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La oleada juvenil: jóvenes migrantes en Estados Unidos.

por Tania Cruz Salazar Última modificación 27/04/2011 10:08

La migración juvenil internacional cuenta con poderosas representaciones con las que los jóvenes migrantes dialogan antes de salir y durante su estancia en los EEUU. Los arrastres culturales que estos jóvenes presentan y cómo esto impacta en sus comunidades de origen está aún por descifrarse. El consumo cultural y los nuevos estilos insertan a la población juvenil migrante en particulares transiciones a la adultez que definen no sólo sus trayectorias migrantes sino sus biografías.

 

Parte I.

 

Ir al norte, visitar el norte, soñar con el norte es ya una práctica frecuente de las generaciones actuales de mexicanos. El atuendo norteño, los acentos del español ‘pocho’, las melodías con líricas en torno al ‘mojado’ y ‘el narcotráfico’ son sólo algunas imágenes insertadas en la cotidianidad mexicana. La cultura de la migración revela la conciencia que los jóvenes generan sobre sus posiciones sociales y sus expectativas de futuro. Son jóvenes y adolescentes que experimentaron el cruce indocumentado entre los 12 y los 26 años, que viajaron solos o con algún conocido y que en su mayoría tienen experiencias directas e indirectas con la migración nacional de corte inter-estatal. El traslado y la estancia irregular les ha representado una inversión para el futuro (de ellos y los suyos) ya que su salida está planteada como el posible ascenso social.

 

De los 25 millones de jóvenes mexicanos 7 millones son los que no estudian ni trabajan. De éstos, un buen porcentaje se separa de los ahora conocidos ‘ninis’ porque encuentra su salida en la migración. Esto evidencia las reducidas posibilidades que tienen los jóvenes mexicanos para ingresar al espacio educativo (2 de cada 10) y los inexistentes espacios laborales que podrían absorberlos. Este desaprovecho del bono demográfico actual, habla de una generación perdida que sienta los precedentes para las venideras. La generación juvenil mexicana ha capitalizado a la experiencia migratoria a partir de sus significados que orientan un sentido común y compartido del México actual en donde se vive una oleada de incertidumbres, exclusiones, violencias y transiciones vulnerables.

 

La población juvenil que ‘se va’ a otros países lo hace porque también su futuro ‘se ha ido’, incluso antes de que ellos consideraran su partida. El descrédito a las instituciones --sean de cualquier tipo--, ha incorporado un desmembramiento social que no permite a los jóvenes relacionarse, demandar derechos o crear oportunidades. La desconfianza, la apatía, la oferta delincuencial, la presencia del narcotráfico, la pobreza y el desempleo están pintando panoramas desalentadores y estos jóvenes están ¡hartos! porque saben que su “futuro ya fue” como dijera Valenzuela Arce.

 

Es en este paisaje que muchos jóvenes salen del país con rumbo ‘al norte’ directo a esa nebulosa idea que los retornados y las imágenes televisivas, radiofónicas, virtuales y demás han alimentado en las comunidades de origen. Se van soñando conocer esos rascacielos, ilusionados por ganar muchos billetes verdes, animados por otros que están ‘allá’ y que los invitan a aventurarse. Algunos no le dicen a la mamá que se irán porque esto es muy doloroso, otros se van sin permiso y a los que bien les va se van con la bendición de los familiares. 

 

Irse a 'crecer a los EEUU' tiene implicaciones socioculturales importantes porque las subjetividades emergentes en este proceso tienden a ser decididamente liminales...

 

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Parte II.

 

La migración juvenil de chiapanecos a Estados Unidos no sólo se ha intensificado en la última década sino se ha diversificado provocando cambios significativos a nivel comunitario en las dimensiones sociales y culturales. 4 de cada 10 migrantes varones son adolescentes o jóvenes con un promedio de edad de 24 años. Las nuevas generaciones están creciendo con las representaciones de la migración internacional que además de ser una necesidad se ha vuelto una moda. A finales de la década de los noventa y principios del dos mil, no sólo los jóvenes ladinos sino los jóvenes indígenas de los Altos, de la Selva y del Soconusco han tomado el camino hacia el norte.  Jóvenes zapatistas de Las Cañadas, jóvenes tseltales Xut, jóvenes mayas lacandones, jóvenes cargueros tsotsiles han salido y siguen saliendo a probar la aventura de la migración. Con permiso o no de su comunidad vienen los jóvenes indígenas tanto a la costa Este como a la Oeste estadounidense para emplearse en los campos agrícolas o bien para trabajar en el sector servicios. Regularmente su proyecto está planteado por dos o tres años para luego volver a Chiapas. Aunque muchas veces este plan es alterado por la misma cotidianidad absorbente que pospone uno y otro año más su regreso.

 

Los jóvenes que se quedan han visto como algunos regresan. “Regresan gordos y bien vestidos, con dólares que, después de unos meses se les acaba, como los zapatos que traen pues no sirven para andar en la montaña”. Es común que el retornado invite los tragos a todos sus cuates de la comunidad durante una semana. Con estilo norteño o con estilo rapero, los chiapanecos que ‘en el gabacho’ estuvieron han alimentado esa nueva noción de éxito. Comprar una casa, un terreno, un auto, poner un negocio son algunas metas que varios jóvenes de las comunidades han alcanzado a los 20 años.

 

Con las experiencias migratorias de los jóvenes indígenas chiapanecos vienen nuevos aprendizajes que están imponiéndose incluso en sus localidades de origen. Bailar quebradita, reggeton, hablar tseltal-tsotsil-spanglish, navegar en el Internet, desposar a mujeres fuereñas, dejar de trabajar la tierra, el gusto por otras comidas y sobre todo, el interés por sostener sus niveles de consumo cultural y simbólico.

 

El traslado indocumentado revela biografías juveniles particulares que invitan a discutir sobre estas juventudes emergentes. Las previas situaciones de restricción y exclusión social determinan los patrones biográficos de estos jóvenes así como sus trayectorias migratorias.

 

Dicho así, el transitar humano no sólo refiere a una movilidad física sino existencial. Pasar de niño a joven de joven a adulto de adulto a senil significa mudarse de identidad constantemente. En estos procesos se encuentran anclados muchos desconocimientos que se recrudecen en el momento del ‘pase’ hacia otra etapa, edad, rol, cargo, estatus. Estos períodos son por definición liminales e inestables, condensan múltiples estadios de vulnerabilidad. Al migrar estos ‘pases’ se transforman e insertan a sus protagonistas en dinámicas completamente innovadoras.

 

Ser joven no al modo estadounidense ni al modo mexicano sugiere modelo novedosos y altamente flexibles del ser joven. Los jóvenes indígenas chiapanecos han conformado ya una cultura juvenil migrante que tiene

 

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