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El rock de la Montaña, Guerrero en Nueva York (II)

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 05/01/2010 22:23

La vida en Tlapa iba de ida y vuelta, entre la escuela y la música, entre Tlapa y la Ciudad de México y el tianguis del Chopo, las tocadas de rock y el regreso al final del día a Guerrero.

El rock de la Montaña, Guerrero en Nueva York (II)

Rodolfo Hernández

Desplazados, enfermos, llevando la historia
La pobreza reina sin engañar la memoria
Acusados de ser la vergüenza de un país
Patarrajada (La Montaña)


“El punk y el rock no era una música de vicio, drogadicción y ruido”

La vida en Tlapa iba de ida y vuelta, entre la escuela y la música, entre Tlapa y la Ciudad de México y el tianguis del Chopo, las tocadas de rock y el regreso al final del día a Guerrero. La búsqueda de la música comunicaba a la Montaña y la ciudad de México. Amilcar recuerda que “estudiaba la secundaria  y en aquellos tiempos no tenía trabajo, mi papá se dedicaba a vender productos en diferentes partes de la región, y más que nada era estudiante de secundaria y aprendía pintura y teatro en una casa de cultura de la región incorporada a la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG).” A los 12 años se encontró con el rock de Botellita de Jeréz y posteriormente, su hermano llevaría a casa un disco de Luzbel: “y entonces me volví fanático de Luzbel”. Su compa, el ‘Cocol’, -al igual que sus primos quienes llegaban del Distrito Federal trayendo nueva música- compartiría con él varios de sus discos, y contribuyendo a ampliar ese viaje colectivo e interno. El de Amilcar, fue el viaje –no sólo físico- de muchos otros: “me doy cuenta de que varios chavos de mi pueblo que también les gustaba el rock y en diferentes barrios de Tlapa ya existía ese gusto”. La tribu, los cuates, los compas comienzan a organizarse para hacer el viaje cuando el sol aún no había salido y regresar con la noche: “varios compas nos organizábamos para hacer un viaje al Chopo. Llegábamos a San Lázaro después de un viaje de 13 horas, y aun así siempre estaba ansioso de ir al Chopo a comprar material. En una ocasión de esos viajes, hubo una “Razia”. Llegó la policía al Chopo para arrestar a los ‘pelones’ porque supuestamente se habían robado un banco, y ahí estaban los de ‘La banda rockera’ diciendo que ¡no se los llevaran!  Pero pues se los llevaban con violencia. Esos viajes eran de ida y vuelta porque no teníamos donde llegar,  y regularmente hasta dormíamos en la terminal de autobuses. Siempre éramos cuatro o cinco compas; y a veces nos íbamos a las tocadas de punk pero nunca las terminábamos por irnos a San Lázaro. De esta manera el Chopo influye  en mi persona, porque  logré tener contacto con los fanzines,  comenzamos a leer y a darnos cuenta de que el punk tenía otra visión  de lo que era el rock’n roll en México. Nos dimos cuenta de las situaciones políticas, sociales; y eso nos ayudó porque lo transportamos a mi pueblo. Después de eso, supe que a la gente le sirvió para crear sus propios fanzines y darse cuenta cual era la onda del punk y el rock; que no era una música de vicio, drogadicción y ruido, como dirían en mi pueblo y en todo México. En la escuela logré conocer algunos amigos que se contactaban con ‘La Voz de la Montaña’ una estación de radio de Tlapa, que transmite música y situación política cultural. Entonces nace la idea de crear un programa llamado ‘Arco iris’, que dio paso después al programa ‘Las otras bandas’ con la idea de pasar música con el material que habíamos logrado conseguir. Fuimos varios fundadores en el programa de radio:  José Manuel Parra “el Cocol” Ramiro Flores García,  Amaru Vivar, y yo”. 

