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Las crónicas de Pilsen

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 24/06/2010 12:40

¿Cuántas especies de mexicanos existen? O, para ser más específico: ¿Qué es ser mexicano en Estados Unidos?

Las crónicas de Pilsen

Carlos Monsiváis (Foto: Agencias)

Las crónicas de Pilsen


Por Carlos Monsiváis

 

" Yo soy mexicano, mi tierra es bravía (  ), baldía (  ). Marque con una X la respuesta correcta.

 

¿Cuántas especies de mexicanos existen? O, para ser más específico: ¿Qué es ser mexicano en Estados Unidos? En Y nos vinimos de mojados Febronio Zatarain y Raúl Dorantes no intentan responder a la pregunta (nadie podría), sino dar ejemplos de la variedad de respuestas, y eso los lleva por razones de proximidad, a seleccionar como eje temático a un ámbito de unión y dispersión: Pilsen, "el epicentro de los migrantes mexicanos en Chicago”; un barrio enorme donde se expresan y se han expresado técnicas de adaptación y asimilación a la cultura norteamericana, formas culturales opuestas y complementarias, reconstrucciones o recreaciones de los sitios entrañables que se abandonaron, manifestaciones patrióticas a fechas fijas, entusiasmos y decepciones políticas, técnicas del pasarla bien en compañía... y espacios de las metamorfosis. En Pilsen, dicen los autores, "el español que hablamos, nuestra relación con el tiempo y el espacio en que residimos, las formas de divertirnos y hasta la práctica religiosa, se van volviendo otros". Ajustes a lo previsible: las vivencias de lo mexicano fuera de México se parecen de lejos y se diferencian de cerca a lo "tradicionalmente mexicano". Item más: en Chicago se concentran millón y medio de hispanos (75 por ciento de origen mexicano), que suelen atravesar estos procesos:

—la fusión hasta donde es posible (bastante) de las diversas prácticas del idioma y el habla.

—los personajes que describen los ajustes de la excentricidad. (Un “loco del pueblo” en México tarda en llamar la atención en Estados Unidos)

—los niveles educativos y su repercusión en el entendimiento de las reglas del juego, en Norteamérica (¿Cuál era el conocimiento de cada migrante de las estructuras de ambos países? ¿Cuál ha sido su capacidad de aprendizaje? ¿Cuál es su relación con la historia, la cultura, la política y la sociedad de Estados Unidos, y cuáles son sus saberes mexicanos? ¿Qué se olvida o qué se memoriza de mala manera en la sobrevivencia?).

—las transformaciones en las familias de los migrantes. (En Estados Unidos “el abismo general" es más agudo y, con frecuencia, más cruel).

—los reacomodos intensos en los empleos de los migrantes. (Algo semejante a Padre campesino, Hijo mecánico automotriz, Nieto académico o concejal o propietario de un taller automotriz).

—los métodos que sostienen la idea todavía devocional de la americanización (¿Cuándo empezarán las nociones seculares de la americanización?

—la obligación frente a lo de allá, la comunidad a la que se pertenecía, de mostrar la lealtad a lo esencial, sin entrar en detalles sobre la definición de lo esencial).

—las entonaciones regionales y nacionales, los vocabularios más específicos y las variedades del habla mexicana, centroamericana, y en menor medida, sudamericana. Luego del entreveramiento de acentos, "lo original" suele quedar irreconocible.

—la relación con la tecnología, la clave de los procesos de adaptación.

—la obligación múltiple de exhibir la voluntad y la capacidad de trabajo. Esto, si se quiere enfrentar con alguna posibilidad de éxito al sistema judicial y político de Estados Unidos, y si se quiere desvanecer en algo los prejuicios.

—la decisión organizativa, que tarda mucho en producirse pero que en tiempos| recientes es un tema primordial, tal y como interpretan y demuestran grupos como Familia Latina Unida y sus movilizaciones en pro de los derechos humanos y laborales.

