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La reforma migratoria y los que nos quedamos por acá

por Marco Vinicio González Última modificación 29/07/2009 09:05

Mucha tinta se ha vertido sobre el tema de la reforma migratoria. Sin embargo, poco se ha pensado sobre dicho tema, desde la perspectiva del ciudadano.

La reforma migratoria y los que nos quedamos por acá

Marco Vinicio González

Mucha tinta se ha vertido sobre el tema de la reforma migratoria. Sin embargo, poco se ha pensado sobre dicho tema desde la perspectiva del ciudadano. Los análisis, convertidos la mayoría de las veces en lamento, se han vuelto cansones. Con demasiada frecuencia se culpa lo que Obama y/o su equipo, los republicanos o los demócratas, la policía, la migra, Lou Dobbs, etcétera, hacen o deshacen. Rara vez se habla de lo que hace (mejor dicho, no hace) el inmigrante indocumentado y sus defensores, más allá de los anuncios de su liderazgo -tantas veces de tintero, y otras bien intencionado, pero de todas maneras insuficiente. Parece que vivimos la nostalgia del caudillismo, sólo que sin caudillos; y qué bueno que así sea. No podemos seguir pensando que papá Obama va a venir a salvarnos. Los mexicanos hemos sido propensos (Hidalgo, Zapata, Cárdenas, y hasta el patético Peje) a esta caduca conducta colectiva.

Con excepción de un par de nuevas campañas que han aparecido por ahí, impulsadas por algunos grupos de abogacía pro inmigrante que están finalmente incorporando tecnología moderna (telefónica, mensajes de texto, twitters y correos electrónicos) para intentar movilizar al inmigrante en este país, con relativo éxito, lo demás han sido convocatorias fallidas y deslucidas, por las razones que se quieran, con pusilánimes marchas y manifestaciones callejeras (salvo la de 2006). Pero usar herramientas de presión política efectivas, como lo han sido para otros grupos sociales (blancos y negros), sigue siendo algo lejano. Es decir, cartas y telefonazos, visitas a las oficinas y correos que copen verdaderamente las líneas de los congresistas, pero no de los legisladores que se sabe de antemano convencidos, sino de los que no sólo no lo están sino que además detestan a los inmigrantes. Alguien dijo por ahí alguna vez que es a la rueda que chilla más a la que hay que ponerle aceite. Se calcula que por cada llamada que hace un inmigrante latino a su representante político para demandar una reforma migratoria (y aquí hay que señalar a los mexicanos principalmente, pues en números y tal vez en antigüedad también somos superiores a otros grupos nacionales), los angloamericanos hacen por lo menos 25. ¡Así no se va a poder! Más allá de  las injusticias, la política funciona así: tú llamas a tu congresista y depende de la presión que ejerzas, que descansa en el volumen de llamadas de sus electores, te hacen caso o no.

No. No queremos que Obama o el gobierno resuelva la reforma migratoria a solas, porque no lo van a hacer; y si lo hacen, cuando lo hagan, va ser de la manera como el establecimiento desea, lo que seguramente no nos va a convenir. Somos nosotros los que debemos impulsarla y darle contenido a esa reforma, asumiendo nuestra mayoría de edad, ayudando a los artífices de la misma –en este caso Obama- con acciones y movilizaciones efectivas y prácticas políticamente hablando. Es decir, debemos convertirnos en ciudadanos incluso sin tener la ciudadanía. Es una cuestión de mentalidad. Cierto, es también asunto de cultura política, lo que vuelve el tema en un asunto un poco más peliagudo. Porque hay que recordar que el grueso de la migración, provenga de donde provenga en el mundo, suele ser en su mayor parte la población de bajos ingresos económicos, y por ende de más bajos niveles de educación formal y política. Se entiende que muchos en México piensen, ¿por qué debo involucrarme en la cultura política del sistema en mi país si mi voto a fin de cuentas no cuenta? Y si allá en mi país no cuenta, ¿por qué va a contar en este país, donde soy poco menos que nadie?

