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Los olvidos de la historia y los engaños del poder

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 04/07/2011 09:41

En la edición de noviembre de la revista Nexos, apareció publicado el ensayo titulado “Un futuro para México”, escrito por Jorge Castañeda y Héctor Aguilar Camín.

Los olvidos de la historia y los engaños del poder

Rodolfo Hernández

                          

                                               


I. Olvidando la historia nacional.

 

En la edición de noviembre de la revista Nexos, apareció publicado el ensayo titulado “Un futuro para México”, escrito por Jorge Castañeda y Héctor Aguilar Camín. El ensayo, proponen los autores, puede ser leído como la base para la elaboración de un programa político para el 2012. El texto responde a lo que ellos identifican como el “desencanto” con una “democracia improductiva.” La migración mexicana a Estados Unidos y las relaciones con este país son analizadas como parte de ese futuro deseable y necesario para México propuesto por ambos autores. Aquí discuto algunos de los argumentos de un documento que parece más una carta de propósitos para racionalizar la integración dependiente y subordinada de México a Estados Unidos como abastecedor de una fuerza de trabajo sin derechos políticos y laborales para el mercado laboral estadounidense.

¿Cómo imaginar el futuro? Tal vez esto dependa de la forma de mirar o acercarse a la historia. Hay por lo tanto distintas formas de pensar y de mirar a la historia, para pensar entonces el  futuro que quisiéramos para México respecto a la migración mexicana, el control de sus fronteras y su relación con Estados Unidos.  En su afán por justificar una inexorable integración de México a América del Norte, Aguilar Camín y Castañeda llaman a deshacerse de la historia nacional. Un deseo por la integración regional que conlleva a deshacerse del significado de la historia propia. Sostienen los autores que: “México es preso de su historia. Ideas, sentimientos e intereses heredados le impiden moverse con rapidez al lugar que anhelan sus ciudadanos.” Para los autores, la historia nacional, el nacionalismo revolucionario transformado en ideología e identidad nacional por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) durante más de siete décadas “obstruye” el camino al futuro del país.

No es la primera vez que este tipo de argumentos han sido utilizados por algunos intelectuales y académicos mexicanos. En estos, la historia y la cultura nacional se reducen a ser construcciones ideológicas producto de la dirección cultural del PRI para obtener consenso y dominación. La idea de que el nacionalismo o la cultura nacional ha sido tan sólo el producto ideológico de los regimenes priístas, y sin existencia histórica real, ha circulado por casi dos décadas y coincide con el auge del neoliberalismo en México (Véanse por ejemplo las ideas de Roger Bartra en sus libros La Jaula de la Melancolía y Oficio Mexicano). La idea de una condición de “post-mexicanidad’ o “post-nacionalismo”, de Bartra, ha sido bien recibida por las elites culturales e intelectuales mexicanas que ven a la cultura nacional tan sólo como el resultado de la voluntad de poder del régimen priísta. Una oscura representación nacional que integró –por ejemplo- a Pancho Villa y Pedro Infante para despertar el sentimiento anti-gringo. Frente a los arquetipos y las distorsiones históricas del príismo -que al mismo tiempo que exaltaba a Zapata, Flores Magón o a Cárdenas asesinaba campesinos, indígenas, cooptaba sindicatos y cedía el control de la economía a Estados Unidos- Castañeda y Aguilar Camín sostienen deshacernos de la historia nacional, toda, por ser ésta una invención cultural del priísmo. En los últimos años, no sólo el nacionalismo y las representaciones culturales de la historia nacional han sido negadas. Incluso la existencia misma de la Revolución Mexicana se ha puesto en duda. Por ejemplo, durante un reciente programa de opinión, un conocido columnista del periódico El Universal, aseguró que la Revolución Mexicana no había existido y que en cambio, ésta sólo había sido una invención del  priísmo para perpetuase en el poder. En cambio, lo que existió fue la lucha de facciones en pugna por el poder y que posteriormente fue racionalizado por el sistema como una revolución social. Las transformaciones materiales que experimentó el país fueron en realidad la consecuencia de cambios económicos y políticos globales de naturaleza estructural y coyuntural que afectaron a varios países de América Latina y no el resultado de un proceso revolucionario (inconcluso y derrotado) en México como el nacionalismo revolucionario del PRI lo hizo creer. Por lo tanto, lo que conocemos como Revolución Mexicana es tan sólo la utilización ideológica de un hecho histórico utilizado para reafirmar y legitimar el poder del PRI. Con sus distintas variantes, estamos así, ante un problema complejo que es el de los usos y significados de la historia para racionalizar una integración subordinada  y dependiente de México a América del Norte.