Abogado con Notario

La historia del punk guerrense se cruzó con el anarquismo en la calle de Delancey, en el sur de Manhattan, en donde un edificio abandonado de oficinas de abogados y notarios fue ocupado por “squaters” y utilizado para organizar tocadas de punk. El lugar, bautizado como el ABC NO RIO, debe su nombre a las únicas letras sobrevivientes del letrero en la fachada del edificio en donde originalmente se podía leer: “Abogado con Notario”. A los abogados y los notarios los sucedieron los “squaters” y los punks. Los mexicanos entran en esta historia como squaters, ocupando y viviendo en el edificio y posteriormente participando políticamente en apoyo al Ejercito Zapatista de Liberación Nacional. A finales de 1992, Amilcar toca en ABC NO RIO con la banda de punk Huasipungo, banda considerada entre las más importantes del circuito punk en Estados Unidos.
    Si en Tlapa, Amilcar se inicia en el rock a través de un disco de Botellita de Jeréz, a los miembros de Huasipungo los conocerá cuando Sergio Arau (ex integrante de Botellita) tocó en un parque comunitario de la calle 145 en Manhattan. Recuerda Amilcar, que aquel día alguien le preguntó “que si no conocía a alguien que tocara batería, porque se iba a salir el actual baterista. Entonces sólo contesté: ¡yo toco batería!”. Con Huasipungo, banda de punk-hardcore HTM (hazlo tu mismo), Amilcar tocó durante seis años, hasta 1998. Durante ese periodo hicieron gira por Chicago, San Luis Missouri, Kentucky, Georgia, Boston, Maryland, y Philadelphia. Algunas de sus canciones están escritas en español (por él mismo) y grabaron el disco ‘Tiempos de Miseria y Lucha’. La diversidad nacional de los miembros de Huasipungo refleja el actual mapa de la migración latinoamericana a la ciudad y por la banda han pasado músicos de Perú, Colombia, México, Estados Unidos.
A finales de 1990, por medio de su amigo ‘el Maya’, Amilcar conoce a ‘el Monstruo’. En aquellos días, recuerda que “un compa de Oaxaca” (Mixtli, actual vocalista de Discordia) quería formar una banda. Él conocía a Mario y Armando (actual integrante de Radio Marginal), quienes tocaban la guitarra. Durante un concierto en ABC NO RIO, Amilcar conoce a “el Roles” (actual bajista de Discordia y miembro del colectivo Reaktor) y lo invita a formar parte de un nuevo proyecto: “Ya habíamos ensayado una vez. Creo que la primera vez estábamos ensayando una canción de los “Desviados”, y en aquella ocasión la alineación era: Mixtli (voz), Armando (guitarra) Mario (guitarra), el Monstruo (teclado), el Roles (bajo), y yo (batería). Al final, aunque ninguno nos conocíamos, fue algo chido porque ahí nos fuimos a conocer todos. Después ese proyecto se convirtió en banda y se llamó: Patarrajada -con un poco de sarcasmo a nuestra condición indígena y de migrantes indocumentados. Llegamos a hacer varias tocadas, entre ellas en La Peña del Bronx, en algún club del East Side, en el Teatro del Pueblo, alternamos con Bestia Negra que después se vuelve Demoniun. Tocamos varias veces en un sótano de la calle 117, alternando con algún sonidero, y también tocamos en el CBGB con otras bandas locales americanas.”

“Siempre seremos músicos que hablen de lo que pasa a su alrededor”

Durante tres años, Amilcar ha trabajado en la producción de su primer disco titulado ‘Mi Calle’ (2007. Discos San Juanito). Influenciado por el hip hop,  Amilcar explica que aunque ha sido músico punk “también tenía amigos afro americanos que escuchaban a raperos de aquí de Estados Unidos, e inclusive había bandas que mezclaban hard-core con hip hop, como Biohazard; pues estos dos géneros, casi van de la mano por la misma clase de gente, pues nace de la clase pobre estadounidense, por eso se combinan mucho. Siempre me gustó, aunque nunca lo reflejaba, pero si escuchaba bastante. Sus canciones hablan de la pobreza, el saqueo, la violencia, el racismo al que han sido sometidos los pueblos indios en México y región de la Montaña, origen profundo de la música que compone Amilcar: “La Montaña” está dedicada no solamente a el lugar de donde soy, sino a todas las comunidades indígenas de Latinoamérica que han quedado rezagadas y olvidadas, por la globalización.”

Mira para arriba en la Montaña
Si miras fijamente ella no te engaña
Marginados, enfermos, indios patarrajada
Despojados de la tierra, ahora no tienen nada
Chivos expiatorios de la tierra de narcos
Los que nunca tienen nada porque no son blancos
Huyes de la miseria, te vas a la ciudad
Cinturones de pobres creciendo más y más

Sube para arriba de la Montaña
Si miras fijamente ella no te engaña
Vigilados, enfermos y una guerra vieja
Un inocente muere y ya nunca regresa
Caminando distancias para ver un doctor
Los siglos han pasado y no se acaba el dolor
Cruzando las fronteras, perdiendo hasta la vida
Estadística más de la democracia jodida.

Pero en sus canciones, Amilcar retrata no sólo el lugar de origen, sino los barrios a donde migran los mexicanos, los barrios que forman y las nuevas formas de explotación, control político y discriminación a la que son sometidos muchos de ellos. Sus canciones surgen de una necesidad -también profunda como la miseria que acompaña a quienes abandonan la Montaña- en los barrios donde viven los mexicanos (East Harlem, Sunset Park, Jackson Heights, etcétera). La canción “Soledad Urbana”, responde a la alienación en que viven muchos trabajadores mexicanos indocumentados en la ciudad: “hay esa necesidad de comunicarse, de decir como se llevan las vidas de la sociedad mexicana que radica aquí, esa desigualdad que existe todavía aquí en Estados Unidos. Nosotros siempre seremos músicos underground que hablen de lo que pasa a su alrededor, la realidad, de los problemas que surgen en sus comunidades, en sus pueblos, o en su comunidad inmediata y comenzar a decirlo:

Alzas los puños, tu quieres gritar
Vivir de rodillas tu no lo quieres hacer
Aunque estés perdido no te dejas vencer
En la soledad tu fiel compañera, cuando todos se van, ella se queda
La ciudad es grande, tú lo sabes bien
Son cuatro paredes pintadas de miel.

