

Cuatro escritores, cuatro mundos, cuatro visiones distintas unidas en el viaje a Dallas, a esa mesa de la cultura, en ese encuentro en el marco de la recordación por JFK, esos días fríos que la niebla anunciaba.

Raúl Caballero García es escritor y periodista. Es director editorial de La Estrella en Casa y La Estrella Digital en Dallas-Fort Worth, Texas.

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