Una de las primeras bajas con la implantación del neoliberalismo y la transnacionalización de la economía mexicana es la idea del Estado soberano y del nacionalismo como ideología de estado. La noción de soberanía y el nacionalismo, que anteriormente posibilitaron a las élites mexicanas dirigir un proyecto de acumulación nacional dependiente,  poco a poco se vuelve obsoleto, se transforma en un obstáculo para el modelo de integración regional que tiene como base los intereses geopolíticos y geoestratégicos de Estados Unidos. De ahí que algunos académicos (Sandoval 2005) han llegado a plantear que la integración de una región de América del Norte supone hacer de México la frontera geopolítica de EU y un espacio estratégico para el abastecimiento de energía y fuerza de trabajo. 

El aniquilamiento de la soberanía del estado mexicano ha redefinido las fronteras que delimitaban y distinguían las funciones y autoridad del estado de los intereses privados y extranjeros. Esta redefinición ha permitido la expansión e injerencia de intereses privados y extranjeros con brutales consecuencias en la distribución de la riqueza en nuestro país. Basta recordar que en marzo de 2001 y en el contexto de las negociaciones por una “reforma migratoria integral”, el representante de la Cámara de Comercio de EU, Thomas Donohue, declaró que el gobierno mexicano debía: “abandonar preocupaciones obsoletas sobre los impactos de estas inversiones en la soberanía de México”. Nótese aquí, el mismo razonamiento empleado por Castañeda y Aguilar Camín. Esto no es ninguna coincidencia, si recordamos que el primero, como Secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Vicente Fox, fue uno de los principales actores en la negociación por la reforma migratoria. Por lo tanto el documento publicado en Nexos reincorpora nuevamente algunas de las condiciones que Estados Unidos impuso como base para una reforma migratoria, pero esta vez se internaliza como si fuera parte de una agenda nacional.

 El proceso de transnacionalización de la economía mexicana iniciada a finales de la década de 1980, no culmina con la desnacionalización y privatización de los bienes y servicios en manos del Estado (léase destrucción de monopolios en manos del Estado en el texto de Castañeda y Aguilar Camín) creados durante el llamado período postrevolucionario. La continuación del despojo material y social en México, y la naturalización de la migración laboral mexicana y las condiciones sociales y económicas en que ésta existe, necesita también del despojo de la memoria histórica para representar el futuro del país como algo no sólo inexorable, sino necesario y deseable. Aquí, el nacionalismo como ideología y como memoria histórica de las luchas sociales, campesinas, obreras por la justicia social y la defensa de la soberanía de nuestro país representa un estorbo para ciertos grupos. No sólo se trata de desnacionalizar la economía, sino también de desnacionalizar la historia.

La historia y la cultura nacional expresada en el nacionalismo postrevolucionario a la que se refieren Aguilar Camín, Castañeda o Bartra es por supuesto una historia contada desde el  poder y con la ayuda de los intelectuales orgánicos que han controlado las instituciones culturales del país. Para algunos sectores de este grupo, esta cultura e historia nacional resultan un obstáculo para racionalizar su afán integracionista a América del Norte. En el futuro que imaginan para México, es impensable, por ejemplo, la resistencia a la ocupación estadounidense en el siglo XIX como referente histórico de una nación; el saqueo, pillaje y asesinato de la población civil cometido por el ejército estadounidense durante la invasión a México en el 47; es impensable también Villa internándose a EU en la medianoche y atacando Columbus; es impensable también, la intervención punitiva de Pershing para capturar a Villa; les resulta incomodo tan sólo recordar a Henry Lane Wilson (embajador estadounidense en México) apoyando el golpe de estado a Madero en 1913; o la arrogancia imperial de la Standard Oil Company controlando extensos territorios del país por medio mercenarios y guardias blancas para asegurar su control y expansión. En el futuro que imaginan para México, es entendible por qué les incomoda esta historia. ¿Pero, por qué habríamos de entregarles la historia? Que el PRI la haya deformado, no es una justificación aceptable para que hoy les entreguemos la historia. ¿No es en la historia donde reside la fuerza moral de un pueblo?

