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Ciudadanos, Residentes e indocumentados… la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro en California, E.U.

por Rodolfo Hernández Corchado Última modificación 02/04/2010 09:16

Lo que a continuación les presento, es la primera de varias entregas de la crónica de mi viaje por el estado de California, Estados Unidos durante el verano del 2008, que realicé con la idea de conocer de manera cercana, aunque algunas unas veces más y otras veces menos, la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro, Michoacán.

Ciudadanos, Residentes e indocumentados… la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro en California, E.U.

Iván Jiménez Maya

Por Iván Jiménez Maya


Prólogo

Lo que a continuación les presento, es la primera de varias entregas de la crónica de mi viaje por el estado de California, Estados Unidos durante el verano del 2008, que realicé con la idea de conocer de manera cercana, aunque algunas unas veces más y otras veces menos, la vida cotidiana de los oriundos del Valle de Tangancícuaro, Michoacán. En las crónicas dejaré testimonio de sus preocupaciones, esperanzas, lugares de trabajo, celebraciones, sufrimientos, etcétera. Y por otro lado el siempre anhelado regreso al terre en Michoacán, que en algunos casos es posible y en otros se ve postergado por distintas circunstancias, ajenas a ellos, inclusive por muchoa años. La travesía comienza en Santa Rosa, pasando por la bahía de San Francisco, Watsonville, San José, Salinas, Bakersfield y terminando en Oxnard.

 

 Primera parada. Santa Rosa, California, verano 2008 (I de 2)

¡Orales, ya llegue a San Pancho¡¡¡

Después de oír la voz del capitán del avión diciendo que estábamos a punto de aterrizar… Viajamos desde Guadalajara -el aeropuerto de esta ciudad es muy utilizado por la mayoría de migrantes del Valle de Tangancícuaro, que de ahí vuelan a Estados Unidos y, principalmente, a California, como fue nuestro caso- en vuelo directo a San Francisco. Me asomé por la ventanilla, para ver por primera vez algo que decían era Estados Unidos. Comenzaba el descenso para aterrizar en el Aeropuerto Internacional de San Francisco, mientras el avión atravesaba una espesa nube, de repente entre la lluvia aparecieron las construcciones de madera y techos de dos aguas en tonos pastel claro, junto al mar, con grandes jardines, pero nada que fuera familiar a mis ojos, que están acostumbrados a una arquitectura más colorida y abundante. Entonces me percaté de que tan al norte había llegado, y de inmediato, sin  tener tiempo para disfrutar la vista que se dejaba ver por la ventanilla del avión, me vino a la mente que al llegar debíamos pasar por la migración, algo que me ponía un poco nervioso, porque una cosa es tener la Visa Estadounidense y otra que al llegar a ese país te dejen entrar. Era la primera vez que visitaba los Estados Unidos. En esta visita Llegué acompañado de cuatro personas: el migrante -oriundo del Valle de Tangancícuaro y residente en Estados Unidos- que tan amablemente me había invitado a ir Califas, la esposa de uno de uno de sus hermanos -este había sido deportado a México- y su pequeña hija de aproximadamente dos años, ambas ciudadanas estadounidenses, regresaban a California por unos meses, para arreglar unos papeles; un amigo de la familia, y yo.

