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El cuarto de los disturbios

por David Alberto Muñoz Última modificación 29/07/2010 13:13

La gente le decía Pancho, Pancho Pantera, Pancho Pistolas, Pancho Villa. Para el hombre de matiz blanco con semblante de acero y caminar altivo, no importaba. Francisco simplemente representaba esa imagen que muchos no quieren ver.

Su imagen cayó sobre el espejo roto que yacía en el cuarto de los disturbios.

 

Se preguntaba cómo era posible que el trato a seres humanos fuese tan ilógico, tan fuera de control, tan irracional.  Después de todo había sido él, y no su imagen el que había logrado traer las ideas a la mesa y puesto las columnas de la indiferencia detrás de los anchos bloques de la ironía.  Con cautela, su imagen había compenetrado las paredes del antiguo edificio, al grado de que el mismo aroma reflejaba su ente, su caminar, su mismo sentir, su tonta identidad.  A lo largo de los espejos caídos, esas imágenes que se perdían al igual que en un carnaval, donde el verse deforme es la intención, el propósito.  Una deformidad creada por otros seres que no pueden aceptar la otredad.   

 

Él se llamaba Francisco.  Nunca supo por qué, nunca quiso averiguarlo.  Jamás le enseñaron a ser lo que no era.  Por el contrario, creció con la tonta idea de ser igual a todos.  

 

—¡Qué ingenuos pueden ser los hombres, pensar que pueden ser como nosotros!

 

Su porte desprendía un aire de virrey.  Aunque claro, no era la finura de sus facciones morenas, el delicado cutis de una piel protegida en contra del dios sol, sino más bien la imposición del conquistador sobre la mente de todos aquellos que de alguna manera no son considerados capaces.  

 

—Pobrecito Francisco, por más que se bañe, nunca va a poder ser como yo.  Bueno, al menos lo está intentando.  He is a nice person.

 

Una noche despertó para descubrir que su imagen había caído sobre el espejo roto que yacía en el cuarto de los disturbios.  La gente le decía Pancho, Pancho Pantera, Pancho Pistolas, Pancho Villa.  Para el hombre de matiz blanco con semblante de acero y caminar altivo, no importaba.  Francisco simplemente representaba esa imagen que muchos no quieren ver.  Ese rostro moreno con tendencias indígenas.  Esa finura jamás comprendida por el ser que es bolillo sin dulce, azúcar blanca diluida con agua para dejar los estúpidos retratos tomados en el mall, donde te obsequian por una mínima cuota,  una imagen de glamour, donde ya no eres tú, sino más bien lo qué te gustaría ser, una estrella de Hollywood, un rostro café pintado de colores, al igual que un nativo preparado para la guerra, lleno de furia, pero vacío, sin sabor.  Pancho González Martínez López Moreno hijo del Popo, era el pensamiento angosto de aquel que no concibe exista la posibilidad de que el hombre inferior tenga capacidad alguna.

 

Y ¿por qué inferior?  Tanto sé nos ha dicho, que ya lo creemos.  Pancho no, por supuesto, él era simplemente un accidente de la vida, una imagen que había caído sobre el espejo roto que yacía en el cuarto de los disturbios.

 

Aquella noche no había podido dormir como de costumbre.  Los vientos se empeñaban en cantar su extraño cántico de desierto.  Hacer mucho ruido, mucho escándalo, pero sin dejar caer el agua.  Como la hembra seduce al varón, prometiendo placer de lecho mas sin cumplir.  Desnudando su cuerpo sin permitir tocar, incitando sin dejar palpar, provocando sin dar placer.  Ingrediente vivo, metáfora de vida, símbolo de fluidez y andar.  Los cielos estaban grises, amenazando una gran tormenta pero hasta ahí.  El cuarto de los disturbios permanecía cerrado.  A nadie le gustaba entrar, ya que una vez que entras, ya no puedes salir, quedas atrapado dentro de su fuerza, de su poder de descendencia divina.  Disturbios plasmados en las vidas que cantaban aquella noche buscando ser y escapando lo que los demás les decía que eran.

 

Su imagen fue puesta en el cuarto de los disturbios por el águila calva. Ave de color azul y rojo, su cuerpo es café, pero su cabeza es blanca.  Con su pico la tomó y la dejó caer sobre un espejo que ya estaba roto.  Toda imagen era simplemente eso, dibujos mal trazados sobre lo que se pensaba era Francisco; mentiras reflejadas en lo que los demás quieren ver y oír.

 

 Al caer el espejo ya estaba roto, roto por la insensatez de los guardias que nunca habían podido ver lo que realmente reflejaba Pancho.  Ellos, simplemente llegaron al cuarto de los disturbios y de inmediato vinieron a poner orden.  Claro, quién más que los güeros.  

 

—Todo debe de tener un plan, las cosas no se pueden hacer así porque sí, sin un plan definido, sin un croquis donde se prevea hasta la menor posibilidad de equivocación.  ¡You got to have a plan!

 

Mientras su imagen yacía sobre el espejo roto en el cuarto de los disturbios se preguntó: 

 

—¿Quién soy?  ¿Lo qué ellos quieren que sea, o lo que yo soy?  ¿Lo qué puedo llegar a ser por mi mismo?  ¡Soy Francisco Frank Moreno Brown para servirle a usted!  

 

Pero, ¿a alguien le importa?  Soy solamente un reflejo que ya olvidó quién es verdaderamente.  O tal vez, simplemente soy una imagen que cayó sobre el espejo roto que yace en el cuarto de los disturbios.  

 

© David Alberto Muñoz

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