Frente a la impaciencia por deshacerse de la historia, es cada vez más necesario una recuperación de la historia y cultura, como síntesis de la lucha colectiva de un pueblo. En esta recuperación,  tendría que incorporarse necesariamente la historia de los mexicanos, como pueblo del otro lado de la frontera. La historia del despojo del territorio mexicano a manos de Estados Unidos, continuó, como demostró Rodolfo Acuña en el libro ya clásico Occupied America (1981), aún después de que México perdió más de la mitad de su territorio. Los mexicanos que se quedaron del lado estadounidense sufrieron fueron despojados de sus propiedades y de sus tierras de una forma brutal y violenta. Creo que ya va siendo hora de que –desde el lado mexicano- recuperaremos una historia que abarque desde la resistencia contra la desposesión de las tierras en propiedad de los mexicanos en el siglo XIX; la lucha contra los Rangers de Texas, guardias blancas al servicio de los grandes latifundistas estadounidenses y que operaron el despojo de tierras en manos de mexicanos; la actividad política binacional del anarquismo mexicano exiliado en EU; o las masivas movilizaciones de los mexicanos en Estados Unidos en el 2006 por lograr su legalización como trabajadores inmigrantes. Dicho sea de paso, esto nos permitiría concebir la historia de México de una forma verdaderamente transnacional y mucho más profunda y compleja. ¿Por qué suponer que la historia de los mexicanos como pueblo termina en la frontera México-Estados Unidos? ¿No tendrían que formar parte de la memoria histórica de los mexicanos como nación para pensar su futuro? Esa historia aún no hemos comenzado a aprehenderla y ya nos están llamando a deshacernos de ella, ya nos están pidiendo que la olvidamos. ¿Y si la olvidamos, quién la va a recordar? ¿Los estadounidenses? Creo que tendríamos que decir: no. La historia, sostuvo Guillermo Bonfil Batalla (1980), en tanto recuento de agravios es el sustento de reivindicaciones y: “una historia propia no es solo necesaria para explicar el presente sino también para fundamentar el futuro.” Esta historia propia pasa más allá de una frontera producto del expansionismo colonial. Sólo proscribiendo la historia de agravios en la relación entre México y Estados Unidos, (ya no hablar de América Latina) y el trato que éste último ha dado a los migrantes mexicanos se puede proponer una  integración regional como la que plantean Castañeda y Aguilar Camín.

 

II. ¿Qué tipo de integración queremos?

¿Cuál es la integración de México a América del Norte que imaginan Castañeda y Aguilar Camín? Los autores plantean que el futuro de México se ha jugado y se jugará “más que nunca” en América del Norte: “Es la hora de elegir de nuevo: hacia América del Norte o hacia América Latina…en realidad, no hay mucho margen para decidir. México tiene su corazón en América Latina, pero tiene su cartera, su cabeza y la undécima parte de su población en América del Norte.” Los autores fundamentan su postura a partir de los cambios de lo que ellos llaman “la variable demográfica”, es decir el aumento de la población nacida en México viviendo fuera del país, un aumento que de acuerdo con los autores, va del 3.4% en 1920 a más del 11% actualmente.

