Herramientas Personales
Usted está aquí: Inicio Blogs El Brazo y la Espalda. Oficios transitivos

El Brazo y la Espalda. Oficios transitivos

por Miretario Última modificación 31/07/2010 20:41 © mmx, Javier Perucho, México

Cómo han sido representados los migrantes mexicanos en el arte, cómo su cultura, tradiciones e idiosincrasia se registran en las disciplinas artísticas mexicana, chicana, estadounidense, europea y latinoamericana. En principio como símbolo, indicio y emblema. ¿De qué? Esta columna intenta responder tal interrogante.

El Brazo y la Espalda. Oficios transitivos

Javier Perucho © Barry Domínguez, mmx, México

OFICIOS TRANSITIVOS: ALBAÑIL, SICARIO, COSECHADOR

Javier Perucho

Cuando se emprenda la historia de los indocumentados mexicanos que se encuentran en Estados Unidos, los impulsores de la tarea habrán de hurgar por los caminos trazados por el cine, la literatura y las artes plásticas. Una historia de la migración que no recurra a esas disciplinas artísticas quedará trunca en sus empeños por documentar una realidad harto difícil de domeñar. Las bellas artes han dado cuenta de la vida cotidiana de la gente sin historia que abandona su país, familia y pobre hacienda para “ganarse la vida” en tierra extraña. Las ciencias sociales casi han olvidado a la “gente menuda”, al microcosmos que da forma a su idiosincrasia, creencias y tradiciones, en aras de un aparato científico que se resuelve en cifras, documentos, estadísticas, la palabra de otros; en suma, se amparan en una narrativa verificable que no habla para dicha gente, trata sobre ella desde el recinto académico y el cubículo universitario, con una metodología ajena al devenir de la diáspora. El arte habla de esa gente, con ella y para ella. A pesar incluso de su naturaleza ficticia, de tales acechos y circunloquios permanece la fugaz epifanía que se desprende de los universos recreados por la narrativa, el séptimo arte y la pintura.

Tal deslinde es un problema decimonónico, es cierto que envejecido, pero necesario en este escolio a la película Los bastardos, en cuya trama dramática dos inmigrantes mexicanos, presumiblemente carentes de documentación para residir en una ciudad californiana, Los Ángeles, se emplean como albañiles, asesinos y recolectores de fresas, oficios transitivos que, hasta entonces, no habían sido recreados por las bellas artes de ninguna tradición fílmica o literaria, ya sea chicana o estadounidense, a excepción del sicariato. Recuerden “Los asesinos”, narración cuentística del viejo, barbado y querido Ernie. El tópico del sicariato, como situación dramática y realidad humana, tampoco había sido acuñado en la literatura mexicana. Su planteamiento otorga por ese solo hecho el bautizo de la novedad, una originalidad incuestionable y el hallazgo artístico de la película dirigida por Amat Escalante, cineasta que conoce la vida del desarraigado, la identidad fronteriza, la ciudadanía binacional y la nostalgia de la tierra nativa por la propia experiencia vívida, fantasmas que arrastran los inmigrantes en su odisea por la tierra incógnita del extranjero.

En una situación elidida del drama, los protagonistas, Jesús y Fausto —los nombres son destino— son contratados por un sujeto para asesinar a su esposa, y para cumplir el mandato les facilita una escopeta. En el ínterin, se emplean como albañiles de un capataz anglosajón. Terminada la jornada, regresan al punto de reunión: la esquina de un centro comercial, meollo de la contratación para una nueva jornada laboral. Desde ahí se comunican con sus familias, alardean, bromean y alburean entre paisanos, en ejercicio terapéutico de la picaresca mexicana para sobrellevar la hostilidad del ambiente. Caminan, siempre caminan los “héroes” del relato fílmico por entre las calles, o se transportan en autobús para llegar a su destino fatal: un domicilio en los suburbios de la ciudad. La cámara se regodea con esos planos abiertos dilatando la acción. Como en Mi vida dentro, el fotógrafo se refocila captando en postales la belleza del paisaje urbano.

