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El Brazo y la Espalda

por Javier Perucho Última modificación 31/10/2011 18:32

Cómo han sido representados los migrantes mexicanos en el arte; cómo su cultura, tradiciones e idiosincrasia se registran en las disciplinas artísticas mexicana, chicana, estadounidense, europea y latinoamericana. En principio como símbolo, indicio y emblema. ¿De qué? Esta columna intenta responder tal interrogante.

El Brazo y la Espalda

JP x Barry Domínguez

PARA DON MIGUEL, EN SU TRÁNSITO

En memoria de Miguel Ángel Granados Chapa

Aproximadamente hace dos semanas murió Miguel Ángel Granados Chapa, periodista mexicano que se distinguió por propugnar la justicia, hacer realidad cotidiana la democracia y la defensa de las causas sociales benignas.

En su tránsito, hoy escribo en su memoria, pues se trata de un personaje, una verdadera figura pública, a la que difícilmente encontraremos un reemplazo. Asimismo, quiero rendir un testimonio de gratitud por las enseñanzas, muestras de comprensión y aliento que recibí de su parte en los años duros de mi formación profesional. Maestro, una y mil gracias. Previamente apunto su gusto por la vida, la buena mesa, el vino reposado, su melomanía y esa afición tan suya y callada por las bellas letras, por la que recitaba pasajes completos de un relato, declamaba un poema o tarareaba una canción vernácula. Cuánta vida rebozaba, cómo la disfrutaba.

Otros hablarán de su formación política, militancia e ideología, que las tuvo, arraigadas y crónicas. Del mismo modo en que otros comentaristas han escrito sobre su papel protagónico en el periodismo mexicano del medio siglo. De Cine Mundial a Reforma, transitando por las revistas Proceso y Mira, hasta su inusitado paso por Metro y su insoslayable mano diestra en el suplemento Hoja por Hoja. Y naturalmente, por las páginas y la dirección de Excélsior y La Jornada.

Una de las características suyas que recordaremos siempre será su prodigiosa memoria. Desde sus enseñanzas gramaticales absorbidas en el parvulario, hasta la fecha exacta en que apareció tal texto suyo en una época lejana, su tema, la página donde se podía localizar y el diario que la alojó. Con esas coordenadas buscaba su colaboración y, efectivamente, ahí estaba. Fui testigo de ello en innumerables ocasiones. Otra también será su don de gentes. Era un hombre bondadoso con sus semejantes, desprendido hasta el extremo. Sacrificaba salario, bienes o hacienda para ayudar al necesitado: un trabajador, un familiar, una causa. Puedo testificarlo.

A don Miguel lo recuerdo por su hablar pausado, gentil; extremadamente educado en sus observaciones, agudas y de fondo, habitualmente sin lugar para la réplica; de ánimo jocoso, humorista, una buena persona de sonrisa y carcajada. La foto que acompaña esta entrada ilustra con precisión su temperamento, sentido juguetón y vocación de estar detrás de todo. Lo conocí mientras trabajaba en el meritorio suplemento de libros Hoja por Hoja, ya desaparecido del panorama cultural mexicano, y cuyas colaboraciones firmaba como magch. Tomás me lo presentó, diciéndome que era su padre, director de la empresa y doctorando en historia por la Ibero. Fue entonces que lo miré trabajar en las oficinas, tecleando sus colaboraciones periodísticas, hablando por teléfono para expresar sus comentarios al aire en los diferentes espacios radiales que mantenía en las estaciones de radio. Nunca lo vi en su cabina de Radio UNAM, donde animaba matutinamente su muy requerida “Plaza Pública”, en su versión radiofónica, pues la periodística aparecía en el periódico Reforma desde su fundación.

Su velocidad para armar la “Plaza Pública” será también objeto de más de una remembranza. Quien lo haya visto trabajar, quiero decir, teclearla, revisarla y mandarla a los espacios que la alojaban concordará conmigo en que no requería de más de media hora para confeccionarla, releerla y mandarla por correo electrónico a los servidores de los espacios periodísticos nacionales donde aparecía. Alguna vez lo escuché decir que la formulaba mentalmente durante el día, la comentaba a lo largo del día en sus espacios radiales o periodísticos, y cuando llegaba la hora vespertina de su redacción ya la tenía armada cerebralmente para su redacción final, sí, final, no preliminar ni bocetada.

La capacidad de trabajo de don Miguel, pues así me dirigía a él y así aceptaba que le hablara, era proverbial. Mañana, tarde o noche, el tiempo de su escritura. Radio, periódicos, suplementos, libros y, en la etapa final de su trayecto, la televisión, sus soportes. Columnas de opinión, prólogos, reseñas, ensayos, crónicas, consejerías, sus géneros. La investigación histórica también estaba entre sus intereses. Recuerdo que alguna vez me confió que preparaba una novela sobre Bucareli, espacio de poderes en el antiguo régimen; recuerdo también que meditaba su tesis doctoral en historia sobre la biografía intelectual de Jesús Reyes Heroles, intelectual fundacional del régimen priísta. Las dos docenas de libros que escribió quedan como nuestro legado.

Del hombre público ya han hablado otros memorialistas: su tránsito por las aulas universitarias, su ejercicio como consejero ciudadano, su experiencia como candidato a la gubernatura de su estado —Hidalgo, donde nació en 1941—, son aspectos de su vida que no conocí en directo, aunque otros ya se han referido a esa singladura profesional en otros espacios, aunque a mí me constan, mas nadie requerirá de mi palabra para otorgarle verosimilitud o autoridad a su trabajo.

Sólo recuerdo la bondad de don Miguel, su generosidad, trabajo y labores compatibles con la verdad, la justicia y la equidad en este país.

Así lo recuerdo, así lo viví, don Miguel, descanse en paz.

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