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MUROS Y PUENTES

por Raúl Caballero Última modificación 11/05/2009 19:00

En torno a 'La hija de la Chuparrosa'

MUROS Y PUENTES

Raúl Caballero

La hija de la Chuparrosa, una excepcional novela de esas que aparecen allá cada tanto, la escribió Luis Alberto Urrea en inglés y Enrique Hubbard Urrea la tradujo al español en un trabajo excelente, cumpliendo cabalmente con esa condición que dicta que el traductor es un escritor que recrea la obra.

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La hija de la Chuparrosa es una historia en la que el cineasta Luis Mandoki anunció en su momento como su siguiente proyecto cinematográfico, según me comentó don Enrique y, asimismo, el propio director de cine expuso su entusiasmo durante una entrevista con la periodista Carmen Aristegui Flores.

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La historia además de ser un maravilloso relato compone un libro muy peculiar, dado que el autor y el traductor no sólo son primos, sino que son descendientes de los principales protagonistas de este episodio novelado. Se trata de la vida y milagros de Teresita Urrea, una joven sinaloense que en Cabora, Sonora, se convierte en una mística curandera guiada por otra nombrada La Huila, quien para cuando Teresita alcanza su pubertad ya es una mujer muy vieja. La Revolución Mexicana apenas se va configurando, en esos años en que el siglo XIX va alcanzando al XX a golpes de novedades. La Gente de las comunidades indígenas y pueblos de la región son el otro gran personaje, junto con Teresita, de este libro. Teresita es una niña desconocida por sus padres, confundida, amorosa y espiritual que se convierte en una joven adorada, perseguida, reconocida, santificada, encarcelada en una jaula y en una pocilga y en esos vaivenes nunca se pierde, dirigida como está por su pureza; ejerce poderes sobrenaturales; va y viene del otro mundo; tiene inquietantes sueños a través de los cuales se le revela el universo, ciudades lejanas desde el centro de su habitación y, en lo cotidiano, va conociendo las facultades de cada hierba, de cada microcosmos; vive viajes astrales en los que se descubre a sí misma con La Huila como guía, todo con un aura divina, la misma que la convirtió en legendaria.

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Luis Alberto Urrea, tijuanense de origen, es un reconocido escritor en los Estados Unidos donde publicó The Hummingbird’s Daughter (2005, en la editorial Little, Brown and Company); los críticos desbordaron enseguida merecidos y exultantes elogios en innumerables publicaciones de Nueva York a California, de Texas a Michigan, de Florida a Washington. Ese mismo año Urrea fue finalista del premio Pulitzer con su libro anterior, El camino del diablo (The Devil's Highway: A True Store, 2004, Little, Brown and Company). La versión en español, La hija de la Chuparrosa, aparece en 2006 bajo el sello de Back Bay Books, una rama de Little, Brown and Company. Enrique Hubbard Urrea, su traductor, además de que también es escritor*, en la actualidad es el embajador a cargo del consulado general de México en Dallas a donde llegó luego de su estadía en Durango (ha representado a México en otras varias latitudes como Chicago y Filipinas), pero en Durango es donde trabaja en la traducción de La hija de la Chuparrosa... “Todas las tardes en Durango escribía y escribía, mi esposa revisaba, corregía, sugería”, me confió don Enrique al abordarlo con una serie de preguntas, vía correo electrónico.

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Cuando terminé de leer La hija de la Chuparrosa seguí con una fija impresión: la fascinación por Teresita seguía tan nítida como cuando durante la lectura me hizo llorar y reír al mismo tiempo. El humor en la narración aparece y desaparece, con su ritmo serpenteante va cruzando el relato por aquí y por allá, y al entrelazarse con frecuencia se hermana con el asombro, ese resplandor hipnótico. De tanto en tanto produce la sonrisa —la que puede ir de la ternura a la comprensión o, si no, de la que brilla por la lucidez a la que explota en la maravilla—, produce la risa que salta con franqueza, por momentos revienta en la hilaridad, en la carcajada y en alguna parte uno se encuentra en ese momento excepcional en que se ríe con lágrimas en los ojos, pero lágrimas no de risa sino de llanto. Es que es un relato épico que guarda una trágica bienaventuranza, en el sentido cristiano. Conmueve e ilumina.