En la salida del aeropuerto Internacional de San Francisco y con el trámite de la migración ya resuelto (claro, no exento de los pequeños errores inducidos por el nerviosismo de pasar la migra del vecino país del norte, viéndose reflejado en un mal llenado del formulario de la migración. Para mi fortuna el agente de migración que me atendió, resulto amable, y sin el menor problema, después de echar un vistazo rápido a mi mal llenado formulario, me dijo en buen español: “a tienes un error… -en ese momento le solicité de manera amable mi formulario para corregirlo o en su defecto llenar otro, pero sin quitarle la vista al papel siguió con su rápida lectura, moviendo los ojos de un lado para otro- …a ya vi donde está el error” y el mismo lo corrigió. Después  siguió la captura de mis diez huellas digitales, para continuar con la insalvable foto -eso sí, quitándome la gorra que traía puesta a petición del agente de migración, quedando un poco despeinado, pero con mi mejor sonrisa, para que vean que uno bien feliz de estar en la tierra de la libertad [sic] y claro dar buena impresión a los vecinos del norte por que uno nunca sabe y por aquello de las dudas-, ya ven ustedes que eso de la seguridad es primero, y claro, para tener bien registrados a los extranjeros que entramos a aquel país. Pero antes de emitir su veredicto sobre si era aceptado, en Estados Unidos, o no, el agente de migración; volteó a verme, al haber sido testigo, de las señas  que momentos yo había intercambiado con los amigos migrantes con los que había hecho el viaje y que se encontraban a unas ventanillas de distancia - a la distancia daban la impresión de ser una joven  familia: esposa, esposo e hija-, entonces el agente soltó la pregunta -con voz tranquila-, dando la impresión de no importarle mucho: ¿vienes con esa familia?, a lo que respondí: “si”. Al parecer esa respuesta lo dejó satisfecho, y me dio la bienvenida a los Estados Unidos y visa por seis meses. La verdad para mí fue un alivio, ya que mis peores temores de ser deportado a México y no poder llevar a cabo el trabajo de campo en California, se alejaban, afortunadamente), me dirigí a la banda giratoria donde las maletas dan vueltas y vueltas. Entonces esperé que apareciera la mía, ante la mirada de un agente de migración con su respectivo perro, que como se dice comúnmente “si me sacaba de onda”, ante esas circunstancias lo que más me interesaba tener mi maleta lo más pronto posible. Al ver que apareció en la banda, fui rápidamente por ella y con un poco de esfuerzo la cargue, por lo pesada que estaba. Ahí, con maleta en mano, desaparecieron  casi todos mis temores, y me dije: “bueno no estuvo tan mal para ser la primera vez y se me dibujó en mi rostro, aún algo tenso por mi paso ante tantos  migras, una sonrisa como la del niño que acaba de hacer la chingadera más grande y de la que sólo el sabe, y nadie fue capaz de descubrirlo. Aguardo por mis acompañantes y nos dirigimos a la salida del aeropuerto. Donde ya nos esperaba un hermano del amigo migrante, -nacido en Michoacán, vive en estados Unidos desde hace más de 10 años y labora en la construcción de casas junto con sus demás hermanos-, acompañado de su esposa, ella oriunda de Jalisco, y ambos ciudadanos estadounidenses.  

 La casa en un  suburbio de Santa Rosa, California

Instalados en una camioneta “Suburban” negra de modelo reciente -de esas donde caben unas diez personas cómodamente sentadas, con todo y maletas en la cajuela de atrás-, como se estila por aquellos lares, emprendemos el viaje en dirección a Santa Rosa, al norte de San Francisco, por la “101”. Después de aproximadamente dos horas de viaje, llegamos a un suburbio de Santa Rosa. Donde las casas son de madera -y que algunas ya vieron pasar sus mejores años, en algún momento la totalidad del barrio fue habitado por anglos y de unos años para acá, poco a poco, se ha ido poblado de mexicanos y latinos, claro los anglos han preferido mudarse a barrios donde su tranquilidad no se vea afectada-, de una sola planta y techos de dos aguas, como suelen ser por allá. El Sol ya comenzaba a ocultarse y algo de viento frío corría así que nos apresuramos a sacar las maletas de la “Suburban”. Entonces le eché una mirada rápida a la casa que sería nuestra morada por un par de días, era de color café claro, techo de dos aguas con pequeñas tejas de madera, un pequeño jardín al frente con un gran pino de donde colgaba un columpio y algunos juguetes esparcidos por el césped, que anuncia la presencia de niños. A la entrada de la casa nos recibe la hermana de mi amigo el migrante -en total son seis hermanos, cinco hombres y una mujer que viven en Estados Unidos y tres en México-, ella esta casada –el esposo trabaja también en la construcción de casa- y madre de tres hijos, dos niñas y un niño, al igual que ella su esposo también es oriundo de la comunidad de Gómez Farías ubicada en el Valle de Tangancícuaro. Desde hace 10 años residen en Estados Unidos de manera indocumentada. Me dicen que es una vida dura y difícil, más a últimas fechas por eso de la crisis que a limitado mucho el trabajo y viven un poco más apretados económicamente y más cuando se tiene tres hijos.

 

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