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Los aires enfermos

por Abbdel Camargo Última modificación 13/04/2010 11:18

El agroquímico representa el fin de la agricultura ritualizada, para dar paso a la producción comercial. Se trabaja para un consumidor cada vez más exigente en forma, color y sabor específicos, y se produce para un mercado internacional.

Los aires enfermos

Abbdel Camargo

Un café casi grisaseo pinta las brechas que crean las calles del lugar. Calles anchas y largas, bien formadas. Sobre la calle piedras y arena suelta que se levanta y entra a las casas a la menor provocación del aire. Un aire frio que quema al mismo tiempo que pegan los rayos del sol. Es un aire que quema por el frio y por el calor. Es un aire enrarecido el que se respira en el lugar. Es un olor sobrio y dulce. Si andas un tramo lo hueles, si das dos pasos más se pierde, para volver cinco segundos adelante. Parece que ese aire enrarecido se estaciona en trechos exactos, y queda suspendido en el espacio. Escoge donde estacionarse, donde suspenderse para ser inhalado.

Los perros en las calles lo huelen. Esos perros sarnosos, flacos y enfermos que polulan en las calles. No en todas, porque de hecho las calles se ven aisladas. Algunas son anchas como avenidas, mismas que terminan topando con los callejones que caen a un brazo del barranco de la meseta donde quedó instalada la colonia. En estas calles solas sólo los perros y algunos niños se ven jugando con desperdicios de llantas, camaras de bicicletas o en los montones de basura que se combustiona a la intemperie. El olor a plástico y basura acompaña esos olores. El olor penetra y jala la mirada. El humo negro o gris obliga a girar la cabeza y a taparse la boca, obliga a circular rápido por el lugar y a llevarse el brazo a la nariz para poder respirar menos aire. Es extraño pero te tapas para respirar mejor.

Te cubres del aire mismo porque está contaminado. Se contamina de los aires apestosos de la combustión de la basura y te cubres de los aires amañados por los agroquímicos que andan suspendidos por todas partes. Los químicos que enferman a la gente son los mismos químicos que hacen crecer los tomates que corta la gente misma y que le permite comer, trabajar y sobrevivir. La paradoja: lo que te da para vivir, también te mata.

El aire del agroquímico salpulle la piel, liquida los huesos, aguada la sangre y amarillenta los ojos. Los paliacates en la nariz, las cachuchas en la cabeza y los guantes de látex no protegen a la gente, protegen sólo al tomate y la fresa en la pizca. Se cuida que el fruto conserve su fino color, su anchura específica y un grosor adecuado. El fruto no se toca, se palpa es la consigna. La gente que lo siembra, alienta y corta no se contradice con la gente que la compra, la prepara y lo consume. Ambos se relacionan a través del fruto rojo.

El agroquímico representa el fin de la agricultura ritualizada, para dar paso a la producción comercial. Se trabaja para un consumidor cada vez más exigente en forma, color y sabor específicos, y se produce para un mercado internacional. Las tierras agrestes y baldías del norte del país se posicionan como espacio estratégico de agroexportación, donde el trabajo y el trabajador son dos esquirlas necesarias para configurar la “ruta del tomate”. Durante más de dos décadas cientos de trabajadores, de indígenas migrantes, de jornaleros agrícolas han arribado hacia el norte del país, para laborar en las tierras amplias que se fueron apilando a orillas del pacifico. Y han llegado para seguir respirando.  

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