Sin embargo, este crecimiento demográfico es el producto de una dependencia estadounidense de fuerza de trabajo mexicana a gran escala, desde principios del siglo XX. Esta dependencia inicia con el reclutamiento de trabajadores para la expansión del ferrocarril en el Suroeste de EU, de obreros para las industrias del Medio Oeste durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, para el sector agrícola, de 1942 a 1964, con el Programa Bracero. Al final de la década de 1970, los trabajadores mexicanos ocuparon los nichos laborales creados por la transición post industrial de Estados Unidos. Con la internacionalización de la industrialización desde la década de 1960 vía el programa de maquiladoras en la frontera de México y Estados Unidos, la dependencia de fuerza de trabajo mexicana llegó a su punto más alto en 2006, empleando a 1.3 millones de trabajadores (INEGI 2007). Desde la década de 1980, los trabajadores mexicanos –en su mayoría indocumentados- se incorporan en las industrias de la construcción, manufactura y los servicios. Podemos observar que desde el siglo XX se ha conformado un mercado internacional de fuerza de trabajo entre Estados Unidos y México, en donde ha predominado la explotación laboral, las tensiones laborales y las desigualdades de clase.

En las últimas dos décadas, la migración mexicana ha crecido dramáticamente como consecuencia de las políticas de mercado aplicadas en nuestro país, sus efectos la polarización de clase y el desarrollo regional desigual en México. Durante casi dos décadas, la antropología, por ejemplo, ha documentado los efectos negativos de las políticas de libre mercado asociadas a la globalización y el neoliberalismo en el campo, las comunidades campesinas y la migración (Ver por ejemplo los trabajos de Glendhill 1995; Lem 2007; Nash 2001 y Rothstein 2000, 2007). El infierno para muchos, no está en el futuro que imaginan Castañeda y Aguilar Camín, el infierno se encuentra aquí y ahora para familias enteras, dolorosamente separadas por la búsqueda de trabajo en “el norte”; para los trabajadores mexicanos que llevan más de la mitad de su vida laboral en la precariedad del trabajo indocumentado, criminalizados y rechazados en los lugares a donde migran; en las comunidades enteras en México que se han convertido en espacios de reproducción de un ejercito internacional laboral de reserva para el mercado laboral de Estados Unidos. Comunidades enteras que dependen de las remesas y de una economía surgida del éxodo migrante (como en el caso de muchas regiones del norte de México) y en donde incluso a los santos en las iglesias ya no se les cuelga milagros sino dólares con la imagen de Lincoln o Washington.  En las próximas décadas, la migración mexicana a Estados Unidos superará cualquier otra migración en la historia moderna de EU. La migración mexicana continuará creciendo de 3.5 a 5 millones (400, 000 personas al año) por década hasta el 2030 cuando la población nacida en México llegará a ser entre 16 y 18 millones de personas (Ver Simcox 2002). Castañeda y Aguilar Camín consideran que la existencia de una undécima parte de los mexicanos en EU, es una condición de peso para aceptar una integración regional a América del Norte sin antes hacer un examen crítico de las condiciones históricas que han llevado a 12 millones de mexicanos a dejar el país.

La existencia de una undécima parte de los mexicanos en Estados Unidos se da en una condición de criminalización que ha sido utilizada por el gobierno de Estados Unidos como un instrumento para regular el flujo de una migración masiva proveniente de América Latina y el Caribe (Ver al respecto Sandoval 2005). Esta criminalización junto con la transnacionalización y destrucción de la economía mexicana y su mercado interno ha permitido la producción de un ejército laboral de reserva y de un mercado regional de fuerza de trabajo basado en la aniquilación de los derechos laborales y humanos de los trabajadores migrantes.

La criminalización de los trabajadores migrantes ha sido una política de estado desde hace casi tres décadas (Véase por ejemplo Reforma migratoria: ¿Qué persiguen los trabajadores?, por David Bacon, en esta revista) para socavar los derechos laborales de los migrantes mexicanos y crear una fuerza de trabajo dócil, y desorganizada políticamente. La criminalización de los trabajadores migrantes, desde la década de 1970, ha permitido a los empleadores aumentar su control sobre ellos e impedir su sindicalización. Así, la aprobación de la U.S. Immigration Reform and Control Act, por el Congreso de EU en 1986  se centró en imponer sanciones a los empleadores de trabajadores indocumentados y en aumentar el presupuesto para la Patrulla Fronteriza.