Dicha percepción de la realidad social y política se puede convertir entonces en un verdadero problema. Porque comenzaríamos a vivir la vida como si estuviéramos montados en un taxi. Como decía Chuchú, un desaparecido poeta panameño muy querido-, a propósito de una situación más existencial. Es decir, sin importarnos nada más que el taxímetro, siempre en una situación transitoria, temporal. Y para mí, ¡este es el meollo del asunto! ¿Por qué no pensar que estamos aquí, y que es aquí donde nos interesa hacer cambios que nos beneficien?

Quiero mencionar brevemente una cuestión relativa -quizás- a muy poca gente, que en el caso de los mexicanos en Estados Unidos siempre será de todas maneras a cerca de muchos; por aquello de nuestra generosa demografía. Se trata de quienes como yo venimos a este país, aun por distintas razones, y de pronto hallamos que nos vamos a quedar aquí. No siempre es una decisión. A veces, simplemente las circunstancias nos obligan, y por lo general llegar a esta conclusión toma su tiempo. Seguro que luego podremos hablar más sobre esto. Consignemos nada más por el momento los hijos nacidos en este país; los amores (si somos afortunados), el trabajo, los amigos… La vida cotidiana. No puedo hablar sobre este tema con pretensiones científicas, porque mi comentario sólo está basado en mi experiencia personal; eso sí, empírica, y no obstante quiero someterlo a consideración. Mejor dicho a discusión.

Resulta que estando ya en este país vivimos la mayor parte del tiempo pensando que nada más juntamos algo de dinero, el suficiente como para hacer una casa en nuestro país de origen -aunque luego ni la podamos habitar, pues estamos acá casi todo el año-, y ya con los bolsillos repletos regresarnos a casa, a la tierra prometida. ¿Guest what? ¡No siempre hay tal cosa! No hay pretensión  más vana que esta (recuérdese que esto es siempre desde mi perspectiva personal). Pues resulta que no nos vamos a ningún lado. Que Aquí nos quedamos. Que nos acomodamos al salario, al estilo de vida de aquí, a los autos grandes y amplios (aunque gastalones), nos enamoramos (otra vez, sólo para los afortunados), tenemos hijos, responsabilidades –tarde o temprano-, y nos quedamos aquí, pues. Entonces, seguir pensando que nos regresamos a “casa”y luego nomás no nos regresamos, esto sólo frena nuestro desarrollo. Porque, ¿para qué invertir todo mi tiempo o echarle todas las ganas a alguna empresa en este país si al fin y al cabo ya mero me voy de regreso al terruño? Y a lo mejor sí me voy, pero dentro de 30 0 40 años, a vivir la vejez, a morir parra que no me vayan a enterrar lejos de casa. México lindo y querido….

Este es el ángulo del fenómeno de la migración que me interesa señalar; un asunto para nada novedoso, que sin embargo para mí representa la problemática de un segmento importante de la población inmigrante en este país, que topo a diario en el ámbito de mi trabajo profesional.

En este sentido, auspiciar la nostálgica idea del caudillo es, por decir lo menos, ¡retrógrado! Hay, es cierto, mucho qué discutir sobre esto.  ¡Hagámoslo, pues!

Mientras tanto, estamos aquí con la mente puesta a tres mil millas –o más- del punto de procedencia. Y si seguimos así, las cosas van a ser más difícil. En este país, con todo y sus injusticias e imperfecciones, el sistema se puede navegar. Y si sabes navegarlo, sufres menos. ¿Dónde no sufres?

Muchas cosas podrían cambiar si en efecto se realiza una reforma al sistema de migración de este país. Y aunque parece dudoso, esto podría suceder. La cuestión es ¡¿cuándo?! Se ha creado una falsa percepción sobre la presunta fatalidad que significa el hecho de que se hayan cambiado varias veces las fechas originalmente planeadas para el arranque de las discusiones formales sobre dicha reforma, prometida por Obama. Sin embargo, cuando pensamos en la transformación de la Constitución Política de cualquier país, ni diez ni 20 años resultan suficientes o demasiados, como decía Gardel; porque se va a tratar de una ley que va a regir el asunto de la migración en lo sucesivo. Y no hay nada en el horizonte que aliente la idea de que la migración de sur a norte va a cesar, así es que no hay por qué sorprenderse de que la cosa tome su tiempo. Después de todo, ¿que son 30 o 40 años –y los intentos formales de reforma llevan menos tiempo que esto-, en términos de los procesos históricos de una nación?

