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Marginal...

por Juan Carlos Narváez Gutiérrez Última modificación 16/08/2010 15:03

Homeboys: Los Ángeles

Marginal...

Juan Carlos Narváez Gutiérrez

En ese momento estábamos Carlos, Lust y yo; los conocí en las calles de la Olympic Boulevard y Pico Union; jueves, seis de la tarde, el sol de California aún nos iluminaba a los tres, nos llenaba de luz; Carlos, vestido con una T-shirt blanca y bermuda negra, me dijo: yo en un rato los alcanzo en el apartamento, voy  con unos panas aquí abajo. Ya llevaba todo el día ahí, regresar a Tijuana manejando esa noche no era opción; decidí quedarme con él y Lust a pasar la tarde y la noche.
Ya en mi auto, tomamos el freeway 10 rumbo a Long Beach, paramos en un Seven Eleven, compramos dos cartones: 36 botes en total de cerveza Miller Lite; dos homeless negros en el parkeo me piden un dólar, Lust les dice: “Va fucking parias”, y les tira dos botes; retomamos la ruta, llegamos a Long Beach. En una calle Perry Farrel y Dave Navarro hablan y toman té, a su lado, un par de michoacanos de segunda generación beben un par cervezas Coors y no tienen idea de quiénes son Janes Adiction o Red Hot Chilli Peppers; sigo manejando: derecho, doblo a la izquierda, luego a la derecha y llego a un callejón, ahí, Lust me pide parar el auto, me pongo paranoico, Lust baja, toca en la puerta trasera de una bodega, abre un chica: morena, delgada, cabello negro y brazos tatuados, de reojo me mira por encima del hombro de Lust, entran, pasan cinco minutos. Lust sale muy sonriente, sube al auto, dice: gracias.
Llegamos luego a un edificio blanco olor a mar, Lust abre la puerta, colocamos los 34 botes en la nevera, ahí le pregunto: ¿y tú tienes papeles? Lust se ríe y dice:  “con lo que traemos en la backpack lo de menos es traer papeles”; en la bodega paramos a recoger un encargo de Carlos, dos kilos de marihuana, recién traída de Guerrero.
La noche se puso caliente, a las once de la noche regresó Carlos con un trofeo de fútbol, había jugado esa tarde la final del torneo de veteranos de la Calle 18: pandilla de la cual formaba parte.
El calor seguía, para la una de la mañana ya no había ni un bote, Lust salió por un cartón más y 50 dólares de polvo; el cuadro me traía a la mente escenas de Drugstore Cowboys sólo que sin Gus Van Sant observándonos, o Nadine y Diane semidesnudas y junkies; cuando Lust regresó trajo con él a otro par del barrio, y 100 dólares de polvo; en la habitación éramos: dos guanacos, un chilango, un chapín, y una sonorense; así nos seguimos hasta las siete de la mañana; sin dormir, salimos hacia la playa, nos tiramos toda la mañana con cervezas y limones, Carlos me contó la mitad de su vida, de cuántas veces entró y salió de la cárcel, de cómo fue que le pusieron el nickname de Pavito, de cómo lo brincaron, de su hija de cinco años, de su mujer, de su madre, de cuando era niño en Guatemala, de cuando lo deportaron y vivió en Playas de Tijuana; así nos acabamos una tarde más de viernes en Los Ángeles.
Medio año después Lust se fue para El Salvador y a Carlos lo deportaron a Guatemala; un año después a Carlos lo mataron en medio del barrio de su abuela: lo apuñalaron cuando  le vieron el XV3 tatuado en sus dedos.

 

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