A esta criminalización por el estado, se agregan los ataques de los grandes medios de comunicación en EU (como ha demostrado Leo Chávez 2001) en contra de los migrantes mexicanos. Los mexicanos son representados como criminales, invasores, y disfuncionales a la sociedad estadounidense. La masiva migración mexicana ha sido equiparada por la derecha ultra conservadora  de ese país a un ejército invasor, reforzando y justificando la violencia y la represión policíaca del estado en contra de los trabajadores mexicanos al naturalizar o racializar la criminalidad.

 

III. La agenda migratoria. Revisitando la “enchilada completa”

 Ante este escenario, para Castañeda y Aguilar Camín no hay otra solución que volver a replantear la vieja idea de una reforma migratoria integral, a cambio de ceder a Estados Unidos el diseño y dirección de la llamada “guerra contra el narco” y la política de control de la frontera; es decir la desnacionalización de la seguridad nacional del Estado mexicano: “No tiene sentido declararle la guerra al narco si no se cuenta con el ejército, la policía y el servicio de inteligencia necesarios. La única manera de poseerlos es con ayuda externa. En nuestro caso, sólo puede venir de Estados Unidos”. Estas concesiones a Estados Unidos a cambio de una reforma migratoria, tal y como están planteadas, se remontan al sexenio de Vicente Fox, cuando Castañeda –como Secretario de Relaciones Exteriores- se convirtió en uno de los principales impulsores de la llamada reforma migratoria integral, o la enchilada completa (the whole enchilada) como él mismo la definió (por cierto en una de sus mejores contribuciones a la picaresca nacional).

Después de dos décadas de reformas neoliberales en México y de un aumento de la migración mexicana a Estados Unidos, el tema de la reforma migratoria integral se convirtió uno de los temas centrales durante el gobierno de Fox (2000-2006). Para lograr su propósito, el gobierno mexicano caracterizó la migración mexicana como una “ventaja comparativa” que debería ser instrumentalizada para satisfacer los intereses del país (o de un sector amplio de su clase política). Junto a está caracterización, se introdujeron conceptos que pretendieron representar a la migración como un objeto manipulable y controlable. Paulatinamente el gobierno mexicano hizo suyos conceptos acuñados por el gobierno estadounidense como: “regulación del flujo migratorio”, “flujo ordenado”, “movimiento seguro” de bienes, personas y capital y “control migratorio”. Las palabras están cargadas de significado político, así que estábamos advertidos.

Este cambio reflejó, a su vez, transformaciones profundas en la economía mexicana en donde la integración de México a la economía mundial se daba sobre la base de la “competitividad en el mercado” y las “ventajas comparativas”, “ajustando su economía” y los “factores” de esta (en particular el trabajo) a las necesidades del capital extranjero. Así, el Carnegie Endowment for International Peace, a través de Demetrios Papademetriou (2004) recomendó que las políticas migratorias debían ser diseñadas de acuerdo a las necesidades del mercado: “las políticas más inteligentes que funcionen a favor, y no en contra del mecanismo del mercado o de la naturaleza humana deben ser una señal importante para cualquier esfuerzo serio”. De la misma forma, en el 2001, Vicente Fox aseguró que la migración ya no iba a ser considerada: “como un problema, ahora lo vamos a ver como una oportunidad porque esta es una oportunidad para los americanos: contar con esta mano de obra de calidad, de productividad, de eficiencia que tiene la mano de obra mexicana”. (Dicho sea de paso, este enfoque proviene del Banco Mundial, el cual propone “manejar” la migración no como un problema o el resultado del desarrollo desigual, sino como un instrumento para el cambio social o el desarrollo.  Estos enfoques, sustentados la mayoría de las veces desde el funcionalismo, sostienen que los migrantes son agentes de difusión de nuevas ideas o formas de organización social, familiar, religiosa; y a su vez agentes de cambio social).