 

*                    *                       *

En Y nos vinimos de mojados, Febronio Zatarain y Raúl Dorantes, residentes en Chicago desde hace casi dos décadas, habitantes culturales de los dos países, reúnen crónicas/ensayos sobre la experiencia mexicana en Chicago, a partir de Pilsen. Su trabajo es excepcional porque, así dispongan de las herramientas de la historia, la sociología, la ciencia política y los estudios culturales, su meta es la interpretación legible, y en eso se apartan de la mayoría de los libros sobre estos temas, adictos a las certificaciones académicas o abrumadoramente testimoniales. Zatarain y Dorantes, influidos por la crónica de este tiempo, prefieren la vivificación de atmósferas y personajes, y le conceden al retrato de las circunstancias la primacía por sobre “el dato duro”. El resultado cumple con su proyecto: el libro es muy legible.

 

*                    *                       *

¿Qué es ser mexicano? Además de la parte jurídica y legal (acta de nacimiento, credencial electoral, pasaporte, documentos migratorios), en la definición participan muy variados elementos: las desventajas de clase, la perspectiva de género (la discriminación a las mujeres que acrecientan los obstáculos migratorios), el nivel educativo e informativo, las nociones de ciudadanía y de participación política, el vínculo quebrantadizo o vigoroso con las tradiciones del origen, el sitio de las creencias en la vida cotidiana, las certidumbres airadas y tristes sobre el desastre que es México, los lazos entre nacionalidad y religión (el guadalupanismo), la región, el pueblo o la ciudad de donde se proviene y, muy importante, la fe teatral y real o las inercias y los escepticismos a propósito de la Identidad Nacional o Regional.

 

 

¿Por qué dice usted que la Identidad es el documento de los indocumentados? ¿Ya lo pensó bien?

A los habitantes de México o El Salvador o Guatemala o Ecuador la fe o la falta de fe en la Identidad les resulta algo más bien retórico. ("¿Qué más voy a ser sino nativo de aquí?"); a los migrantes en Estados Unidos la Identidad los ubica o desubica en lo cultural y en las certidumbres de la inclusión en lo comunitario. ¿Y qué es y cómo se define la Identidad en un país "ajeno"? La Identidad deviene sinónimo del Arraigo, algo semejante a la resistencia a los cambios irreversibles, a la renuncia a las lealtades constitutivas. Arraigo es la sensación de pertenencia última y primera.

El arraigo es una construcción cultural, que se pretende inmutable, y en la vida cotidiana parece siempre una sucesión de acomodos y terquedades, de fijaciones y volatilidades. En lo básico, la gran mayoría de las personas acometen la operación mañosa que acepta las transformaciones en homenaje a las persistencias, y lo envuelto todo en la gran disculpa: la fidelidad sentimental: “Te amo no cual pan bendito sino por tu verdad de mito”, podría decirse, trastocando los versos de López Velarde.

 

" No me acuerdo, nomás lloro "

El exiliado, afirma Luis Cardoza y Aragón, nunca pierde su tierra, que más que en la memoria la lleva consigo en la imaginación. “Nunca concluimos de recorrerla, nunca nos fatigamos de crearla”. Y si se quiere evitar la cuota de padecimientos insoportables que clásicamente marcan a la evocación ("No hay dolor más grande que recordar los tiempos felices en la desdicha"), se debe aceptar sin conceder que lo dejado en México son los tiempos felices, y se debe institucionalizar la nostalgia. Hecho esto y de inmediato —si se exceptúan las añoranzas de los padres y de algunos parientes, amigos y festejos—, se modera la aflicción.

¡Ah la melancolía invocada y convocada por el tradicionalismo! Recuérdese "La Canción Mixteca", de José López Alavés, el himno de los migrantes compuesto en la década de 1920:

 

Qué lejos estoy del suelo donde he nacido,

inmensa nostalgia invade mi pensamiento.

Y al verme tan solo y triste cual hoja al viento...

quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento.

