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La rabia y el desencanto: el primero de mayo en Nueva York

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 21/05/2009 22:55

Bajo un fuerte aguacero, que a ratos pareció un diluvio, los mexicanos marcharon por las calles de la ciudad de Nueva York. Fue este, un lluvioso primero de mayo. Caminaron con el clima en contra, casi siempre en contra.

La rabia y el desencanto: el primero de mayo en Nueva York

Rodolfo Hernández Corchado

Bajo un fuerte aguacero, que a ratos pareció un diluvio, los mexicanos marcharon por las calles de la ciudad de Nueva York. Fue este, un lluvioso primero de mayo. Caminaron con el clima en contra, casi siempre en contra. Muy pocos asistieron. Algunos, tal vez, porque buscaban el trabajo tan escaso en la ciudad. La “chamba”, o “el jale” está escaso y por la crisis, “Nueva York ya no es como antes, ya no se encuentra trabajo como antes”. Esta ocasión, Broadway no se desbordó de migrantes como en el 2006, y muy pocos mexicanos asistieron al acto convocado por la Coalición del Primero de Mayo. ¿En dónde estuvieron las organizaciones mexicanas este primero de mayo? ¿En dónde quedó su convocatoria para salir a las calles y exigir una reforma migratoria?
      Hubo quienes marcharon sin ser convocados por alguna organización. Nadie los convocó; marcharon solitarios o en grupos. Otros simplemente prefirieron no asistir. Salir a la calle había perdido el significado que tuvo en el 2006. Su significado se había desvanecido paulatinamente en los últimos tres años. Para algunos mexicanos, las organizaciones crearon una expectativa que han dejado de cumplir. Para quienes marcharon sin ser convocados, sin pasar lista; el primero de mayo no sólo sirvió para exigir una reforma migratoria, el cese a las redadas, la discriminación, el racismo y la explotación en el trabajo. Sin dar nombres de las organizaciones, los mexicanos reclaman también que los llamados líderes buscan sobresalir, organizar sin organizar, y dejan sin resolver los problemas de las comunidades de migrantes mexicanos en sus barrios y lugares de trabajo. Hacen política –mucha- a fuerza de alejar a los mexicanos de la política, a fuerza de reforzar el desencanto en ésta.
      A las organizaciones las consideran como proveedoras de servicios, de su dependencia al dinero de las fundaciones y del dinero que los migrantes pagan por los servicios que éstas les ofrecen. En Nueva York casi todo se pone en venta. ¿Todo y todos tienen un precio? ¿Es ese el único camino que tienen las organizaciones? Así las cosas. En un restaurante mexicano de tacos, o pollos rostizados se puede encontrar un volante que ofrece cursos de inglés o computación. Con el dinero de por medio, la desconfianza llega. ¿Será que la desconfianza se vio el primero de mayo? 
     Los mexicanos, provenientes de una nación fundada en el atraco como forma de gobernar y de hacer política, crean los mitos y rumores que dan cuenta del decir y el hacer de las organizaciones mexicanas en Nueva York. En esta ciudad, surgen los mitos que corren desde Brooklyn hasta el Bronx y que narran las historias de corrupción, de clientelismo, de los odios mutuos de los llamados líderes y sus organizaciones. También cuentan, sin duda, las luchas de algunas de ellas, pero éstas terminan siendo opacadas.  Muy poco se prueba, pero eso no inhibe que los rumores se cuenten una y otra vez, transformándose, cambiando de personajes, de condado. Los rumores crecen conforme crece la migración masiva a partir del despoblamiento de un país fundado en el atraco primigenio, un atraco sostenido, sin cuartel y sin tregua que sorprendentemente todavía da para construir ranchos, partenones, colinas del perro, puntas diamantes y de paso ofrecer a los mexicanos su “vocho, tele y changarro”. Un país en donde la elite gobernante sigue afirmando hasta el infinito que expulsar mexicanos del país es una ventaja comparativa, especie de destino manifiesto dependiente.
Sin duda hay muchas organizaciones mexicanas y llamadas latinas que trabajan con poco, trabajan mucho y tienen todo o casi todo en contra. ¿Pero será que las historias reales y ficticias sobre el hacer y deshacer de los líderes y sus organizaciones en esta ciudad ha pesado en el animo de los mexicanos? ¿Acaso algunas de las organizaciones mexicanas han contribuido a la misma desorganización política de los mexicanos en Nueva York, a su desilusión en las formas de participación colectiva?