En tanto, ya estando aquí, la dinámica del salario, la vivienda, le educación y la alimentación, el seguro médico, ¡los impuestos!, son dardos que aguijonan la vida cotidiana. Pero con frecuencia hay formas más o menos posibles de bregar con ello. Esto -¡claro!-, sabiendo cómo hacerlo. ¿Y por qué no aspirar saberlo, si llevamos 20 años o más en este país? Y lo mismo pasa con aprender el idioma.

Desde luego que se pueden conocer y dominar dichas reglas del juego. Lo primero que hay que hacer es aprenderlas. Eso significa enterarse de lo que pasa en la vida pública de este país. Esto es, a través de la TV, los periódicos, el radio y otros medios, siempre y cuando se tenga la voluntad y el tiempo disponible para leer, aprender o enterarse; siempre y cuando se tenga una casa, un televisor, un refrigerador con todo y bistec, etcétera, se puede uno enterar de cómo se rifa la vida por estos lares. Después de todo, tenemos tiempo para ver futbol, la telenovela de turno preferida, la infame programación de la televisión en español (no es que la que se transmite en inglés esté mejor).

Esto desde luego requiere de algunos sacrificios, y uno de ellos es un ejercicio de desprendimiento de lo que ocurre en México, de lo que no es fundamental, como los cambios en las leyes de propiedad de la tierra, por ejemplo, el salario, las políticas de inversión en el campo, la migración, los procesos electorales, pero sólo a aquellos que tienen que ver con el voto en el exterior y la posibilidad de tener candidatos migrantes que nos representen en México; porque los partidos que rigen la vida política en nuestro querido país son una auténtica e inútil porquería, y con excepción de los zapatistas, algunas comunidades indígenas y movimientos sociales regionales, la sociedad civil, bien gracias. Y este tiempo liberado, dedicarlo a aprender quiénes son nuestros representantes políticos aquí, su historia en función de los temas que apoyan o no, la manera como votan sobre los asuntos que nos afectan más directamente; las leyes, las prohibiciones, los programas oficiales que pueden significar un beneficio para nosotros y nuestros hijos, en el terreno de la educación, la salud, la vivienda, etc. Y también usar este tiempo liberado para participar en la vida comunitaria. Porque fíjense, no se tiene que ser ciudadano (hablo de tener papeles migratorios legales en este país) para formar parte de las mesas directivas en las escuelas de nuestros hijos, o de las juntas comunales para bregar con los asuntos del vecindario; ni tampoco para levantar el teléfono y someter una queja o hacer presión en la oficina de nuestro represente electo. Y a esto es a lo que llamo yo asumir una actitud ciudadana.

Desde luego que somos los más marginados de la sociedad y una montaña de cosas nos convierte en los más vulnerables (me refiero a los indocumentados, con los que no me comparo porque yo soy residente legal; y aunque fui indocumentado por más de diez años no pretendo ponerme a la misma altura moral, pues además puedo decir que cuento con algunos privilegios de clase). Pero ¿apoco no?, en México también a los pobres, a los campesinos, y no se diga los indígenas, que son los más vilipendiados, explotados y  despreciados, se les vulneran los derechos civiles y humanos de manera sistemática, no sólo por parte de las autoridades mexicanas sino también por la sociedad civil. Una muestra es el desprecio hacia el naco, el negro, el pobre. Y estos son la mayoría de los inmigrantes que andan por acá.

Así que yo invito al lector (a) y a los propios ‘bloguistas’ que comparten este mismo espacio a que pensemos por un momento en este sector inmigrante, que lo más seguro es que ya nos vamos aquedar por acá; y si no lo hacemos nosotros, lo harán nuestros hijos y nietos. ¿Qué les parece?

Nueva York/San Diego

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