¡Oh tierra del sol, suspiro por verte!

Y ahora que lejos,

yo vivo sin luz, sin amor...

 

Todo en este discurso está cifrado: la tristeza radical, la condición migratoria, la autocompasión (un elemento notable de equilibrio emocional), la ausencia de esa vida familiar que sólo florece en la tierra natal, el “amargo pan” del destierro, el trastocamiento de los paisajes. Y en la operación sensible de los migrantes la grandilocuencia de las leyendas mediatiza la ansiedad del retorno. Un ejemplo: la mitología sentimental de "Credo", el poema de Ricardo López Méndez:

 

México, creo en ti,

porque si no creyera que eres mío

el propio corazón me lo gritara,

y te arrebataría con mis brazos

a todo intento de volverte ajeno

sintiendo que a mí mismo me salvaba

 

Volver a Ítaca sin moverse de su sitio

La Odisea es el modelo clásico de los hombres y las mujeres que comparten las avatares de Ulises/Odiseo en su interminable regreso a Ítaca, el lugar de donde algún día se partió. Pero a estas alturas de las migraciones en el planeta (ese recorrido de las poblaciones de un país a otro, esa movilidad espacial que en algo compensa el ya no poder ascender de una clase social a otra), la Odisea se constriñe a un punto único, el señalado por Cavafis en su gran poema de 1911:

 

Ítaca te ha dado el hermoso viaje.

Sin ella nunca habrías emprendido el camino.

pero ya no tiene más que darte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te habrá defraudado,

con la sabiduría que hayas obtenido, con toda tu experiencia,

para entonces sabrás lo que Ítaca significa.

 

El poema de Cavafis es hoy la lección irrenunciable de varias generaciones de migrantes físicos o espirituales. Ítaca no es la peregrinación del retorno sino el sentido mismo del viaje, la terrible felicidad de ir sin prisa hacia el principio que es el fin (y viceversa), que es aventura, que es nacer de nuevo, que es expedición laboral, que es apropiación (tardía pero firme) de los derechos humanos.

Se deja un hábitat normado por la conversión del tedio en espectáculo y por el porvenir previsible (la eternidad del ahora), y se va hacia lo imposible: el cumplimiento de la gran promesa. La Patria, el lugar donde residen las esperanzas y los sacrificios útiles, radica utópicamente en el porvenir, en el empleo, el progreso de los hijos, en el asir el espíritu de lo contemporáneo. En rigor, a los migrantes ―y de esto avisan los personajes cronicados por Zatarain y Dorantes― no les ilusiona el regreso al terruño, sino la conversión de su pasado (personal y colectivo) en el sueño que transfigura lo vivido en logros perdurables. Y por eso, al lugar de los mayores, el de la infancia y la adolescencia, se le quiere aún más porque ya es terra incognita.

Los migrantes han modificado sensiblemente su psicología y, también, han trastocado sin remedio la psicología de los que han permanecido en el pueblo. (Las migraciones intensas modifican a idos y a quedados). Ahora su condición se aclara: son presentes sucesiones del arraigo, sus raíces son por lo menos binacionales, al compartirse emotivamente el lugar donde mueren los padres y el lugar donde nacen los hijos, y en donde la capacidad de adaptación equivale a un nuevo nacimiento. A veces se evoca el sitio de origen como una suerte de museo de las costumbres (asesinatos, machismo salvaje, dominio económico de los narcos, etcétera); otros es tan bello a su manera que nada más el recuerdo consigne valorarlo.