      Esta vez hubo pocos asistentes a la marcha. No llenaron Union Square, ni Broadway. La ciudad, de tan poquísimos asistentes que eran, parecía tan grande. El ruido de los autos y del aguacero callaba sus gritos. Si hubo muy pocos, pero que nadie se engañe. Aquí abajo en el México Profundo, migrado a fuerza de imponerse la exclusión en México, no existe ni apatía ni desinterés. Si existe, sin embargo, una rabia contenida, un hartazgo de la política hasta ahora conocida en México y que también migra a Nueva York. Detrás de esa aparente apatía y desorganización reflejada en la escasa asistencia del primero de mayo, los jóvenes mexicanos en esta ciudad imaginan y crean sus propias formas de participación política colectiva y organizativa. Aquí no funcionan, ni se necesitan las direcciones, ni las mesas directivas. No hay tesoreros (tampoco hay dineros que guardar), ni secretarios. Tampoco se llenan infinitas solicitudes para pedir financiamiento (¿quién lo daría?), no se ofrecen servicios, y hay más de uno que todavía después de estar colgado todo el día en el “scaffo”, tiene la energía para irse a tocar en su banda de rock. Otros lo hacen al revés: tocan en su banda de rock por la noche, y por la mañana viajan tomando un barco de Staten Island a Manhattan, en donde trabajan en un restaurante como cocineros o lavaplatos.
      Ahí nadie convoca a marchar, ni pasa lista, ni cobra una cuota. Tal vez por eso, una madrugada un oriundo del vecino condado de Neza, me dijo durante una celebración y después de haber bebido una cantidad considerable de cerveza: “Estamos los que estamos. No somos todos, pero estamos los que estamos”. Después de repetir su frase varias veces, me sugirió que la anotara. No la anoté (no llevaba en donde), pero en cambio le aseguré que si la cruda me lo permitía, la anotaría al día siguiente.
En las marchas migrantes del primero de Mayo, se puede expresar lo mejor de la tradición de lucha social y trabajadora en México y Estados Unidos, pero también puede aparecer lo más negativo de la forma de hacer política. Detrás de esa aparente indiferencia, están otras formas de participación gestándose lentamente en los barrios donde viven los mexicanos en Nueva York: en el East Harlem, en Sunset Park, en Jackson Heights. Está en la formación de colectivos autogestivos, en donde la solución a los problemas vendrá no de los servicios que ofrezca una organización, sino de la participación voluntaria: “de los que estamos”. Otros migrantes mexicanos, por ejemplo, luchan y se organizan en contra del alza de cuotas en la City University of New Cork, universidad pública. Acá los mexicanos se identifican como trostkistas (“los trostkos” o toscos), andan también los comunistas;  los squatters, en un país en donde la gente es expulsada de sus casas. Los anarquistas mexicanos no son especie en extinción en esta ciudad. Hasta acá ha llegado Flores Magón, y las biografías de Durruti pasan de mano en mano. Los músicos mexicanos reivindican la música como un instrumento de resistencia. El hip hop mexicano, con influencias de Víctor Jara y de Amparo Montes, denuncia el racismo o la explotación en el trabajo. Las letras no sólo se nutren de la experiencia como migrante, sino también de ese racismo rancio que existe en México y la Montaña de Guerrero de donde provienen muchos jóvenes.  El zapatismo aparece pintado en murales en el East Harlem, y los chavos graffiteros pintan clandestinamente en los túneles del metro que conecta Manhattan y Brooklyn. La clandestinidad está a “flor de túnel”, pues el graffiti es clandestino o “nomás no es”, dicen.
     Abajo, no se busca ni la asistencia del Estado, ni la membresía a una organización. Se busca sobrevivir, pero sobre todo, se busca con los propios medios, la posibilidad de encontrar otras formas de acción colectiva o renovar las existentes. Ese primero de mayo, mientras los asistentes marchaban por Broadway, un chavo veinteañero y con pasamontañas bailaba ska en Union Square. Bailaba en medio de un aguacero interminable que para él era como una llovizna. Abajo, en medio de ese otro aguacero que puede ser la crisis o el hartazgo de las formas de hacer política en Nueva York, los chavos mexicanos, migrantes, pelean de las formas más asombrosas y más contradictorias también, pero sin embargo pelean.




Acciones de Documento

Buena crónica

Enviado por Jaime García en 16:27
Maestrazo. Buena crónica del acontecer cotidiano, en un día mundial de reivindicación... Vientos

Sobre las organizaciones

Enviado por Alejandra Castaneda en 13:29
que te puedo decir...aunque no conozco a las organizaciones en Nueva York pareciera una transposicion de lo que sucede en Mexico sin mediacion alguna....muy ilustrativo sin duda.....
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