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El Brazo y la Espalda. Azares del hambre, desdichas de la miseria

por Javier Perucho Última modificación 07/06/2010 11:48 © Javier Perucho, mmx, México

Cómo han sido representados los migrantes mexicanos en el arte, cómo su cultura, tradiciones e idiosincrasia se registran en las disciplinas artísticas mexicana, chicana, estadounidense, europea y latinoamericana. En principio como símbolo, indicio y emblema. ¿De qué? Esta columna intentará responder tal interrogante.

El Brazo y la Espalda. Azares del hambre, desdichas de la miseria

Javier Perucho Foto: Barry Domínguez, © mmx

Azares del hambre, desdichas de la miseria

Javier Perucho

En la historia cultural mexicana no es usual encontrar a un personaje que encarne a una figura femenina, por el contrario, habitualmente el héroe masculino dirige el concierto narrativo o fílmico. La literatura mexicana está colonizada por protagonistas masculinos; el imaginario cinematográfico transpira testosterona. En una y otra disciplina artística la heroína pocas veces aparece y toma el escenario. Y cuando irrumpe, su voz y su relato fueron confeccionados mayoritariamente por una escritora o una directora cinematográfica. No se trata de un reclamo, pero aquí el género de los creadores importa no por una cuestión sexista o manifiesto feminista; no, sino porque la aparición de un personaje femenino, ya sea en un relato fílmico o en uno literario, modifica el tránsito, circunstancia, evolución, conflicto y epifanía de la protagonista. Naturalmente que ese registro también ofrece una visión del mundo, su organización y jerarquía, además de exponer una sensibilidad y un concepto de la realidad.

Ahora bien, en la literatura o el cine mexicanos la presencia y recreación de personajes femeninos que, además, asuman una condición de emigrantes es todavía menos usual, infrecuente. Ejemplos fílmicos donde predominan los héroes masculinos hay para disponer, piénsese en Bajo California, los límites del tiempo (Carlos Bolado, 1998) o en El rey del barrio (Gilberto Martínez Solares, 1949). Excepción a la regla tradicional: Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006), una de cuyas trenzas narrativas se anuda con la figura de la nana, interpretada por Adriana Barraza, cuyo personaje migra de Tijuana a San Diego para llevar pan a la mesa de la familia. Por su parte, en la literatura nacional, apenas existe un caso de heroína inmigrante, debido a la autoría de Leonardo da Jandra, cuyo personaje femenino asume la condición de protagonista del relato. Si mal no recuerdo la narración, también se trata de una ex presidiaria.

El cine y la literatura chicanos también se trazaron con el mismo principio de composición. Tal vez baste citar a Zoot Suit (Luis Valdez, 1989) como ejemplo, donde Henry Reyna subordina las acciones de los personajes, y el Pachuco mandata cada acción dramática del elenco, incluidas las de Reyna. Por su parte, Sandra Cisneros con su novela La Casa de Mango Street se deshace de aquella regla de oro de la composición dramática al concederle a la niña protagonista la voz principal del relato. Rápidamente apunto que otras narradoras chicanas han dado continuidad a esta tradición de ruptura con los estereotipos literarios, entre otras escritoras, menciono a Lucha Corpi, Helena María Viramontes, Gloria Anzaldúa y Ana Castillo, pertenecientes a diferentes rondas generacionales.

Debido al acato de tales reglas y la consiguiente ruptura en excepciones, sobresale una película mexicana cuyo propósito estético es documentar la vida de una ciudadana mexicana en cárcel gringa. Así pues, la aparición y disponibilidad en formato dvd del documental dirigido por Lucía Gajá, Mi vida dentro (México, 2007, Ultra Films, 122 mins.) demandan la atención de este comentarista, pues la película cumple con el imperativo temático de esta columna —la vida de los migrantes mexicanos manifestada en las artes—, ya que el personaje principal de la cinta recae en una mujer, cuyo nombre ciudadano es Rosa Estela Olvera Jiménez, en cuya vida libre radicó en Ecatepec (Estado de México), mas por los azares del hambre, las desdichas de la miseria y las razones del desempleo se vio obligada a migrar a Austin (Texas), donde se desempeñó como niñera de los vecinos. Allí conoció a su esposo, tuvo a sus hijos, a uno de ellos alumbró mientras transcurría el juicio que la condenó a cien años de prisión; es decir, pasar el resto de su vida dentro en una cárcel.

Apegada a la normativa tácita del documental, la directora de Mi vida dentro registra minuciosamente los avatares de la migración y sus razones, por ejemplo, la vida familiar de Olvera Jiménez, su tránsito por la frontera, cruce a pie por el río Bravo, asentamiento y empleo en Texas; reconstrucción del accidente, minucias legales del juicio, testimonios vivos del racismo en bocas y palabras del fiscal, los celadores y la gente ordinaria: “A pesar de ser mexicana, es una mujer muy inteligente”, afirma la fiscal durante el juicio. Asimismo, patria potestad de sus hijos, la edad, nivel de instrucción, empleo, configuración psicológica, personalidad y carácter de la condenada —injustamente.

Por los indicios, pruebas documentales y testimonios recabados, para este comentarista Rosa Estela Olvera Jiménez es inocente. Sin embargo, el sistema de justicia estadounidense, según se registra en el documental, se ensaña con los pobres, los analfabetos, los inmigrantes y las minorías raciales. Reclamo panfletario si gustan y demandan ustedes, mis lectores, pero es verídico, sustentado en la experiencia viva de los miles de compatriotas enclaustrados en cárceles anglosajonas. La presunción de inocencia sigue siendo suya.

Seguramente por el apego a los hechos, la expresión libre de los involucrados, del sistema legal (juez, fiscal, defensor, jurado), el respeto a los puntos de vista de la familia (madre, esposo, hijos, vecinos), así como por el testimonio libre y vívido de la migrante mexicana, Mi vida dentro obtuvo una cantidad considerable de premios locales y reconocimientos internacionales.

Este documental registra en una crónica no lineal la vida de una inmigrante mexicana asentada en la tierra de adopción —tal como planteaba en mi entrega anterior—, sus cuitas, trabajos y días; las formas de aceptación y rechazo por los residentes nativos, la confrontación de idiosincrasias locales y foráneas, el sistema de justicia y la participación de la ciudanía en su impartición, responsables de la encarcelación indebida de Olvera Jiménez.

La utilidad social de esta película, su ruptura con los paradigmas narrativos, el respeto a la expresión de los involucrados, el relato fragmentado, los fragmentos epistolares que transcriben el diálogo interior de la protagonista —“Siento que la libertad sólo existe en mis sueños”—, así como la fotografía multicolor del paisaje urbano y la musicalización sin añoranzas por la patria lejana, convierten a Mi vida dentro en el defensor de oficio de los mexicanos en el extranjero.

 

Buzón: cuatario@gmail.com

Bitácora: cuatario.blogspot.com

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