 

“Me fui de Comala porque me dijeron que en Los Ángeles vivía

mi padre, un tal Pedro Páramo”

Una selección parcial del sistema de viajes de los migrantes:

Del rancho, que es el tedio redimido por las sensaciones periódicas de importancia, a la ciudad donde el anonimato es sinónimo de la clandestinidad,

de la ciudad pequeña a la obtención de libertades desconocidas,

de la mirada fija en ensoñaciones a la dureza  de las oportunidades,

del goce del recuerdo de los cielos azules y las regiones límpidas al aprendizaje del inglés y de las querellas étnicas,

de la familia tribal a la familia nuclear,

de la numerosa descendencia a la descendencia que se ajusta al tamaño del departamento pequeño,

de la intolerancia plena de aborrecimientos a lo diferente a la tolerancia iniciada como resignación ante las conductas ajenas que no se pueden modificar,

del ágora en un patio de vecindad al saludo apresurado en el condominio,

de las veladas familiares al autismo televisivo,

de la protección violenta de la honra a la defensa (a veces violenta) del derecho al adulterio,

del aprecio idolátrico de lo moderno a la nostalgia por lo que era moderno todavía hace un año,

de la imposibilidad de concebir las religiones no católicas a la conversión a otra fe como una de las migraciones posibles.

 

*                        *                       *

En la experiencia de los migrantes, su nueva “matriz formativa” es la transformación de las esperas. Ya no esperan la lluvia, ni ruegan por el fin de la sequía o por la solución de un trámite agrario, ya no están a pie firme por horas mientras llega el candidato, ahora "hacen tiempo" en los autobuses que van a la Frontera, se quedan larguísimas horas en La Línea, se abisman en la fatiga somnolienta del viaje interminable, se eternizan a las puertas del trabajo (el que sea), tramitan interminablemente la obtención de papeles, se obstinan en conseguir vivienda y esperan que no se rompa el diálogo con los hijos... Y mientras lo hacen, diseñan mentalmente sus casas o departamentos en otra colonia o en otra ciudad, se convencen de que la mudanza de domicilio es la vía del progreso, pero mientras cómo le haremos para que quepan tantas cosas y tanta familia, los muebles se restringen por si llegan los parientes, que en la recámara la cama sea muy ancha porque los grandes colchones albergan multitudes, que los niños lo sepan de una vez por todas y tomen nota: el apretujamiento no es la promiscuidad, el frote de los cuerpos no siempre enciende la lujuria... Y ya algún día vendrá la mudanza y con ella la holgura, el extender los pies a gusto.

Hasta hace pocos años, los criterios y las satisfacciones de la estética eran escasos en su sentido clásico o convencional o casi nada tenían que ver con los migrantes. Se elegía, y profusamente, lo bonito, una exigencia del afán de modernizarse, o del alejamiento de la austeridad campesina y su sentido de la decoración concentrado en torno a la Virgen de Guadalupe. Y surgía, nuevo eje del hogar, el aparato de televisión, el surtidor implacable de alegrías y frustraciones. Como regla general, la selección de lo bonito venía de las ofertas televisivas o, de los anuncios en los periódicos o de la observación del nomadismo de la sensibilidad. Y lo bonito era lo chillante, el colorido que enceguece, las reproducciones de temas religiosos, las copias de cuadros famosos, los saldos que disfrazan la fuerza de la piratería.

Ya desde la década de 1990 la introducción del término estética comienza a desplazar a lo bonito. Éste no se va, y el kitsch es el destino de la mirada fija en el aparato de televisión, pero ya los hijos y las hijas van al College o a la Universidad, ya algunos vecinos no se aferran a los paisajes del Sena o a los almanaques, y si la duda se introduce en el gusto, los días de lo bonito (marca década de 1950) están contados.

 

“Desperdiciar la vida trabajando como bestia es mejor que consumir la existencia buscando trabajo”

En sus crónicas/ensayos, Zatarain y Dorantes, con inteligencia y capacidad narrativa, notifican de los grandes cambios de percepción en los migrantes. Y se atienden en las experiencias laborales, en el trabajo, la actualización de  tecnologías, las batallas salariales, los manejos del acoso policiaco y de su aprovechamiento por los empleadores. El trabajo es el centro de estas crónicas, como lo es en las movilizaciones actuales de hispanos y latinos en Estados Unidos, que unen derechos humanos y derechos laborales.

