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Ciudadanos, Residentes e indocumentados… la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro, Michoacán en California, E.U. (VII de…)

por JIMI Última modificación 16/08/2010 18:20

Lo que a continuación les presento, es la septima de varias entregas consecutivas de la crónica de mi viaje por el estado de California, Estados Unidos durante el verano del 2008, que realicé con la idea de conocer de manera cercana, aunque algunas unas veces más y otras veces menos, la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro, Michoacán.

Ciudadanos, Residentes e indocumentados… la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro, Michoacán en California, E.U. (VII de…)

Iván Jiménez Maya

Un día en los campos de fresa de Watsonville (Parte 2)


En camino al campo…

Trepados en la troka, nos dirigíamos a uno de los campos donde siembra fresa el farmer Pepe. Por la carretera donde transitábamos, cruzaba a través de los extensos campos de fresa, donde ese dulce olor que desprendían –que días atrás nos había recibido a nuestra llegada a Watsonville- otra vez estaba presente y entraba por las ventanillas impulsado por la brisa que venía del mar, aumentado por la velocidad de la camioneta, e inundaba la cabina… pasados unos minutos ingresamos por un angosto camino de tierra y después nos parkeamos en un pequeño estacionamiento de tierra a la orilla del campo, habíamos llegado.

 

Entre surcos y fresas

Al bajarnos de la troka, caminamos hacia el campo de cultivo. Al adentrar la mirada en él, lo único que vi fueron hileras e hileras de surcos de fresa siguiendo las ondulaciones del terreno, que se perdían a lo lejos en el horizonte. Sentí una leve brisa húmeda que venía del mar, que estaba a mis espaldas. El día está bastante fresco y nublado con amenaza de lluvia, aunque, para nuestra fortuna, solo quedó en una ligera llovizna. Pero aún así el frio calaba un poco. Entonces fue que nos dirigimos a donde se encontraba la gente trabajando en la pizca, en busca de Pepe.

Los pizcadores -todos eran mexicanos; la mayoría de ellos de Michoacán en particular del Valle de Tangancícuaro, residentes o ciudadanos estadounidenses y el resto eran de Oaxaca, indocumentados en su mayoría- estaban agachados y acomodados de manera escalonada entre los surcos, pizcando fresa a una velocidad impresionante -expuestos a las bondades de los agroquímicos que se utilizan para evitar mala hierba, plagas y hongos en los cultivos de fresa-. Ya que a más cajas hechas, mayor será la paga, y puede que en una semana buena un pizcador llegue a ganar hasta mil dólares. A un lado de los surcos estaba un camión con la parte de atrás descubierta y una persona, ahí, para recibir las fresas que le entregan los migrantes, ya perfectamente empacadas y listas para ser llevadas a los frigoríficos, a los que llaman coolers, cuando el camión completa su carga. Para almacenar la fresa y después distribuirla.

Entonces el amigo migrante se dirigió a la parte trasera del camión, cruzando los surcos, y yo detrás de él. Cuando nos acercamos, estaba ahí el mayordomo del campo acomodando las cajas que le suministraban los jornaleros. En ese momento el amigo migrante me comentó que ese hombre recibiendo las cajas era el compadre de Pepe, y que le apodaban el Lirio -vayan ustedes a saber por qué le decían así-. Qué al vernos soltó un grito de sorpresa y de un salto aterrizó en el suelo, limpiándose las manos mientras se acercaba a nosotros. -Y mi amigo el migrante le preguntó- "¿y Pepe donde anda?"

El Lirio saludó efusivamente a mi amigo el migrante, comentándole que “Pepe no tardaba”, y al mismo tiempo sacó su teléfono celular, diciéndonos: “mejor le hablo a mí compadre, espérense, para avisarle que ya están en el campo…”

Mientras tanto, yo, observaba a los migrantes que con una velocidad y agilidad impresionantes, llenaban caja tras caja con las fresas, se levantaban y corriendo se dirigían a la parte trasera del camión a dejarlas, y acto seguido estirar la mano con la tarjeta -donde les iban contabilizando las cajas hechas-, para que el mayordomo hiciera un pequeño orificio con una maquinita en el papel, la famosa ponchada.

En ese momento fue cuando el Lirio le dijo a mí el amigo migrante: “Pepe ya viene en camino, no se vayan a ir, que le da gusto que estés de regreso por Watsonville y quiere platicar contigo”.

Durante esos minutos de espera en lo que llegaba el farmer-migrante, mi amigo me propuso, viendo al Lirio de reojo: que si no me quería animar a echar una pizcadita, nomás unos surquitos, orasí que ya que andaba por ahí y de pasada me calaba a ver qué tal, a ver si era cierto eso que quería conocer la vida de los que trabajan acá en la pizca. Y pues yo sin dudar, aunque no sabía en lo que me estaba metiendo -bueno teóricamente si lo sabía-, le dije que sí. El Lirio, sin decir una palabra nos veía con ojos de desconfianza, y al cabo de unos instantes soltó unos comentarios expresando su negativa: que estaba muy duro eso, y que no le estuviéramos insistiendo, que mejor luego. Y pues yo, ya encarrerado, le insistí que no había problema conmigo que yo le entraba.

Al ver sus ojos entre cerrados y rodeados de arrugas, mostraban una gran desconfianza hacia mi persona y algo en ellos decía: este chavalo le va a dar en toda la madre a la fresa, ni madres que entra...

Después de insistir una vez más, me dijo -ya exasperado-:¿a ver sus manos?”... y yo ante lo inesperado de la pregunta, rápidamente las extendí para que las viera, y fue cuando el Lirio soltó una tremenda carcajada  y remató:pero si asté se ve que en su vida ha trabajado, iré nomás, tiene lisitas las manos, no, no [moviendo su cabeza de un lado para otro]… se me hace que asté se va a lastimar a las primeras [seguían las risas]… no, no, así no puede entrarle, ¿cómo?…” y volvió a soltar una carcajada, lo que hacía que se sacudiera todo su cuerpo y se empequeñecieran aún más sus ojos.

Pasado un rato, sentí la mirada del Lirio, que me analizaba y veía con sus ojos entre cerrados y el ceño fruncido, como pensativo. Entonces intuí sus pensamientos: se me hace que este chavalo ni una pinche fresa sabe agarrar, a pero como insiste.... como si deberás supiera lo que tiene que hacer... aparte si lo dejo va a desmadrar todas las fresas del surco, ni madres que entra… (Confieso que esa inutilidad que sospechaba el Lirio, no fue tan errada… es lo malo de estar tan apartados de las labores cotidianas que lo curtan a uno, y como consecuencia, nosotros ante los ojos de gente de campo como el Lirio -que toda su vida ha sido de arduo trabajo en los files-, resultamos ser unos verdaderos inútiles, si unos perfectos y bien logrados inútiles… aunque tengamos tres doctorados… y en cierta manera algo de razón tienen cuando piensan eso).  En eso llego Pepe....

Continuará...

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