El domicilio buscado es una casa cualquiera en el paradigma de vida anglosajón: con dos plantas, una alberca, una estancia, dormitorios para cada inquilino. Ahí habita la víctima, junto a su hijo, un adolescente rebelde, anglosajones que sobrellevan su vida rutinaria con el crystal. Los “paisanos” con nombres divinos y luciferinos la asaltan, mientras la esposa yace en un sillón adormecida por el vaho de la pipa de cristal. Ella se sobresalta al mirar a los intrusos en su sala, inútilmente trata de convencerlos de que abandonen su propósito, pero nada los convence, ni el ofrecimiento de más dinero, ni la esclavitud sexual que se transparenta en uno de sus diálogos: “Puedo hacer lo que ustedes quieran.” Paradojas de la ficción cinematográfica: victimarios y víctima se sientan a la mesa: ella calienta alimentos en el microondas; ellos los esperan y devoran sentados a la mesa con sus maneras silvestres. Más diálogos minimalistas, casi gruñidos cuando son emitidos por los guanajuatenses, gentilicio que declaran cuando el capataz anglo les pregunta su procedencia y si ese lugar “está cerca de Acapulco”. La escasez de palabras, es decir, de diálogos entre todos los personajes, distingue a la película: la madre interpela a su hijo por sus continuas ausencias, él balbucea para pedirle refresco o le gruñe para alejarse de ella. Siempre imperativo, Jesús indica a Fausto, en ese dialecto de barriada, que “le ponga unos jalones a la pipa para sentir el efecto” de los efluvios del cristal. Reinan las señales, el gesto, la mirada, la comunicación no verbal.

En el final, como un acto gratuito, Fausto jala del gatillo, sin explicación o motivo de la madre víctima. Luego vomita en el escusado, más diálogos minimalistas con Jesús sobre el disparo; entre tanto, regresa a la casa el hijo adolescente, de vuelta de los amigos y la ronda del toque. Mira la escena: el cuerpo de la madre adosado a la pared sangrante. Sorprende a los asesinos en el sanitario, donde toma venganza con la misma escopeta. Fausto logra escapar ileso por la ventana del baño, la misma por la que asaltaron la casa. Corre por una calle en penumbra. Corte abrupto a un campo de labranza, donde unos jornaleros pizcan la fresa, entre ellos el adolescente homicida, quien llora su desconsuelo en medio de la plantación. Termina la anécdota de Los bastardos.

Los personajes no profesionales, la arquitectura del documental, los finales abiertos, el ánimo de denuncia y la fascinación por el entorno urbano son denominadores afines a la más reciente filmografía sobre la migración.

Recapitulando, en Mi vida dentro (2007) se documenta un proceso legal, se entrevista a los involucrados en el juicio y se declara una condena a una mexicana migrante procedente del Estado de México, a quien presumo inocente. La legalidad se verifica y cumple en la ortodoxia. A su vez, en Norteados (2009), a pesar de su ficción, esa legalidad intenta ser subvertida por los personajes que disfrazan de mueble al protagonista, procedente de Oaxaca, para que atraviese la frontera. Por su parte, ese sistema de justicia en el reino fílmico de Los bastardos es alterado por Fausto, el adolescente homicida, quien escapa de la justicia al encontrar refugio en su ámbito natural, los campos agrícolas, entre los jornaleros, sus hermanos.

En las tres películas el sistema legal, modos de vida, lengua y cultura sirven de oposición al paradigma que encarnan los indocumentados mexicanos, además de usarse como contrapeso argumental a la historia que relatan. Los ámbitos se contraponen en tales relatos fílmicos: la abundancia y la carencia; la limpieza y la miseria; la pigmentación de la piel y el biotipo; la propiedad y el abandono; la palabra y el silencio; el derecho y la anomalía. Un vórtice los emparenta: el impulso vital que arroja a los migrantes a buscar la vida en otra parte, semejante al de la señora que implora piedad a sus verdugos, parecido a la osadía del disfraz para burlar los controles fronterizos.

En la vida real como en la vida de ficción que se anima en las películas Los bastardos, Mi vida dentro y Norteados, la preservación de la vida es el imperativo que anima a los inmigrantes mexicanos y a los anglosajones.

Los bastardos, Amat Escalante, director, México, Videomax, 2010, 89 min. dvd.

Buzón: cuatario@gmail.com

Bitácora: cuatario.blogspot.com

Acciones de Documento
« Noviembre 2017 »
Noviembre
LuMaMiJuViDo
12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930
Amazon

Travelocity

Expedia

Encuentre el hotel que desea

Telefonía gratuita vía internet

Hospedaje barato para su página

FatCow $88 Plan for $66 only

Mida su conexión a internet

Test your Internet connection speed at Speedtest.net