La repetición de las jornadas, la automatización, es un tema recurrente. El caso de Jesús Abelar, bartender:

 

Detrás de la barra, Jesús ha pasado casi todas las tardes de su juventud. Y nos dice que no han sido nada aburridas gracias a las puestas de sol. En los veranos ha presenciado los cambios de tono del horizonte, pues alrededor de las ocho el fondo de la ciudad pasa de un naranja a un cárdeno, hasta terminar en un morado. Prefiere, sin embargo, los atardeceres del invierno porque por lo general, desde las cuatro de la tarde, el sol viene acompañado de nubes, a veces son tantas que las nubes cubren la ciudad dejando al sol por encima.

 

Como en las etapas más severas de la Revolución Industrial, el trabajo de los migrantes atraviesa por “la corrosión del carácter”. ¿Cuál es la vida después de Wal-Mart y sus variantes? ¿Qué efectos tiene la repetición en el cerebro? El trabajo hipermecanizado, la especialización en un solo momento de la producción todo lo destruye, y México (el concepto, el fantasma, las realidades cruentas o festivas, la Patria que no retuvo a sus hijos) se diluye la mayor parte del tiempo mientras se subraya en demasía en el uso del tiempo libre. Y el trabajo físico, arduo, agotador, a momentos demencial, se acepta siempre "porque los hijos vivirán mejor", y porque “tengo que llevarme el pan a mi boca”.

 

 

“Cuando llegué a Pilsen, nomás traía puestas las ganas

 de hacerla y regresar con los míos”

En el espacio físico la explosión demográfica reduce y minimiza la voluntad del progreso, en el espacio social se acrecientan la exclusión y la-inclusión-pese-a-todo. Y las metas de las migraciones tiene que ver con la calidad de los alojamientos, la adquisición de electrodomésticos y gadgets, las sensaciones de comodidad que ya no dependen del sentirse bien pese a todo. Y en Illinois, California, Texas, Arizona, Nuevo México, Nueva York, se expresa el fenómeno avasallador: la ciudad (la totalidad, el concepto) trasciende las nociones habituales y se vuelve el referente inmenso, la nación de rascacielos y talleres, la cuota de salarios bajos y humillaciones laborales...

En las zonas de latinos o de mexicanos un pueblo surge: taquerías, radiodifusoras, discotiendas, librerías (escasas), prostíbulos (como en Nueva York), restaurantes (legión), yerberías, tiendas de botas, ballrooms, discotecas, antros. Y en todo momento la “pureza” de las costumbres se mantiene hasta donde se puede. Así, los decibeles impiden el sedentarismo y obstaculizan los recursos de la  soledad de inmigrante:

 

En los bailes pueblerinos de México, la soledad no acecha. En cambio, en las paredes y en los corredores del Aragon Ballroom se le presiente. Aunque se llegara solo en los bailes del terruño se llegaba acompañado. Al Aragon, aunque se llegue acompañado, en el fondo nos presentimos solos. Y en la pista y en los corredores queremos marear con ruido esa soledad. Y si la soledad se asoma, siempre es oportuno el grito del animador: “¿Qué pasó raza de Durango? ¡No se duerman ésos de Michoacán!” La referencia repetida a Jalisco, Guerrero, Zacatecas o Guanajuato, es un fastidio que calma... Los “Vivas” a tal o cual estado son para hacernos creer que no estamos solos: intentan rodearnos de otros. Aquí, una pregunta ansiadamente franca sería: ¿Verdad que no estamos solos, raza? Pero esa pregunta, paradójicamente, nos llenaría de soledad

 