Esta representación de la migración mexicana como una ventaja comparativa  (para usar el vocabulario de los políticos neoliberales) y como un instrumento de negociación con el gobierno de Estados Unidos ha sido parte de una reorganización del capital y el trabajo en una escala regional. Esta representación iba más allá de las ocurrencias de Vicente Fox, tal y como lo prueba el Plan Nacional de Desarrollo 2001-2006. En el documento (en la sección titulada “Área de Orden y Respeto”) se plantea que uno de los objetivos del estado mexicano es crear: “estrategias orientadas a incidir en la orientación de los flujos migratorios interestatales y hacia el extranjero, mediante el fortalecimiento de las ventajas competitivas y el desarrollo socioeconómico de las diversas regiones del país, de manera congruente con los criterios del ordenamiento territorial sustentable”.

 Siguiendo esta línea, en Julio de 2005 Jorge Castañeda planteó durante una audiencia que sostuvo con el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EU, que: “México tiene que hacer su parte en asegurar que el sistema migratorio que se acuerde, se convierta en la única avenida para la gente que desea ir a Estados Unidos a trabajar. Esto significa que como parte de la negociación, el gobierno mexicano tendrá la obligación de asegurar que el movimiento ordenado  y legal  a través de la frontera sea la norma y que ciertas medidas tendrán que ser tomadas para disuadir a la gente de hacer lo contrario.”

De igual forma, esta postura estuvo reflejada en la agenda migratoria del gobierno foxista en los siguientes cinco puntos: 1) la legalización de los migrantes mexicanos indocumentados; 2) la creación de un programa de trabajadores temporales; 3) sacar a México del sistema migratorio de cuotas; 4) reforzar la seguridad en la frontera y 5) la creación de un programa de desarrollo para las regiones expulsoras de migrantes. Estos cinco puntos fueron delineados por el equipo binacional denominado “Task Force”, creado en 2001 para delinear la llamada “reforma migratoria integral (el grupo estuvo integrado por Mack McLarty –jefe de gabinete durante el gobierno de Clinton, Andrés Rozental y académicos del Carnegie Endowment for International Peace, y del Instituto Tecnológico Autónomo de México). El titulo del documento publicado en 2005 por el equipo (“Building a North American Community”)  muestra que la idea de una región norteamericana ha sido parte del proyecto estadounidense en donde se excluye la noción de Estados soberanos por el de Comunidad.

Lo importante y urgente en resaltar es como el “tema” del trabajo migrante se utilizó y pretende utilizarse nuevamente (como lo plantean Castañeda y Aguilar Camín) como un instrumento de negociación con Estados Unidos. Una negociación en la que el gobierno mexicano se compromete –como aseguró Castañeda al Senado de EU en 2005- a tomar medidas para un “flujo ordenado” en la frontera.  Esto significa que el gobierno mexicano acepta el sistema de control militar implementado en la frontera con sus efectos perniciosos para la vida de miles de migrantes. De ahí que Castañeda y Aguilar Camín eludan plantear el necesario desmantelamiento del sistema de control en la frontera por EU, como un primer paso para una integración regional o forma una Comunidad Americana.

