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Marginal...

por Juan Carlos Narváez Gutiérrez Última modificación 09/06/2010 15:36

De Chicago a México de México al Bronx

Marginal...

Juan Carlos Narváez Gutiérrez

Uno

En un contexto donde la globalización: multiplica incertidumbres, mantiene latente el riesgo a originar sociedades aún más desiguales, acentúa la crisis del individuo, y perpetúa la tendencia hacia la disolución de solidaridades o formas tradicionales de reciprocidad como la familia o la pareja (Harvey, 1998; Beck, 1998; Bauman, 2002), se hace  evidente y más complicado el ejercicio de la libertad[1]-, se originan nuevos espacios que entre la confrontación y el desorden producen escenarios complejos: tierra fértil para las dinámicas culturales y sociales, que  recrean y desarrollan nuevas identidades dando pie a procesos que a su vez nos llevan a pensar en la construcción de un nuevo diálogo entre lo local y lo global: lo transnacional (Sassen, 1991). Ahí, donde la movilidad permanente de pueblos del Sur hacia el Norte adquiere mayor visibilidad.

Más allá de buscar un hilo conductor entre todas las dimensiones por donde atraviesa el problema de lo global, en el acto de migrar se haya un significado de naturaleza multidimensional,[2]  en él se lleva a través de las fronteras nacionales: idiosincrasias, refrendos culturales, imaginarios religiosos, disputas, productos étnicos: sabores, bebidas y texturas, que en un proceso de ida y vuelta se reconfiguran y pasan de la localidad a lo trans-local y a la transnacionalidad, donde lejos de una lógica asimilacionista, se incorporan y reproducen casi de manera automática y un poco sin la conciencia presente del cambio permanente.

Las identidades y las subjetividades juveniles en ese espacio de bricolage se representan en el rostro de la multiculturalidad, polaridad, fragmentación, radicalidad, subversión, diferencia, y libertad: violencia y simulacro dotados de claroscuros.

 

Dos

En un cuarto de tres por dos, dentro de un departamento compartido por 3 familias ubicado al sur del Bronx, el Pelón habla:

 