Sin la diversión —aquí entrega una joya de la filosofía de campanario— la vida se vuelve nomás existencia, y el tiempo libre se le cede a las costumbres de hacer de las novedad las tradiciones del instante. En el panorama de los gustos examinados por Zatarain y Dorantes, los migrantes ya vienen de otra tradición, no la de “la Epoca de Oro del Cine Mexicano”, aunque ésta sigue muy presente, ni de las elegías de José Alfredo Jiménez, Tomás Méndez y Manuel Esperón, que jamás desaparecen a la hora de la verdad (calcúlese de doce de la noche a cinco de la mañana sus reverberaciones en cumpleaños y reuniones); ahora lo decisivo necesita de las bendiciones de la tecnología, el i-Pod que retiene las complicidades de la Onda Grupera, las rolas de Alex Lora y Juan Gabriel y los grupos de rock con los nombres más idiosincráticos, de Los Krudos, La Querida de Cortés, Escándalo Social... Y El Vez y Johnny Chingas, y ahora me acuerdo de Los Viudos de Mi Mamá y de King Kong y Godzilla contra la Chingada (los escuché en Riverside).

¡Ah, las tradiciones! Los T-shirts del Che y de la Guadalupana se mezclan con los héroes que nos negaron patria, y el “Cu-le-roo” es más afectuoso que el “Estimadísimo Señor”, y las botas vaqueras y los sombreros de Texas ya aburren porque luego luego se nota el paisanaje de quienes lo usan. ¡Ah, las tradiciones  que de tan eternas ya requieren guías de turistas!. ¿Joaquín Murrieta fue un bandolero social chileno o un personaje de cómic o el primer héroe de los mexicanos en las tierras que ya no son suyas?

 

*                        *                       *

A la segunda americanización, la que se produce curiosamente en Estados Unidos, la patrocina la continuidad del aspecto, ya no un disfraz premonitorio (“Así voy a verme en Gringolandia”), sino el ponerse al día con el vestuario de los ghettos. Y el aprendizaje del inglés se combina con los nuevos hábitos de la apariencia. Describen Zatarain y Dorantes:

 

...la tejana y el cinto con su gran hebilla, la camisa y el pantalón vaqueros, las botas y el chaleco en su conjunto, no conformaban en el pueblo natal el vestuario del hombre, pero basta asistir un domingo a la iglesia de San Pío o un sábado en la noche al Aragón Ballroom para darse cuenta de que lo que allá en México podría ser un exceso, aquí en Chicago es la norma.

 

                   "Adiós mi chaparrita, and don't cry for your Pancho"

Más que en ningún otro caso en el de la música las modas son los "puentes" que siempre comunican a dos culturas cuya diversidad se mantiene por vías inesperadas. Así el corrido, el gran género de la Revolución Mexicana sostiene el primer boom de grabaciones de música en español, con canciones ya de tránsito fronterizo:

 

Adiós mi madre querida,

échame  la bendición.

Ya me voy al extranjero

donde no hay Revolución.

 

Los corridos producen versos de belleza definitiva que concentran la experiencia en una frase: "Yo me vine de tierra/me vine de un sentimiento". (Del amor o el dolor como patrias irrefutables). Y en los corridos la Historia es el movimiento cotidiano, de "México, febrero 23" en adelante:

 

¿Qué se creían esos americanos

que combatir era un baile de carquís?

Con la cara cubierta de vergüenza

se regresaron corriendo a su país.

 

El gusto por el corrido le es indispensable a las comunidades mexicanas. Es recuento y narrativa y oportunidades para la voz y la memoria; es la oportunidad al alcance por el mero recurso de poner un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana o los Temerarios (o cualquiera de los innumerables de la onda grupera); es recuperar lo lejano con la combinación de humor y mala vibra; es el recuerdo polvoso de aquellos recorridos en pick-ups, aquellos compadres o conocidos metidos al narco, que salieron de San Isidro "cargados de yerba mala”, aquellos líderes naturales que no se fijaron en la bronca en que se metían al desafiar al traficante del pueblo:

 

