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El Brazo y la Espalda. A la espera del alba

por Javier Perucho Última modificación 02/02/2011 19:07 © Javier Perucho, México, 2010

Cómo han sido representados los migrantes mexicanos en el arte, cómo su cultura, tradiciones e idiosincrasia se registran en las disciplinas artísticas mexicana, chicana, estadounidense, europea y latinoamericana. En principio como símbolo, indicio y emblema. ¿De qué? Esta columna intenta responder tal interrogante.

El Brazo y la Espalda. A la espera del alba

Javier Perucho © Barry Domínguez, mmx, México

A LA ESPERA DEL ALBA Javier Perucho La recepción de la literatura y el pensamiento chicanos en México ha tenido en las últimas tres décadas constantes vaivenes, ciclos, promociones y nuevos olvidos. En un primer momento a la cultura chicana se le da un fuerte impulso: se proyectan ciclos de cine, se organizan congresos, se le da amplia difusión en los medios y, en el clímax de la cresta, se reflexiona sesuda y académicamente sobre su importancia, vitalidad y aportaciones en el proceso de trasplante de la cultura mexicana, luego se publican las memorias respectivas. Más tarde, inexplicablemente se olvida la literatura chicana. De esta manera, a esperar el arribo de la siguiente oleada de interés. En este nuevo ciclo, los sellos nacionales de mayor impacto social preparan sendas novedades que saldrán de las prensas en algún momento del año. En esta renovada promoción, las casas editoras han vuelto a insertar en sus catálogos autores y obras chicanos, con la exclusiva novedad de que se trata de novelas escritas por mujeres. Son ellas, en el presente, quienes más han contribuido a difundir fuera de su país la literatura chicana. A esta oleada debemos en parte la publicación de esta “Chicago novelista”, poeta y ensayista, Ana Castillo (Boston, 15 de junio de 1953), de quien hace años —en otro ingrato vaivén de los libros— el CNCA publicó aliado con Grijalbo, en tirajes de tres mil ejemplares, en la descatalogada colección Paso del Norte, su novela Las cartas de Mixquiahuala (1994), en traducción de Mónica Mansour y presentación de Gustavo Sainz. En dicha serie acompañaron a Castillo, Estevan Arellano, Óscar Zeta Acosta, Alejandro Morales, Rudolfo Anaya y Ron Arias, quienes conforman hoy el repertorio más sobresaliente de su cultura en Estados Unidos. Después de lanzarla, el claustro del olvido fue su recipiente. Castillo es una autora que escribe sólo en inglés, al contrario de, por ejemplo Lucha Corpi, quien brinca de una lengua a otra en función del género que explora: si aborda un cuento policiaco, empuña su pluma en inglés; si labra un poema, en español. Su obra abarca la novela (Sapogonia, So far from God), el cuento (Loverboys), la poesía (May father was a Toltec) y el ensayo (Massacre of the Dreamers), inéditos todos hasta ahora en nuestra lengua. Repertorio al que debe agregarse su compilación de ensayos marianos, La diosa de las Américas: escritos sobre la virgen de Guadalupe, elaborados ya por los representantes más conspicuos de la literatura y la cultura chicanas, ya por mexicanos y latinoamericanos transterrados, entre otros escritores pertenecientes a los más diversos grupos étnicos. En La diosa de las Américas encontramos ensayos críticos de diversa índole pergeñados por los literatos mexicanos más sensibles al fenómeno guadalupano, muy cercanos a las expresiones de la chicanidad: Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y el artista plástico Felipe Ehrenberg; los compatriotas transterrados que han hecho de su vida en Estados Unidos el asiento de su proyección intelectual: el doctor Francisco González-Crussí en Chicago y Guillermo Gómez-Peña, quien desde Los Ángeles asombra y asusta a sus espectadores anglos con sus performances. El corpus mayor lo conforman los escritores chicanos contemporáneos, de una parte, la intelectualidad feminista: Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, Denise Chávez, Cherríe Moraga, Pat Mora y Ana Castillo; de la otra, los cronistas del barrio, a saber: Francisco X. Alarcón, Rubén Martínez, Richard Rodríguez y Luis Alfaro. Todos integran un coro de voces indispensable en la república de las letras que se va edificando allende nuestra frontera norte. Voces que dan consistencia al más importante repertorio literario creado por los chicanos en las últimas décadas del siglo XX. Cierran este florilegio mariano Rosario Ferré, Miriam Sagan y Yeye’Woro, cuyos credos, nacionalidades y procedencias geográficas son muy diferentes a los de los mexicanos de la diáspora. Por otra parte, Desnuda mi corazón como una cebolla es la más reciente novela de Ana Castillo, inusualmente traducida al español apenas tres años después de su primera edición en inglés (Doubleday, 1999). Prontitud editorial que debemos considerar ya que la literatura chicana —repito— no es precisamente una de las más agraciadas en la promoción de los nuevos valores, ni mucho menos cuenta con los favores de la crítica literaria mexicano o estadounidense. La estructura narrativa y el hilo argumental que sostiene su estructura narrativa son muy sencillos, ninguna aventura estilística o arquitectónica distingue a Desnuda mi corazón como una cebolla; sí, en cambio, la hace diferente la configuración del personaje femenino, su complejidad psicológica y la interacción social de la protagonista. En ella se cuenta la historia de Carmen La Coja, una bailarina de flamenco cuyo rasgo físico es la parálisis de su pierna izquierda, consecuencia de una poliomielitis mal diagnosticada, pero no por su invalidez es menos diestra en la ejecución de su ardiente danza. Asimismo, contiene ciertos elementos a destacar, digamos la proverbial miseria de los mexicanos radicados en Estados Unidos, en este caso en Chicago, aunque este elemento lastra el desarrollo de la historia. Ése es un doloroso elemento para la novelista, que revela su inextinguible origen mexicano; también la distingue una permanente lamentación por la situación extrema en que viven los chicanos y los mexicanos ilegales recién llegados al “paraíso del norte”; el sentido de identidad de los arraigados o expulsados confrontado con el anglosajón, que a su vez es confrontado por la otra vertiente que anima esta ficción: el convivio con otro grupo de excluidos del American dream: los gitanos, un conglomerado social de por sí relegado crónicamente por todas las instituciones. Su intervención da consistencia a la novela, valor social y fundamento estético, pues gira en torno a su vida errabunda, disgregada, aunque sólidamente cohesionada. Gitanos y mexicanos son los convidados de piedra en el banquete “americano”, quienes en esta ficción son, otra vez, los protagonistas del llanto y la miseria; sujetos cuya felicidad y esperanza aguardan su alba. Ana Castillo La diosa de las Américas: escritos sobre la virgen de Guadalupe, compilación e introducción de Ana Castillo, traducción de Mariela Dreyfus, México, Plaza y Janés, 2001, 318 pp. Ana Castillo Desnuda mi corazón como una cebolla, traducción de Ricardo Vinós, México, Alfaguara, 2001, 308 pp.
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