Yo soy de allá, de Los Reyes la Paz, del Estado de México. Tiene dos años que crucé, entré por Tijuana, tengo 25 años, soy de la pandilla Muertos 13 en  la Floresta. Esa pandilla sí ya lleva un rato, como unos, no sé, unos 14, 13, 15 años, algo así. Nosotros éramos un grupo de chavos de ahí de la cuadra y ya, uno de ellos se mudó dónde estaba esa pandilla, él nos conectó y nos dijo “ven, vénganse, vamos a brincarnos aquí, a esta pandilla aquí,  eh… y como, como todo lo clásico ¿no? “que vamos a tener protección y vamos a ser malos” y todo eso y ya nos fuimos a brincar. Nos dieron 13 creo, 13 segundos, y así una golpiza entre 4 vatos, nos pegaron. 13 segundos, en ese tiempo tenía como 16 años o 17, y pues todos los de esa pandilla estaban más grandes, tenían como 24, 25, 28 años, ya estaban grandes. En ese tiempo habían más pandillas y, pues, ya sabes, se hacía la campal entre ellos y ya luego pues, así, se buscaban en las calles. Los de mi pandilla iban y balaceaban a otros, así de un lado a otro de Neza. Según para ganar respeto hacían eso ¿no?, como un respeto estar yendo a pegarle así a otras pandillas en movida ¿no? Y pues, más o menos lo lograron porque sí, sí se acababan dos tres, por ejemplo, dos tres pandillas, empezaban a desaparecer. Ahorita varios terminaron en la cárcel, unos están muertos, otros se fueron, o sea, quisieron hacer otra vida, y yo con mi hermano vivo aquí, por los conflictos que nosotros tenemos dentro de las pandillas, pues ya no podemos estar bien ahí. Salimos huyendo ¿no?... O sea, es que los chavos que apenas van empezando, así… ya están bien locos, más que nada ¿no? Y pues por eso nuestras huidas que estamos viniendo pa acá. Y lo que dice mi hermano es que todo empezó con uno de aquí de Chicago, que fue para allá y se fue acomodando así en pandillas pero que eran como de tipo rocanrroleros –en México se les llamaba bandas- y los volvió de otro, de otro sistema, o sea de otro modo, así del estilo de pandilla de Los Ángeles, y yo creo que fue cuando se empezó a hacer más grande y más grande, así como  las pandillas de aquí que no se basan en nombres, o sea, se basan en los números del 13 y 14, la mara es aparte, los sureños son aparte y los norteños son aparte. Los norteños los que nacen aquí en este país, pero son hijos de padres mexicanos, no nos quieren a nosotros que somos los inmigrantes del sur, nosotros somos sureños y eso es un conflicto ahí. O sea en Los Ángeles está todo eso. Bueno, en casi toda esta parte pero ahora yo pienso, esa lucha es allá en Los Ángeles, o sea, el pelear por el número, el 13 y el 14, el sur y el norte. Y las maras, ellos son aparte, ellos nomás son de su terruño nomás de su país, ellos son demasiado rebeldes, por eso a ellos ya los hacen famosos en la tele, pero no, no es lo que ellos cuentan, o sea…no son… son tan malos. Porque yo donde vivo ahí, pasan por el tren cuando van de inmigrantes, pasan por ahí, y ahí hay otra pandilla, una que se llama San Diego 38, ellos los esperan ahí….. Cada que los agarran, los matan. Oh sí, los matan... Acá están los Locos de West Chester, y luego en el tren andan tirando barrio, y yo mejor nomás me volteo, acá ahora estamos tranquilos, mi carnal en un pizzería y yo ando tatuando.[3]

 

Tres:

El Pelón nos habla más que de su adscripción a la pandilla, de una cronología a manera de evolución de las formaciones juveniles transnacionales, donde en un viaje de ida y vuelta se reconfiguran espacios y sentidos del ser joven en los contextos de inmigrantes, él, habitante de la zona periférica de la ciudad de México fundada en los años setenta y ochenta por migrantes internos de la zona de Oaxaca, Puebla, Guerrero, vuelve como sus padres a convertirse en un sujeto nómada, pero inscrito a toda una tradición devenida de la historia de las migración mexicana a Estados Unidos. Situado en la frontera su barrio en la zona de Nezahualcoyotl, ha construido una identidad bajo un estilo heredado e impuesto por los que llegan del otro lado narrando sus victorias y caídas, cual soldados que fueron a desafiar al imperio, pero que en el camino confundieron a la raza con la rabia, y sucesivamente han reproducido disputas que transmiten en la oralidad: de la voz del homie, al oído del morro que internaliza el conflicto y lo vuelve voz propia en cuanto se hace vato, parte de la ganga del barrio.

Entonces se está en presencia de una realidad construida históricamente y por la memoria y acción de migrantes retornados o deportados que desde los años cuarenta, a través de las fronteras han ido permeando las identidades de los jóvenes en situaciones marginales que tocados o no por la migración han hecho de la cultura del Pachuco al Cholo un ser propio.



[1] En este contexto libertad al acceso para todos los individuos a la movilidad entre fronteras nacionales.

[2] Cuando hacemos énfasis en la multidimensionalidad de la migración y la movilidad nos referimos a que este fenómeno conlleva procesos y dinámicas que van más allá de la dimensión económica, es decir, a pesar de que los motivos laborales sean el motor y el incentivo principal de la comunidades al auto expulsarse de sus espacios nativos, el fenómeno migratorio trastoca, quizá involuntariamente, todas las dimensiones de la vida en sociedad.

[3] Entrevista realizada  por el autor en diciembre del 2008, en el Bronx, NY.

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