El narcotráfico por un lado y el cruce y la vida del inmigrante por el otro, son los dos rieles por los que se han deslizado las interpretaciones de los Tigres del Norte. "Vivan los mojados" representa la legitimación de un término que, como ya dijimos al comienzo, era completamente peyorativo y ahora señal de identidad. Si "Flaco" Jiménez y Eulalio González "Piporro" reivindican el término mojado, sin duda los Tigres del Norte son los que se encargan de volverlo continental: "Vivan todos los mojados/ los que ya van emigrar..." En otra canción, Los Tigres distinguen entre el mexicano saqueador y aquel que se ve obligado a emigrar; enfaticemos: a la gran mayoría de los mexicanos les hubiese gustado quedarse allá, y por eso se siguen sintiendo ligados a Huejuquilla, a Moroleón, a Iguala... "Mientras los ricos se van para el extranjero/ para esconder su dinero y por Europa pasear/  Los campesinos que venimos de mojados/ casi todo se los enviamos/ a los que quedan allá..."

 

          “Y la línea divisoria es la tumba del mojado.”

 

                      "No me mueve mi Dios para cambiar de credo"

En Pilsen y en Chicago las practicas religiosas mudan de aspecto porque, es de suponerse, no hay visiones de lo eterno que duren por tiempo indefinido. Capilla que no es vista no es adorada, y si en Semana Santa los mexicanos en Chicago efectúan el velorio de Cristo, lo renacionalizan al volverlo parte de la familia. Y, como es notorio, sin la teatralización los cultos religiosos por así decirlo “se academizan”. Describen los autores:

 

Otra presencia muy visible es la realización de los Viacrucis. Hasta ahora se tienen registrados más de tres decenas de Viacrucis en Chicago. El Viacrucis de la calle Dieciocho, el barrio de Pilsen, es el más antiguo (inició en 1977) y ha logrado congregar en los últimos años a más de diez mil personas... El 2 de noviembre, Día de los Muertos, es un día que pasa desapercibido entre los católicos de Chicago. Desde la visión protestante ―compartida por el catolicismo de este país―, el cementerio no es el lugar donde reposan los muertos. El alma nunca se halla tres metros bajo tierra. En cambio, para el católico mexicano los muertos descansan en el cementerio y por lo menos el dos de noviembre también esta ahí. Quiza este factor sea uno más de los que hacen que el grueso de los inmigrantes envíen a sus difuntos a su lugar de origen.

¿Qué se le pide al Cielo? Estabilidad económica y social, salud, empleo, favores para la familia, ayuda para reparar la injusticia gravísima (o no se cometió el delito o no era la intención cometerlo), claridad en la confusión (“¿Me regreso ahorita mismo o me quedo?”), confusión en la claridad (“Si la paso tan mal ¿porque no quiero volver?”). ¡Ay, las rogativas!

Es curioso que las vírgenes y los santos milagrosos a los que el inmigrante más se encomienda y agradece por medio de retablos sean los regionales. En el estudio de Durand y Massey, la Virgen de Guadalupe ocupa el noveno lugar junto a la Virgen de Zapopan y San Martín de Porres. La imagen que ocupa el primer lugar (con 49. 6% de retablos dedicados) es la de la Virgen de San Juan de los Lagos, considerada por muchos como la patrona de los inmigrantes. La Virgen de Guadalupe, más que milagrosa, es quizás la realidad más remota y fascinante de esta entidad que se autonombra mexicana. Por eso no intercede por el inmigrante: es parte de su identidad.

 

*                        *                       *

La Conversión. Dejar la fe de abuelos y padres, y luego internarse en los vericuetos de la interpretación bíblica, y de cuando en cuando retener imágenes católicas en pleno vuelo del sincretismo. Zatarain y Dorantes citan el ejemplo de la Iglesia Metodista Unida Adalberto, en las calles de Milwaukee y División, de Chicago, fundada en 1996, cuyos integrantes pertenecían al templo católico San Estanislao. A principio de la década de 1990 los feligreses le solicitan al párroco su ayuda para detener la política de desplazamientos de los developers, apoyados por el alcalde. El clérigo no les hace caso y, además, los exaspera al negarles el agua bendita con que lavar la esquina donde había muerto asesinado uno de sus jóvenes. Él justifica su rechazo: era un pandillero. El grupo le pide al reverendo metodista Franklin Guerrero, que bendiga el agua con qué limpiar la esquina. Él accede accede y al oír sus protestas, los invita a fundar un nuevo templo en donde, sin embargo, se mantiene una imagen de la Guadalupana.

