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Latitud 32. Construir lo nuestro

por Abbdel Camargo Última modificación 29/06/2011 13:44

El asentamiento definitivo de la población y la conformación de colonias habitables en la región, en realidad corona al menos dos procesos previos vividos por los trabajadores: los procesos de adaptación a los lugares y la apropiación de conocimientos “locales”.

Latitud 32. Construir lo nuestro

Abbdel Camargo M.

Cuando los trabajadores indígenas triquis arribaron por primera vez al Valle de San Quintín a trabajar como jornaleros en los campos agrícolas de la frontera noroeste de México, tuvieron que echar mano de los recursos -disponibles y adaptados- que encontraron en la región para construir sus casas. Pequeñas chozas construidas en los campos con plásticos, ramas y cartones fueron las primeras viviendas que los trabajadores ocuparon. Apartados de los centros urbanos de la región, los trabajadores tenían que implementar diversas estrategias para procurar su sobrevivencia. Sin luz, agua y drenaje corriente, los trabajadores se empeñaron en utilizar “lo que había a la mano” para sobrevivir. Al término de su jornada laboral, por ejemplo, los trabajadores recolectaban el rezago de horcón de madera utilizados para levantar los plantíos de tomate para utilizarlo como leña con que calentar el agua para el baño diario y el preparado de los alimentos. Para cocinar los trabajadores utilizaron tambos de metal como estufas improvisadas que ellos mismos instalaban afuera de los cuartuchos donde vivían. A cada tambo se le hacía un corte lateral en forma de ventana a mitad de la estructura metálica donde se depositaba la leña o carbón que alimentaba el fuego. De esta forma, la tapa que quedaba en la parte superior servía como comal en donde se preparaban los alimentos y se echaban las tortillas. Las tortillas por cierto, al momento dejaron de ser hechas con el ancestral maíz para darle paso a la tortilla de harina. A la practicidad y rapidez con que se elaboran las tortillas blancas, se suma el evitar la Estufaincómoda necesidad de ser calentadas a la hora del lonche durante el horario de trabajo. A la fuerza del tiempo ancestral se adhiere la fuerza de optimización de los tiempos en el contexto laboral, que evita el sembrar, cuidar, ritualizar y cosechar la milpa para únicamente adquirir en el expendio más cercano kilos enteros del derivado de trigo, base de su alimentación actual.


Así mismo, frente a la ausencia o mala calidad de los servicios médicos en los campos, los trabajadores recurrieron a la implementación de pequeños huertos instalados en pequeños espacios dispuestos a orillas del terreno, donde sembraban y procuraban ciertas yerbas que utilizaban tanto para el preparado de alimentos así como para la procuración de la salud. De esta forma epazote, cilantro, hoja santa, eucalipto, pirúl, albahaca, romero entre muchas otras, complementaban el paisaje vegetal que los jornaleros iban construyendo en el nuevo sitio. La creación de este nuevo paisaje en la región a su vez tuvo impacto en las estructuras que definen el funcionamiento del mercado laboral. Algunas empresas por ejemplo tuvieron que adaptarse a las formas de relacionarse con los lugares de forma tradicional por parte de sus trabajadores, tolerando ciertas prácticas como un mecanismo de arraigar a los jornaleros a los campos, crear situaciones de “lealtad” y así evitar su movilidad residencial y organización política. Le implementación de los baños de vapor o temazcal en la estructura espacial de algunos campos en la región puede ser un buen ejemplo de la forma en que los trabajadores trasladan sus valores Temazcalculturales al sitio nuevo y representa además una forma de “resistencia” a los embates de las fuerzas del mercado de trabajo que los constriñe.

 

El asentamiento definitivo de la población y la conformación de colonias habitables en la región, en realidad corona al menos dos procesos previos vividos por los trabajadores: los procesos de adaptación a los lugares y la apropiación de conocimientos “locales”.

 

El clima también implica procesos de adaptación importantes. Una zona agreste, deshabitada, con temperaturas extremas típicas de las regiones desérticas. Un frio que corta la piel durante el invierno prolongado; un calor que surge como braza ardiente desde la tierra y que en los invernaderos -donde se corta tomate- se incrementa y quema las entrañas, en el verano; una temporada de lluvias que les resulta extraña y ajena a los tiempos agrícolas de sus sitios de origen, pues inicia en el mes de diciembre y dura apenas tres meses; esa temporada de lluvias que no serviría para nada a los ciclos de cultivo que ellos saben trabajar en sus comunidades. Una zona árida y polvosa que estereotipa a la región por pintar durante todo el año todo de café, de ahí el mote del San Polvín para referirse a esta región.

 Como proceso de adaptación al lugar, los trabajadores además tienen que aprender a proveerse de los alimentos disponibles que brinda el contexto. La ingesta y extracción de los recursos marinos, en particular de la almeja, puede ser un buen ejemplo. El Valle de San Quintín guarda una rica tradición culinaria derivada de la extracción de almeja y ostión que de manera natural se obtienen en el lugar. Almeja blanca y la almeja chocolata son dos variedades endémicas de la región. Los indígenas triquis pronto incorporaron a sus prácticas alimentarias no solo la ingesta, sino la extracción y comercialización de tales alimentos. No es raro que algún día de descanso del trabajo en el jornal o los domingos desde muy temprano se encuentre a los jornaleros indígenas en las costas de la región extrayendo almeja. La habilidad con que lo hacen, así como el conocimiento de los lugares de extracción, son un conocimiento adquirido en el contexto nuevo, que les permite diversificar sus prácticas alimentarias y les provee de otra fuente de ingreso, pues la almeja en las colonias, tiene además una propiedad doble: de intercambio y mercantil.

 Estos mismos procesos parecen llevarse a cabo en la California rural del suroeste estadounidense. Son conocidas las condiciones de vida precarias que los jornaleros agrícolas migrantes tenían en los campos agrícolas de horticultura Californiana. Las viviendas improvisadas en las laderas de los campos aún se podían observar hasta hace escasos años. Se reportaban casuchas de plásticos y enramadas de varas que se sostenían de los arboles donde habitaban familias enteras. Ahí vivían, ahí trabajaban.

Los jornaleros indígenas migrantes en México y los Estados Unidos parecen encontrar en los medios locales los recursos necesarios para sobrevivir. A base de esfuerzo e iniciativa los contingentes migrantes han ido construyendo comunidades locales que actualmente pugnan por el derecho de pertenencia a los sitios de destino. El Valle de San Quintín en México y las comunidades de Madera y Fresno en los Estados Unidos parecen ser un buen ejemplo de cómo se van construyendo las nuevas geografías de los territorios étnicos en ambas naciones.  

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