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Lo tocan a uno las vivencias de Teresita contadas por Urrea, su interés por las cosas, por la vida y por el mundo y la manera cómo al crecer va adquiriendo esos mágicos conocimientos y una poderosa fuerza al mismo tiempo que su persona se explica por una fragilidad siempre presente. Posee en lo alto de la novela una delicadeza sin fin, una adolescente feminidad tan esencial que cautiva a sus peregrinos lectores; en su natural fragilidad creo pues está la gracia de su profunda riqueza, su noble, estoica fortaleza. Los milagros y magia de Teresita, sus vicisitudes y las de su padre Tomás Urrea, la enigmática guía (pero fuente de luz y paz) que representa La Huila y los acontecimientos narrados, maravillan sin duda por el excepcional relato del autor, pero quien lo lee en español (como yo) debe añadirle a su gratitud —le dije a Hubbard Urrea en uno de mis mensajes— la extraordinaria traducción que nos permite leer una escritura gozosa por su fluidez. Me queda claro que hiló fino, Enrique, recreando el espléndido trabajo de Luis Alberto Urrea.

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A Urrea le llevó más de 20 años adentrarse en la escritura de La hija de la Chuparrosa, confiesa en uno de los apéndices del libro, muchos estudios e investigaciones y principalmente muchos encuentros con brujos y curanderos de diferentes geografías; uno de sus más caros propósitos siempre fue cuidar el español de México, de la región del norte de México donde suceden los hechos.

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“El traductor de la obra es mi primo, el embajador mexicano Enrique Hubbard Urrea, o como nos encanta decir en nuestros rumbos norteños: El Enrique. Lo que pasó es que escribí el libro en English para una editorial norteamericana, pero traté de capturar el tono y el ‘sonido’ del español de nuestros padres sinaloenses —Alberto Urrea y Carlos R. Hubbard. Me creí muy talentoso escribiendo algo en gringeaux con el sonido de los ‘chupapiedras’** de Sinaloa, pero cuando llegó la hora de la traducción —¡ay caray!, se me hizo espantoso el asunto. Se lo comenté al amado Emba y (siendo travieso el vato) se atrevió. Lo que me choca es que su traducción, su enriqueteada, sale mejor que lo que escribí en inglés”, reconoce el autor en otro de los apéndices.

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“A mí —le dije al embajador en uno de los correos electrónicos— me interesa mucho saber cómo fue su experiencia de la traducción de La Hija de la Chuparrosa, es uno de esos libros que aparecen cada tantos años; el autor en los apéndices del libro nos da cuenta a los lectores de algunas revelaciones, con información y una entrevista disipa dudas y expone diversos aspectos de su creación. ¿Y el traductor? Los traductores, lo tenemos muy claro, vuelven a crear la obra. Incluso Luis Alberto Urrea reconoce su trabajo, don Enrique, como inmejorable. Por eso permítame que le haga varias preguntas. ¿Cómo vivió en lo mero personal el trabajo cotidiano de verter del inglés, particularmente ese relato... siendo familiar ya no digamos del autor sino de los principales personajes novelados? ¿Usted quiso y le ofreció al autor traducirlo o él se lo pidió? ¿Ya estaba usted familiarizado con la leyenda y existencia de Teresita? ¿Cómo eran las referencias que tenía?”.

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El proceso de esta aventura —me contestó Hubbard Urrea— empezó cuando Luis Alberto Urrea “me escribió para dar la noticia de que había salido la novela y estaba teniendo gran éxito de crítica”. Hubbard Urrea sabía de la “leyenda” de Teresita “porque se trata de mi tía tatarabuela o algo así, pero confieso que mi conocimiento era sumamente superficial”. La editorial quería hacer la publicación en español y para ello ya contaba con una agencia española, pero el hecho no le agradó al autor que quería vigilar la autenticidad de la ambientación, quería que el idioma fuera “mexicano” y de la región norte de Sinaloa y sur de Sonora, recuerda Hubbard Urrea; entonces “Luis me aventó la propuesta: ‘quiero que lo escriba mi tío Carlos (mi padre) y como ya falleció, te invito a hacerlo tú como si fueras él’. Luis ya había leído mi libro Décadas, donde hago una buena imitación del estilo de Don Carlos, así que no era un salto al vacío”.