La ola de conversiones a la fe evangélica y sus numerosas variantes, o a ninguna fe, o al New Age, corresponde a varios factores: la urgencia de las mujeres de frenar el alcoholismo de sus esposos o compañeros y la violencia intradoméstica; la gana de pertenecer a una comunidad más allá de la asistencia ritual a misa; el gusto por las experiencias emocionales (el caso del pentecostalismo, tan en auge); el deseo de empezar de nuevo en más de un sentido, y el afán de modernizarse (migrar es también revisar las convicciones propias y darle su oportunidad a las renovaciones del alma).

En este orden de cosas es muy convincente la cita de Erich Fromm: “La persona se experimenta a sí misma como un extraño”, y esto le corresponde en distintas etapas a los campesinos, los migrantes, los obreros que fueron jornaleros, los norteamericanos de primera generación. Y “el extraño” que recién habita en estas personas, reexamina su fe y la mantiene o acude cada semana al pequeño templo y a los dos años ya es diácono o participa en el coro de la iglesia, y lee la Biblia por vez primera y busca evangelizar quizás para que sus convicciones se ocupen de algo y no anden tan ociosas. Y si quiere confesarse lo hace en voz alta, ante la congregación.

 

“Ya dénme chance de hablar en inglés”

Los migrantes de primera o segunda generación viven en el cotejo permanente de sus experiencias. Lo reconozcan o no, comparan a diario sus recuerdos con los de sus padres y, de modo invariable, adquieren la mirada del extraño, no del extranjero sino del que partió con tal de retornar irreconocible.

Según Zatarian y Dorantes, cada migrante o la  migrante es en sí mismo un pueblo, pero presumiblemente, lo es también el que no o la que no los acompañó en el viaje, y que, con otras palabras, teme representar el apotegma de William Blake: "No esperes sino veneno de las aguas estancadas". Cada migrante un pueblo..., y ese conglomerado de una sola persona vive pendiente de sus cambios internos y externos, y si no hay tal cosa como la metamorfosis inadvertida, certifica a diario la suerte de sus rasgos. A fin de cuentas, se es lo que es y ya me entendiste, ¿no? Y el idioma es un mundo aparte. Los autores lo señalan: "en el hogar el español y el inglés poco a poco van distanciando a las dos generaciones, como si en la torre americana 'el castigo' se diera al interior del hogar". El pacto lingüístico modifica lo esencial de la familia. O, más precisamente:

A pesar de que la primera lengua de los hijos es el español, el inglés se va volviendo su lengua "madre". Por su parte, el hijo hereda de sus padres la idea de que el inglés es la puerta de entrada al mundo estadounidense y la idea de que el español lo estigmatiza… Por eso, después de algunos años, los hijos optan por hablarles a sus padres en inglés y otros más en spanglish pero con la sintaxis del inglés salpicado de expresiones y de palabras en español que les vienen de la infancia.

  Aunque parezca obvio, es bueno recordar que el hijo del inmigrante ya no es inmigrante. Pero entonces, ¿cuál es la patria del hijo?

 

* * *

Las crónicas/ensayos de Febronio Zatarain y Raúl Dorantes ejemplifican con lucidez y destreza la mirada crítica sobre el proceso migratorio, hoy parte central de la vida de México.

 

___________

El presente texto es el prólogo escrito por Carlos Monsiváis para el libro ...Y nos Vinimos de Mojados. Cultura Mexicana en Chicago de Raúl Dorantes y Febronio Zatarain. Editado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en 2007.

Agradecemos a Raúl Dorantes su generosidad para autorizarnos publicar este texto en Huellas Mexicanas.

 

 
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