 La militarización de la frontera de México y Estados Unidos, iniciada en la década de 1990 durante el gobierno de Bill Clinton, forma parte de la estrategia de control y “regulación” de la migración laboral. Los efectos, desde el punto de vista humano, han sido desastrosos. Miles de migrantes han muerto en el intento por cruzar. Tan solo en el 2009 murieron 298 personas. Castañeda y Aguilar Camín plantean que la estrategia inaugurada por Clinton rompió la circularidad de la migración: “La construcción de barreras en la frontera dificultó el cruce y los migrantes dejaron de circular. Aumentó dramáticamente el número de mexicanos instalados en Estados Unidos y se produjo un crecimiento espectacular de las remesas, la segunda fuente de ingresos en divisas del país”. El mito de una migración circular interrumpida, ha permitido a ambos gobiernos y a sus intelectuales, negar por un lado la dependencia sistémica e histórica de Estados Unidos de un ejército laboral de reserva, que por carecer de derechos políticos, laborales y sociales posibilita que su explotación se encuentra por arriba de la media de la clase obrera estadounidense (Al respecto se puede revisar la investigación de Machuca para el periodo de 1970-1980). Por otra parte, esta circularidad migratoria es tan sólo sectorial, pues existen industrias y sectores de la economía norteamericana (sobre todo en las ciudades) que requieren de un flujo constante de trabajadores migrantes. Por ejemplo, la migración mexicana al Midwest en la década de 1930, y la formación de importantes núcleos urbanos de migrantes mexicanos en las ciudades industriales de Chicago y Detroit demuestran la falacia de una circularidad de la migración mexicana como una generalidad en la historia de la migración mexicana a ese país. Finalmente este tipo de planteamientos que explican el crecimiento de la población mexicana en Estados Unidos como una consecuencia de la política de control estadounidense en la frontera, soslayan que un detonador fundamental ha sido la liberalización de la economía mexicana y la integración comercial con Estados Unidos a través del TLCAN por más de 10 años. Sí en la década de 1990 el gobierno salinista planteó que la integración comercial resolvería el llamado “problema migratorio”, hoy Aguilar Camín y Castañeda prometen una salida en una integración regional que, en los términos que ha sido creada, ha probado ser desastrosa para los intereses nacionales. Sin embargo, los efectos del TLCAN en la expulsión masiva de mexicanos han sido negados por intelectuales y académicos en ambos lados de la frontera. Demetrios Papademetriou (2004) aseguró que el TLCAN no redujo la migración, pero tampoco contribuyó a su crecimiento. Éste último se debió a un crecimiento natural de la población absoluta. El TLCAN, y los acuerdos de libre comercio, concluyó: “no neutralizan ni generan fuerzas que impulsan a las personas a migrar. El TLCAN no ha rescatado ni hundido a la economía mexicana”.

 En el futuro que proponen Castañeda y Aguilar Camín para México, éste será, como sostuvo Jorge Durand (2004), el lugar: “donde vive la servidumbre, que sólo pasa al “otro lado” para lavar los platos y recoger la mesa”. Continuará, como sostienen los autores, “una integración que crece en los hechos”, que se manifestará con un aumento sostenido de la migración, y al mismo tiempo con manifestaciones de descontento a la integración (entre los migrantes), como “sentimiento antigringo” que: “da rienda suelta a las expresiones del más arcaico y primitivo nacionalismo antigringo”.

Sin embargo, este “sentimiento antigringo” que tanto desagrada a nuestros intelectuales, surge de la profunda y añeja discriminación racial, de la explotación laboral y dominación política a las que son sometidos los migrantes mexicanos. Mientras estas condiciones no cambien, existirá inevitablemente un sentimiento de odio al también arcaico y primitivo nacionalismo gringo (para utilizar la misma terminología evolucionista y peyorativa de los autores) que desde el Estado militariza la frontera, para criminalizar a los trabajadores migrantes mexicanos; la violencia cotidiana del estado contra los trabajadores negándoles derechos laborales y sociales; la violencia del estado que protege y alienta la existencia de grupos supremacistas que cazan a los mexicanos como animales; la misma violencia ejercida por algunos sectores de la sociedad estadounidense que hacen escarnio de los migrantes indocumentados, como el grupo de estudiantes de la New York University (universidad en la que Castañeda es profesor) que en el 2007 organizaron en el campus de la universidad el juego “Atrapa a un ilegal” (Catch an illegal). Ante estas condiciones sociales y políticas de existencia de 12 millones de mexicanos ¿por qué debería existir algo distinto al sentimiento antigringo? El “sentimiento antigringo” surge en condiciones sociales concretas de existencia de los trabajadores, no surge como un simple acto de voluntad entre los migrantes mexicanos, ni por el peso de un nacionalismo revolucionario que deberíamos dejar atrás. Mientras estas condiciones persistan, este sistema de odio existirá, junto con la memoria histórica que nos permitirá evitar los engaños del poder y enfrentar a sus engañadores.

 

 

 




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