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Pero antes de comprometerse, Hubbard Urrea le escribió a la editorial y les pidió un ejemplar de la novela… “¡Me fascinó! No tenía idea de lo magnífico de la obra, de la riqueza del lenguaje, de la narrativa, del buen humor, incluido el hecho de haber metido a varios parientes como personajes donde no afectaba a la trama quién fuera el protagonista, como mi hermano Fausto y mi propio papá, que aparecen de pronto por ahí. Pero me parecía una labor imposible hacerle justicia en español. El Luis no se rindió, me alentó, me empujó, se alió con mi esposa (que estaba igualmente encantada con la obra) y finalmente me chantajeó diciendo que si no la traducía yo, le estaría fallando a la Tía, no a él. Le puse condiciones, le dije que no iba a traducir nada, que iba a "interpretar" lo que él dijo. Que se trataba de reescribir la novela, en mis términos, con mi estilo. Todo lo aceptó dichoso y además le torció el brazo a la editorial para que me contrataran una vez pasada la primera prueba, la de mandarle un capítulo traducido. Luego envié ese mismo capítulo a mi hermano en Sinaloa, para ver si se alcanzaba a leer detrás del texto el original en inglés; me aseguró que no, que era una novela en español. Y a trabajar. Todas las tardes en Durango escribía y escribía, mi esposa revisaba, corregía, sugería; ya no supo el Luis lo que estaba haciendo hasta que le mandé toda la novela traducida; pero sí consulté con él algunos cambios inevitables, incluso una pequeña incongruencia que se le fue. Nunca me puso objeción y cuando finalmente leyó el resultado me habló para decir: ‘quería que escribieras como escribía mi Tío Carlos, porque siempre creí que eras el heredero de su estilo; pero no, no eres el heredero ¡eres mi Tío Carlos!’".

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Por último y aparte, le dije en mi correo: “¿Se distribuye (esta versión de Back Bay Books) en Hispanoamérica?, se lo pregunto porque (y asumo que lo constató) no sólo las recomendaciones que anteceden a la novela y los apéndices al final (que no sé si sean traducciones suyas) sino todo el libro porta un montón de faltas ortográficas y sintácticas que no sólo distraen... dan pena, es una edición por completo descuidada”.

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Hubbard Urrea: “Estuvimos felices, emocionados, hasta que los señores de la editorial (idiotorial) me mandaron un ejemplar que traía obvias faltas hasta en la portada. Los mandé regañar, furioso, pero ya estaban impresos miles de ejemplares, no hubo nada qué hacer excepto pegarle una tira correctiva a la portada que se ve horrible. De todos modos ha sido un éxito, ya incluso vendió el Luis los derechos de la película, que sale de la lectura de mi traducción, no del trabajo original, pues el comprador es Luis Mandoki”.

 

* Publicó Décadas, Culiacán Rosales, Sinaloa, Colegio de Bachilleres del Estado de Sinaloa, 2000. También en el plano de la diplomacia publicó La nacionalidad mexicana: ¿irrenunciable?: análisis de la reforma, El Colegio de Sinaloa, 2000. Su padre, Carlos R. Hubbard, al que tanto Luis Alberto como Enrique hacen referencia, publicó Estampas de un mineral: los chupapiedras, Culiacán, Sinaloa, México, Universidad Autónoma de Sinaloa, 1993; Cuentos de mi Rosario, ¿Culiacán? : s.n., ¿1991?

** “La expresión ‘Chupapiedras’ se refería a los mineros, que en ocasiones probaban las piedras a ver si contenían metal precioso, oro o plata. Lo hacían a través del sabor, no estrictamente chupando, sino más bien dando un lengüetazo”, me explicó el embajador Hubbard Urrea. Sin duda ese es el origen y significado de la expresión. Sin embargo en la novela hay una línea descriptiva que puede interpretarse con otra explicación. Es una referencia a los habitantes de la región que solían recorrer grandes espacios al trote y se echaban “una piedrecilla a la boca para producir saliva refrescante”. En la novela señala a los habitantes de Tomóchic. p. 370.

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