“Yo quisiera regresar”

“Hay una división entre el rock y otros géneros, tal vez por la postura rockera, pero creo que en el arte de la música siempre hay que escuchar de todo un poco: rancheras, corridos, pop, etcétera. Se me torna aburrido enfocarme en un solo ritmo, como los corridos por ejemplo. A mí no me gusta el corrido moderno porque tiene una propuesta de letra muy auto-destructiva, y dentro de ese ambiente me he encontrado con jóvenes que están bien metidos en las drogas, gente que le gusta ese tipo de música y tiene una actitud muy violenta, como creerse matones. Eso para mí es demasiado triste porque lo veo y lo siento. Por ejemplo, cuando estoy cantando se me acercan y me piden cierta canción, o tal corrido y me ofrecen un “pase” o marihuana, o cervezas. Es triste verlo y saber que los grupos y las casas disqueras esten promoviendo eso. En cambio, somos acusados de que nuestra música es puro ruido, nos aislaron, nos dijeron basura, que no aporta nada a la sociedad, y en mi pueblo, este tipo de cultura del corrido, se está consumiendo a los jóvenes que la ven como una alternativa, como una salida. Y esta cultura va de la mano del nacionalismo y el orgullo del mexicanismo, que es donde atacan más, los jóvenes dicen: ‘soy mexicano, jodido y la chingada’, sacando las pistolas imaginarias al aire y disparando con cervezas en la otra mano. A México lo veo con demasiada tristeza, porque aquí en mi trabajo de cantar,  veo a la juventud sin ningún futuro, no hay futuro para los jóvenes mexicanos. Yo quisiera regresar y establecerme allá, pero no se de que voy a vivir allá. También tengo esa inseguridad. Para mí no existieron ni existirán fronteras, pero vivimos en una sociedad que está regida por el dinero, yo estoy viviendo aquí pero también aquí se vive al día. Esto no es como hace años en que Nueva York te ofrecía, un trabajo donde se podía hacer dinero y ahorrar y cambiar por otro que fuera mejor, aún siendo migrante. Esto se acabó. Hoy te encuentras trabajos mal pagados,  hay menos trabajos y hay redadas, y la situación cada vez se pone más mala.
Los jóvenes mexicanos que trabajan en los restaurantes, la construcción o las fábricas de Nueva York son los desechados de un sistema económico y político mexicano que lo único que les ha ofrecido como futuro en México es una banqueta para vender “fayuca” china, volverse sicario, o la miseria de la precariedad laboral en un empleo temporal y mal pagado o migrar a Estados Unidos y esclavizarse en “los trabajos que ni los negros quieren hacer”, como lo describiera de forma lamentable Vicente Fox, con toda la carga de racismo y clasismo.
El racismo y el clasismo con el que se ve a los migrantes mexicanos viene no sólo de la sociedad estadounidense. En México, hay también un profundo racismo y desprecio de clase hacia los migrantes mexicanos no reconocido, no aceptado. A fin de cuentas, son los desheredados del sistema, son “el peladaje”, “los paisas”, “la indiada”, los indios patarrajada ¿por qué podrían aspirar a ser algo distinto en Nueva York? La historia del rock mexicano y de la Montaña en Nueva York, va en contra de estas percepciones dominantes en ambos lados de la frontera, se mueve a contracorriente y muchas veces desde posiciones que aunque no hegemónicas reivindican el derecho de los migrantes mexicanos a vivir con dignidad no sólo en Estados Unidos, sino en México. El rock mexicano en Nueva York, dice Amilcar,  “va a influir en la generaciones venideras, los más jóvenes ahora mismo, poco a poco, y ojala algún día cambie para bien, porque parece que todos giramos y nos estamos cayendo a un hoyo”.

A Reaktor, con el corazón puesto en el futuro.

 

Este texto es una versión preliminar que aparecerá en el libro "Historia del rock mexicano en la ciudad de Nueva York", investigación en coautoria con Roles, bajista de la banda Discordia, y miembro del Colectivo autogestivo Reaktor. Una primera versión de la entrevista con Amilcar Serrano apareció en el número 5 del Fanzin Reaktor, publicado en la ciudad de Nueva York.

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